El presidente municipal; dijo que esta medida busca garantizar el acceso al agua para el ganado en caso de que se intensifiquen las condiciones de sequía
¿Te quedas fuera de la conversación? Mandamos a tu correo el mejor resumen informativo.
Imagine que forma parte de un equipo de fútbol, pero su equipo es francamente pésimo. Pierde casi todos los partidos y, en el mejor de los casos, queda a mitad de la tabla o más abajo. Sin embargo, por más desastrosos que sean los resultados, su lugar en la alineación está asegurado. No importa cuán mediocre sea el desempeño, usted seguirá jugando cada partido, temporada tras temporada, sin riesgo alguno de perder su puesto.
Ahora imagine que alguien en el equipo propone traer jugadores de mayor calidad para reforzar la escuadra. Suena lógico, ¿verdad? Pero entonces cae en cuenta de un detalle: la llegada de mejores jugadores implica, casi con certeza, que usted terminará en la banca o, peor aún, fuera del equipo. Con su nivel actual, difícilmente encontraría cabida en otro club. Se enfrenta a un dilema: oponerse a la incorporación de talento, conservar su lugar y seguir siendo mediocre, o aceptar los refuerzos, sabiendo que eso significa no volver a pisar la cancha.
Este ejemplo describe a la perfección a los partidos políticos que se autoproclaman “opositores”. Tanto el PRI como el PAN aseguran que, ahora sí, serán diferentes. Prometen que la ciudadanía tendrá más y mejores espacios en candidaturas y en la participación política. Pero es una farsa. La llegada de ciudadanos más preparados, honestos, capacitados y racionales desplazaría a los Alitos Moreno, Anayas, Romeros, Beltrones, Moreiras y demás figuras que han hecho de la política un negocio. A lo sumo, podrían aferrarse a migajas como candidaturas plurinominales, pero incluso esas las perderían al compararse con ciudadanos de mayor envergadura.
El PRI y el PAN son instituciones inútiles para la sociedad. Lo son en lo político, en lo social y hasta en lo cultural. No representan espacios que ofrezcan voces críticas o pensantes frente al régimen. Son agencias de colocación al servicio de prófugos de la vida laboral, dependientes del erario público. Se escudan en el gastado argumento de que son necesarios para enfrentar al régimen, como si no hubiera alternativa.
En más de una ocasión, los políticos de estos partidos han alimentado la idea de que son imprescindibles para construir bloques opositores. “Ni modo, es lo que hay”, repiten, una frase que han perfeccionado para obligar a los ciudadanos inconformes a apoyarlos, aunque los detesten. Pero el PRI y el PAN no cambiarán; no tienen incentivos para hacerlo. Cambiar significaría la desaparición de sus cúpulas y la obligación de sus líderes de buscar trabajo fuera de la política. Prefieren lucrar con las migajas que el régimen les reparte a cambio de seguir siendo inútiles para la sociedad.
La primera gran lucha para construir una democracia sólida es deshacerse de este PRI y este PAN. Las siglas o los nombres de los partidos son lo de menos. Los ciudadanos inconformes deben demoler el sistema opositor actual, un lastre que, elección tras elección, hunde cualquier posibilidad de una alternativa real.
Si estos partidos tuvieran la mínima intención de renovarse, harían propuestas audaces: prohibir que sus dirigentes sean candidatos a cualquier cargo, ceder el 90% de las candidaturas de mayoría relativa a ciudadanos sin partido, o renunciar a las plurinominales en favor de personas con alta calidad moral. Pero nada de esto ocurrirá, porque para sus cúpulas significaría un suicidio político.
El PRI y el PAN no solo son un obstáculo para la oposición, sino una afrenta a la inteligencia de los ciudadanos. Han perfeccionado el arte de simular cambio mientras perpetúan sus privilegios. Cada promesa de renovación es una cortina de humo para mantener el control de las estructuras partidistas, que funcionan como feudos personales. La ciudadanía, hastiada de sus maniobras, no puede seguir cayendo en el chantaje de que estos partidos son la única vía para enfrentar al régimen. La verdadera oposición no surgirá de sus oficinas ni de sus cúpulas, sino de una ciudadanía organizada que exija espacios reales de participación.
Romper con el PRI y el PAN requiere más que indignación; exige acción. Los ciudadanos deben rechazar el papel de espectadores y tomar las riendas de la construcción política. Esto implica apoyar movimientos independientes, impulsar candidaturas ciudadanas y exigir transparencia en los procesos electorales. Mientras los ciudadanos no asuman este rol activo, los partidos tradicionales seguirán explotando la inercia de un sistema diseñado para beneficiar a unos pocos. La democracia mexicana no puede permitirse más temporadas con un equipo mediocre que, lejos de competir, solo aspira a no ser expulsado del juego. ¿Usted qué opina, amable lector? ¿Qué tan útiles son el PRI y el PAN?