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Franscisco escribe su vida con timbres. / Foto: Iván Medina / El Sol de Sinaloa
Hay personas que escriben diarios y otras que toman fotos. Francisco León escribe su vida con timbres. Cada uno, dice, guarda una historia, un país, una época. En su casa, tiene muchas cajas de zapatos repletas de cartas llegadas de China, Argentina, España, Chile y Francia. Todas con sellos postales elegidos con cuidado, todas con letras de puño y letra que cruzaron el mundo para llegar a su puerta.
Francisco Javier León Velásquez es filatelista desde hace más de 45 años. Aprendió solo, con errores, pegando timbres en libretas escolares hasta que comprendió que el valor estaba en no dañarlos, en conservarlos completos, en investigar lo que representaban. “No es solo coleccionar. Es saber qué hay detrás de cada timbre”, dice. Por eso diferencia entre coleccionista y filatelista: el primero acumula, el segundo estudia.
Se resiste a un mundo que solo escribe mensajes de textos. / Foto: Iván Medina / El Sol de Sinaloa
Egresado de la Universidad de Occidente como licenciado en Administración y Finanzas, Francisco encontró en la filatelia una forma de archivo emocional y cultural. En los años ochenta fue fotógrafo y columnista en periódicos locales. Escribía sobre historia y cultura en secciones como Ventana Filatélica y De mi archivo a la historia, mientras entregaba las fotos reveladas a mano. “Era a la vieja escuela... más lento, pero más bonito”, recuerda.
En pleno siglo XXI, Francisco se resiste a un mundo que ha desplazado las cartas por mensajes, mantiene intercambios postales con filatelistas de cinco países. Se escriben cartas físicas, evitan hablar del contenido por internet y celebran la llegada de cada sobre como un regalo. “Lo más bonito es el contenido, lo que uno guarda. Las tengo todas en una caja de zapatos”, dice con orgullo.
Ha presentado exposiciones y ganado medallas nacionales. / Foto: Iván Medina / El Sol de Sinaloa
En el Club Filatélico de Culiacán, aprendió a reconocer el valor de cada pieza: la importancia de que un timbre tenga todos sus dientes, de que esté bien cancelado, de que no sea falso. En sus exposiciones ha presentado colecciones temáticas sobre el espacio, los satélites, los astronautas y el distrito postal de Mazatlán, una investigación a la que ha dedicado más de 20 años. Con ella ha ganado medallas nacionales, entre ellas la vermeil, antesala del oro.
Francisco quiere ahora transmitir ese conocimiento a las nuevas generaciones. Su proyecto más reciente es montar una exposición en la oficina de Correos de Culiacán para niños de primaria. Su idea: usar timbres como recurso pedagógico para enseñar historia, geografía y ciencia. “La filatelia despierta preguntas”, dice.
“Brazo de Acatepan”, una pieza invertida con valor aproximado de 350 mil pesos. / Foto: Iván Medina / El Sol de Sinaloa
Además de su trabajo formativo, Francisco sigue siendo parte de la comunidad filatélica nacional. En agosto planea viajar a Guanajuato para ver, por única vez, uno de los timbres más raros y valiosos de México: el del “Brazo de Acatepan”, una pieza invertida con valor aproximado de 350 mil pesos, que solo existe en tres ejemplares en todo el mundo. “No tengo dinero... solo por verlo y tomarle una foto. Porque sé que no lo volveré a ver en mi vida”.
La historia de Francisco es también la historia de una forma de mirar el mundo: lenta, curiosa, minuciosa. En cada timbre hay una excusa para aprender, para conservar, para detenerse. Y aunque sabe que muchas de sus piezas podrían perderse cuando él ya no esté, confía en que su archivo de vida seguirá hablando. Aunque sea en silencio. Aunque sea en papel.
Aún quedan historias pro contar. / Foto: Iván Medina / El Sol de Sinaloa
En tiempos dominados por pantallas, algoritmos y mensajes instantáneos, Francisco sigue esperando cartas. Las abre con cuidado, observa el sello, revisa la fecha. Luego responde, en papel, con timbres bien elegidos. Porque para él, cada timbre es una historia. Y cada historia merece su lugar en el archivo de la vida.