Amenazas a comercios y escuelas generan clima de miedo en Culiacán
La pugna entre grupos derivó en ataques reales y virtuales a espacios educativos y a establecimientos, lo que advierte que a través del trauma social los delincuentes buscan el control territorial, según especialistas
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Incendios provocados y actos vandálicos afectaron a planteles educativos durante noviembre y diciembre de 2025. / Foto: Cortesía / SSP.
Culiacán, Sin.- En Culiacán, la circulación de amenazas anónimas en redes sociales contra escuelas y comercios durante noviembre y diciembre de 2025 antecedió una serie de ataques con incendio y vandalismo contra inmuebles específicos. Los mensajes, difundidos principalmente a través de cadenas y publicaciones anónimas, señalaban a determinados negocios y centros educativos como presuntamente vinculados, directa o indirectamente, a dinámicas del crimen organizado, en un contexto de disputa territorial entre grupos.
El primer hecho de este tipo se registró en noviembre, cuando un colegio privado fue atacado con un vehículo incendiado que impactó contra su fachada, provocando daños materiales. Semanas después, ya en diciembre, se reportaron al menos tres colegios privados vandalizados, así como dos casinos, todos con incendios provocados.
En uno de los casos, sujetos ingresaron un automóvil hasta el acceso principal del plantel y le prendieron fuego, mientras que en otros se registraron daños estructurales tras ataques nocturnos.
De forma paralela, en redes sociales continuaron circulando comunicados anónimos en los que se advertían nuevos ataques y se asociaba a distintos negocios, tiendas y escuelas con presuntos acuerdos, cobros o nexos con grupos criminales. Aunque no todos los inmuebles señalados fueron atacados, la repetición de los mensajes y la materialización de algunos incendios reforzó la percepción de que las amenazas digitales no eran aisladas ni simbólicas, sino parte de una lógica de control territorial.
Para la psicóloga Edith Robles, este tipo de violencia tiene un impacto que va más allá de los daños físicos. “Leer estas advertencias fomenta el hartazgo, aumenta la tristeza y recuerda el enojo y la frustración de que la ciudad que conocíamos ya no va a volver”, señala. Explica que, ante este escenario, se instala un sentido de supervivencia que obliga a las personas a investigar y evaluar constantemente los espacios que habitan. “Ahora tienes que asegurarte de no ponerte en riesgo y no poner en riesgo a las personas que quieres”, advierte.
El miedo ha modificado rutinas y decisiones cotidianas de habitantes de Culiacán. / Foto: Cortesía / SSP.
Robles describe un desgaste emocional sostenido derivado de esta vigilancia permanente. “Ese hecho de sobreanalizar tu día a día, de dónde vas a estar y con quién, es muy desgastante”, afirma, al señalar que la ansiedad, el estado de alerta, la tristeza y la frustración “ya están permeando en el comportamiento del día a día”. Actividades cotidianas como salir a cenar, llevar a niñas y niños a la escuela o acudir a espacios recreativos dejan de ser decisiones espontáneas y se convierten en evaluaciones constantes de riesgo.
Desde el activismo social, Juan Solter advierte que la quema y el señalamiento público de negocios no pueden analizarse como hechos aislados. Considera que estas acciones afectan directamente la economía local y el empleo, pero responden a una lógica más amplia de confrontación entre grupos de poder.
“Claro que sí va a afectar la economía, pero no se trata de unos negocios en particular, sino de un sistema que viene chorreando lodo y sangre”, sostiene, al señalar que la ciudadanía termina pagando el costo de disputas que no le pertenecen. Mónica Ortega, activista social, subraya que este contexto se agrava con el cierre de negocios y la reducción de espacios considerados seguros para el esparcimiento.
“Las pocas opciones que hay, algunas están bajo esta amenaza. Por supuesto que despierta el pánico social y aumenta la ansiedad en la gente”, señala. Explica que este clima detona síntomas asociados al estrés postraumático, como insomnio, desconfianza y una constante sensación de peligro.
Robles añade que este escenario configura un trauma colectivo complejo y sostenido, que se reactiva con cada nuevo mensaje o ataque. “Se va instaurando la desconfianza de poder salir, de poder disfrutar un espacio, de pensar que en cualquier momento puede pasar algo”, explica.
Aunque los señalamientos apuntan a espacios ligados al narco, el efecto es colectivo: la ciudad se reorganiza bajo una lógica de sospecha permanente, donde el miedo regula horarios, trayectos y decisiones cotidianas.