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Tres aviones del Ejército Mexicano surcan los cielos de Culiacán. La imagen se difunde en redes sociales como espuma. Y seguramente muchos niños de la ciudad se emocionaron al ver los tres aviones en su cielo. Horas después, se viraliza la imagen de una mujer corriendo a resguardarse con sus dos hijos en una tienda de consumibles en Isla Musala, luego de un ataque armado al estacionamiento de este local. Los aviones no son aviso de nada bueno, solo el augurio de una guerra que no acaba y donde los más chicos son los más afectados.
La violencia contra los niños en Sinaloa es atroz. La violencia homicida contra niños y adolescentes utilizando armas de fuego ha crecido en un 1300% desde el comienzo del conflicto en septiembre pasado. El año pasado se registró un solo homicidio de un menor de edad; en los meses de enero a abril de 2025 ya se han registrado en el estado un total de 15 asesinatos con arma de fuego a menores de edad. Esto, según cifras de la Red por los Derechos de la Infancia en México.
Sin embargo, aunque Sinaloa y en específico Culiacán sean epicentro de esta problemática, en México 757 personas de entre 0 y 17 años fueron víctimas de homicidio a nivel nacional entre enero y abril de 2025, según cifras del Secretariado Ejecutivo. Estados como Guanajuato, Michoacán, Oaxaca, Jalisco y Sinaloa llevan la delantera oscura.
Gael y Alexander, Alexa y Leydi: cuatro víctimas emblemáticas. Los dos primeros asesinados por criminales y las dos segundas por militares. Lo que nos dice que, si bien es una guerra entre grupos delictivos donde el Ejército interviene, la única víctima es el pueblo. Y los más afectados, nuestros niños.
Ya lo he dicho en otras columnas y no me cansaré de repetirlo: estar expuesto a la violencia afecta nuestras mentes y está directamente vinculado con problemas mentales como la ansiedad y la depresión. No se trata solo de crecer en un ambiente donde tu padre o madre te golpea, o donde tus compañeros de la escuela lo hacen. El simple hecho de estar continuamente escuchando sobre actos de violencia, vivir con el miedo constante de quedar expuesto a las balas, tiene implicaciones severas en nuestra mente.
Hasta hace una semana, el secretario de Salud del Estado confirmó que el Hospital Psiquiátrico de Culiacán recibe a diario un total de 20 menores con cuadros de ansiedad severa, depresión e intentos de suicidio. Comentó que esta problemática se volvió severa desde los tiempos de la pandemia.
En tal sentido, no solo estamos dejando que cada vez más infancias sean víctimas de esta guerra sin cuartel, sino también estamos creando una generación de sinaloenses enfermos de ansiedad y depresión, con estrés postraumático y con el miedo perpetuo de que cada vez que salen a la calle pueden ser víctimas de las balas.
Sin embargo, la respuesta de las autoridades ha sido la de: hay que seguir llenando las escuelas, aunque las escuelas solo muestren miedo y ausentismo. Ni siquiera se designaron clases en línea en zonas como Villa Juárez hasta que los profesores se plantaron en la SEP a pedir auxilio porque, de seguir transportándose a esos sitios, sus vidas corrían peligro.
Pero en el Sinaloa donde “no pasa nada”, nuestros hijos, hermanos, sobrinos siguen siendo víctimas de esta guerra. Muchos se han ido y esperemos que no siga pasando, pero lo que sí estoy seguro es que muchos se quedarán: con más inseguridades, con más miedos y con más daño mental del que creemos.