Culiacán vive su peor crisis de desplazamiento forzado; por violencia, se van sin decir adiós
Entre datos oficiales, análisis de especialistas y testimonios de quienes se han ido, emerge una migración silenciosa, sin fronteras ni registro, pero con un costo humano profundo
El señalamiento surge tras su participación en el Parlamento de Mujeres, donde el colectivo cuestiona la congruencia de su postura frente a temas de género y su impacto en la agenda de derechos
El organismo denuncia que autoridades le han impedido ingresar con equipo médico esencial en servicios recientes, lo que pone en riesgo la atención prehospitalaria y la seguridad de pacientes y rescatistas
Mientras el diésel se mantiene por debajo de los 30 pesos y la gasolina regular oscila entre 23 y 24.50, usuarios priorizan cargar por cantidades fijas como forma de controlar su gasto
El Congreso del Estado de Sinaloa aprobó una minuta de reforma al artículo 127 de la Constitución para impedir que pensiones de exfuncionarios y personal de confianza superen la mitad del ingreso de la titular del Ejecutivo federal
El director del Hospital Psiquiátrico de Sinaloa, Saúl Pérez Parra, informó que diariamente se brindan alrededor de 90 atenciones entre psiquiatría y psicología, con ocupación total en el área de hospitalización para hombres
El Congreso del Estado formalizó este ejercicio de participación política que busca incorporar propuestas con perspectiva de género desde distintos sectores sociales
Vivir en Culiacán parece no ser una opción. / Foto: Iván Medina / El Sol de Sinaloa
En Culiacán, cada vez más personas empacan en silencio y se van. No hay cámaras ni albergues, ni listas oficiales que registren su salida. Solo casas que se vacían, empleos que desaparecen y vidas que migran. A veces cruzan estados, a veces solo barrios. En muchas ocasiones, se van sin decirlo, sin papeles, sin despedidas. Migran porque los balazos no los dejan dormir, porque su trabajo cerró o porque ya no hay por qué quedarse.
La ciudad capital de Sinaloa, históricamente receptora de migrantes internos, vive ahora un fenómeno inverso: sus propios habitantes comienzan a salir. El sociólogo Tomás Guevara explica que “Culiacán tiene una población flotante enorme, y lo que faltaba era un detonante: la guerra reciente lo fue. Ahora mucha gente que llegó de otros municipios, al perder su empleo o ante la inseguridad, simplemente regresa a su lugar de origen. Tiene a dónde ir, y eso facilita la salida”.
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Según cifras de la Secretaría de Bienestar (Sebides), más de tres mil personas han sido desplazadas por la violencia en los últimos años. Aunque la mayoría son de zonas rurales, como Badiraguato o Concordia, en la capital el fenómeno comienza a replicarse. En colonias como Montebello, Loma de Rodriguera o Villa Adolfo López Mateos, las detonaciones se escuchan a diario y las casas comienzan a quedarse vacías. Según Coparmex, en el último año cerraron más de 85 empresas solo en Culiacán; los sectores más afectados fueron comercio, construcción y servicios. Entre abril de 2024 y abril de 2025, se perdieron casi 15 mil empleos formales en el estado, de acuerdo con el IMSS.
La violencia está desplazando a los jóvenes. / Foto: Josemiguel Souza / El Sol de Sinaloa
Una de esas historias es la de Vivian Mancha, una joven culiacanense que decidió migrar a la Ciudad de México tras los hechos violentos de septiembre de 2024. “Yo era bien necia con quedarme. Defendía Culiacán, decía que sí había cosas que hacer, que sí había cultura, pero llegó un punto donde sentí que ya no me tocaba estar ahí. Me desgastaba mucho seguir haciendo cosas para una ciudad que no me estaba devolviendo nada”, cuenta.
Antes de migrar, Vivían organizaba actividades culturales y charlas en espacios comunitarios. “Sí puedo seguir haciendo cosas en Culiacán, pero va a ser lo mismo. Invitar, batallar para que la gente vaya. Eso desgasta, más cuando lo haces en tu tiempo libre, casi como un segundo trabajo no remunerado. Al final, lo que más me motivó a irme fue buscar libertad, recuperar la capacidad de asombro, de hacer cosas nuevas”, relata.
La inseguridad se volvió parte de su cotidianidad, sobre todo en la zona del Jardín Botánico, donde vivía. “Había días donde las detonaciones se escuchaban diario. Y lo que más me incomodaba no eran los balazos, eran los militares. Me hacían sentir observada, incómoda. Una vez uno hasta me hizo señas raras para que me regresara a mi casa. A veces salía solo por necesidad, como sacar a mi perro, pero ya con miedo”.
Jóvenes se sienten frustrados por la violencia y la escases de trabajo. / Foto: Iván Medina / El Sol de Sinaloa
El relato de Vivian ilustra cómo la violencia no solo genera miedo, sino que también erosiona el sentido de pertenencia y las expectativas de futuro. “Se arruinaron los proyectos de vida de miles de personas. Muchos jóvenes sienten que estudiaron para nada, que no tienen futuro en esta ciudad. Eso también empuja a irse”, advierte el sociólogo Tomás Guevara, al señalar que el impacto real de la violencia se mide también en las decisiones personales de quienes dejan atrás su vida en Culiacán.
Y aunque la capital sigue siendo el centro administrativo y económico del estado, cada vez son más los que deciden empezar de nuevo en otro lugar. Vivian reconoce que la salida no fue fácil, pero necesaria. “Me fui sin saber si iba a querer volver. Y hoy, la verdad, no tengo planes. Extraño la comida, sí. Pero no me imagino regresando, salvo que algo muy personal me lo exija”.
Desde la Ciudad de México, donde trabaja de manera remota, asegura haberse sentido más segura. “Sí llegué con un miedo que parecía estrés postraumático, andaba volteando para todos lados. Pero se me ha ido quitando. Vivo en una zona tranquila, eso ha ayudado. Sigo cuidándome, pero al menos aquí no escucho detonaciones todos los días ni tengo militares en la esquina”.
No saben si un día podrán regresar. / Foto: Iván Medina / El Sol de Sinaloa
Cuando se le pregunta si volvería a Culiacán, su respuesta es precisa: “Es la pregunta del millón. Me lo he planteado, pero la verdad no tengo ganas de regresar ni a visitar. Tal vez más adelante, a Mazatlán, algo más relajado. Pero a Culiacán, no lo sé. Ya no siento que ese sea mi lugar”.
En respuesta al fenómeno, el Ayuntamiento de Culiacán ha anunciado que incluirá a las personas desplazadas en su plan de desarrollo municipal, con apoyo psicológico y un padrón especial. Pero el sociólogo Guevara considera que esas medidas, aunque importantes, son insuficientes ante una crisis estructural: “La paz no viene de arriba. Se construye en casa, en la comunidad, en la escuela. Si no enseñamos a los niños a convivir, a respetar, a rechazar la violencia, no habrá política pública que lo solucione”.
La ciudad que alguna vez ofreció oportunidades ahora expulsa a quienes ya no encuentran forma de quedarse. Las estadísticas hablan de muertos, pero no de los que se van. Y esos también cuentan. Porque hay quienes migran sin frontera, sin refugio, sin registro. Y también son desplazados, aunque nadie los nombre así.