Tras un operativo en la zona de Altata, además de las capturas, autoridades decomisaron armamento de alto poder y un vehículo con reporte de robo en EU
El servicio operará con horarios especiales durante el fin de semana; autoridades piden respetar los días de recolección para evitar acumulación de residuos
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Allá en Dinamarca, al que se porta mal, se lo chupa la bruja. Y para muestra, un futbolista mexicano. No, no es el “Cuau”. Ése es intocable. Se trata de Rodrigo Huescas, quien juega como lateral derecho en el F.C. Copenhague. Una violación al reglamento de tránsito le valió a Rodrigo perder la licencia de conducir, además de hacerse acreedor a una sustanciosa condena de 20 días de prisión incondicional. Algo así nos suena tan lejano, tan inverosímil. Y es que en México, lo que le ocurrió a Rodrigo, es impensable
El castigo recibido por Rodrigo, desde la óptica de un mexicano promedio, acostumbrado a dar moches para evadir cualquier acción de la justicia, desde una multa de tránsito, hasta una solicitud de desafuero, podría sonar a una exageración. Si Rodrigo no mató a nadie. Simplemente circulaba en su coche a más de cien kilómetros por hora, en una calle en la que el límite de velocidad permitido es de cincuenta. Un pecadillo de juventud. Una travesura. Si eso mismo le hubiera ocurrido, digamos, en alguna calle de México, con doscientos pesos, algo así como seiscientas coronas danesas, Rodrigo hubiera salido de la bronca. Con eso hubiera alcanzado para maicear a cualquier autoridad. Pero ya sabemos cómo son los canijos daneses: fríos, aburridos, incorruptibles. Cuesta trabajo pensar que uno, que está acostumbrado a darle la vuelta a las cosas, pudiera subsistir en un país tan estricto. No debió haber sido sencillo ni rápido el proceso por el cual Rodrigo fue amonestado y sentenciado a purgar 20 días en el botiquín. Pero qué necesidad. Para qué tanto problema, si en México todo es más sencillo.
Claro que esa es una visión simplista, elemental. Un espejismo. Porque si las cosas se miran con más detenimiento, para que los mexicanos podamos llevar ese estilo de vida que tanto nos gusta, sin complicaciones y, sobre todo, sin castigos, hay que pagar un precio altísimo, exorbitante. Mucho más de los impuestos que paga la gente en Dinamarca, que en algunos casos puede ser cincuenta por ciento de lo que gana. Por cada vez que un mexicano soborna a alguna autoridad, genera una cadena de corrupción que tarde o temprano podría convertirlo en víctima de algún delito. Puede ser un robo, un secuestro o una extorsión. Resulta imposible predecir el lugar y el momento, de lo que no hay duda es que la factura del destino llegará. Es la ley del karma. Y esa ley aplica para todos.
Volvamos el caso de Rodrigo, el muy cotizado lateral derecho del F.C. Copenhague. Supongamos por un segundo que la autoridad que lo amonestó por haber infringido el límite de velocidad, lo hubiera dejado ir a cambio de una lanita, como podría haber sucedido en México. Nomás pal chesco. ¿A quién podría afectar la chapuza? En apariencia a nadie; pero a la larga, tendrá una repercusión en mucha gente. Más de la que imaginamos. En el momento que las autoridades le ponen precio a la impunidad y los infractores acceden a pagar ese precio, o que los infractores le ofrecen dinero a una autoridad para no ser sancionados y, ésta acepta, la ley se convierte en moneda de cambio. El mensaje se torna claro y poderoso: cualquiera puede pasar sobre la ley siempre y cuando tenga dinero. Y eso incluye, por supuesto, a la clase política y a los cárteles de la delincuencia organizada, que lo mismo trafican drogas, que cobran derecho de piso o desaparecen gente en un campo de exterminio. El que paga manda.
Algo que no se puede negar es que el sistema de corrupción a la mexicana tiene sus recompensas, al menos, momentáneas. Por un instante la vida resulta menos complicada. Más amigable. En un país tan dispar como México, mucha de su gente tiene que enfrentar distintas injusticas e ineficacias en su vida diaria, para las cuales la corrupción ofrece ventajas y beneficios. Una salida. A la mayoría de los mexicanos le importa un cacahuate los actos menores de corrupción que pueda cometer otro mexicano. ¿A quién le quita el sueño que el vecino dé una “mordida” para que la grúa no le levante el coche por estar estacionado en doble fila? La corrupción que condenamos es la que cometen los poderosos, los políticos, los empresarios. Esa sí que nos indigna, nos agravia. Por los demás, no tenemos problema. Somos bastante permisivos con nosotros mismos.
Al año, los mexicanos gastamos en “mordidas” más de cuarenta mil millones de pesos. Puede parecer mucho dinero. Y lo es. Siempre será más cómodo aflojar un dinerito a cambio de no ser sancionado por manejar a exceso de velocidad, que cumplir con el castigo de perder la licencia y, además, echarse veinte días en una cárcel. Claro, en el primer caso el infractor sabe que puede cometer la falta una y otra vez, mientras cuente con dinero. En el segundo caso, es casi seguro que el infractor jamás vuelva a cometer esa falta. Digamos que queda vacunado de por vida. ¿Qué es mejor? ¿Qué pasa cuando desde el mismo gobierno se fomenta la discrecionalidad para aplicar la ley? ¿Cómo pretender que el pueblo, bueno y sabio, cumpla la ley, cuando quienes los gobiernan no la respetan? A los mexicanos no nos emociona cumplir las leyes, pero sí que nos gusta inventarlas. No importa el tamaño del entuerto, siempre pretendemos resolverlo con nuevas y “mejores” leyes. Leyes que normalmente generan más problemas de los que pretenden resolver. La Constitución mexicana contiene 136 artículos, en tanto la constitución de un país, digamos como el reino de Dinamarca, sólo contiene 89. La diferencia en el número de artículos entre una y otra llama la atención. Tal vez, distinto los mexicanos, los daneses hace mucho se dieron cuenta de que cuantas más leyes se inventa un país, más corrupto se vuelve. Mala suerte para Rodrigo. Alguien que le lleve los cigarros y el chesco al botiquín.