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El pasado 8 de febrero, “El Jando”, un piloto sierrero que andaba jalando con el Cártel de Sinaloa, fue detenido en Culiacán por el Ejército. Piloto hábil y bragado, “El Jando” prefirió la vida loca, antes que pilotar aviones en una línea comercial o de taxis aéreos. Adrenalina y poder: dos ingredientes que para algunos resultan irresistibles. Este es un retrato de esos pilotos
Los vemos deambulando por los aeropuertos, con sus uniformes prolijamente planchados, jalando una maleta con rueditas y actitud de protagonista de telenovela. Son los flamantes pilotos de las líneas aéreas. Tipos que ganan un dineral por hacer una de las chambas más aburridas. Y es que distinto a lo que la mayoría podría pensar, con los años su labor como capitanes de un avión de pasajeros se trona mecánica y predecible. Eso sí, tienen que seguir el manual de procedimientos al pie de la letra y siempre estar pendientes de las indicaciones de la torre de control. ¿Y…?
La cosa cambia dramáticamente cuando un piloto aviador carece de todas las ayudas que podría recibir de la torre de control de un aeropuerto, y tiene que volar un avión entre cerros, cañadas y ríos, para luego aterrizar como un relámpago en una brecha, en medio de la sierra. Hay que poseer una enorme destreza y una sangre fría a toda prueba. Aunque nunca está de más tener pacto con el diablo. Y si todo eso de por sí ya resulta escalofriante, en el caso de los pilotos sierreros que son contratados por la maña para transportar toneladas de droga o armas, además de jugarse la vida, están apostando la libertad. El cielo no es lugar para los débiles, sino para los espíritus audaces. No son los miles de dólares que la maña podría pagar por un vuelo negro a Centro o Sudamérica, para cargar un Cessna 210 y traerlo de regreso a México repleto de perico, sino esa sensación de poder y libertad, que sólo se obtiene al moverse por el cielo sin seguir órdenes necias ni grandes protocolos. Sin jefes, ni torres de control. Sólo el hombre y su máquina, la cual termina convirtiéndose en una extensión de su propio cuerpo.
Un piloto sierrero nace. Y, se hace, al calor de las horas de vuelo. Ya se trae en la sangre y en el temperamento el gustillo por el peligro. Lo demás está en controlar ese temperamento y usarlo para aprender a volar. Muchos pilotos sierreros son tipos que estudiaron la carrera de piloto aviador en alguna de las tantas escuelas de vuelo privadas, que hay por todo el país. Nacieron y han vivido en comunidades pequeñas, donde todo el pueblo se conoce. Son los contactos y la cercanía con los vecinos, las alternativas que muchas veces llevan a los recién egresados de una escuela de vuelo a encontrar un jale como aprendices de aviador. No pocos comienzan como “lava panzas”, es decir lavando aviones pequeños dentro de los hangares. Otros se le pegan a algún piloto experimentado y se suben con él como acompañantes. No importa qué tan duras sean las lecciones, lo importante es estar en el aire. Ahí es donde se adquiere la experiencia, el fogueo. Ahí se aprende a desarrollar la intuición y a gobernar el miedo. Se aprende a mantener el avión recto y nivelado. Se aprende a controlar el despegue y a preparar el aterrizaje para que sea ferozmente preciso. Son años de hacerlo una y otra vez. El riesgo siempre está ahí, pero las horas de vuelo dan el control. “Volar es un privilegio me dijeron en la escuela, la teoría la dan los libros, la práctica la sierra”.
Dedicarse a volar aviones para la maña es una forma de vida en la que no se piensa mucho en el futuro. ¿Para qué? Importan más el aquí y el ahora. La libertad y la adrenalina. Mejor vivir poco, pero feliz, que muchos años, pero amargado. La película no termina cuando el piloto se baja del avión. De hecho es en ese momento cuando comienza la gran fiesta, la vida loca. Mujeres, whisky y perico. Están todos invitados al convite. Es al ritmo de la tambora y con la ronca voz de la tuba, que los pilotos sierreros del narco recuerdan a los compas que ya se fueron. Algunos murieron volando. Otros purgan alguna condena dentro de una cárcel. Se cuentan sus aventuras y hazañas. Se recuerdan viajes a lugares remotos, como Bolivia o Colombia, donde se encuentran las grandes bodegas perico. Se habla de los “patrones” y de sus leyendas. Quién sabe, podría ser la última vez que se miran las caras.
Un piloto sierrero que anda jalando para la maña es alguien discreto. No hace muchas preguntas acerca de la carga que va a transportar. Y si pregunta es solo para asegurarse de no exceder el peso de lo que el avión puede resistir. Tampoco le importa lo que ocurra con el avión después de haberlo pilotado. Algunos de esos aviones son robados. Y una vez que han terminado con el jale, son incendiados en la misma brecha donde aterrizaron. Nadie sabe. Nadie supo. Desde luego también hay pilotos sierreros como “El Jando”. Alguien que además de volar para el narco, se convirtió en sicario. Alguien que además de ser un hábil piloto, le cogió el gusto al poder y a la impunidad. Quizá nunca le pasó por la cabeza que, a raíz de la guerra en Culiacán, podría caerse de la nube en la que andaba. Y así fue. Hoy está en la prisión del Altiplano. Mala suerte. Porque si hay algo que un piloto sierrero ama, sobre todas las cosas, es la libertad. Dicen los que saben volar que, a veces, más vale estar abajo, queriendo estar arriba; que estar arriba, queriendo estar abajo. ¿Será?