Familias desplazadas viven entre desechos en el basurón de Culiacán tras ser expulsadas de sus comunidades
Más de 500 familias desplazadas por la violencia han llegado al basurón de Culiacán para vivir y trabajar
Mario Núñez
“Fue un volteo de vida bien gacho dice. Tenía mi casita, unas vaquitas. Nos dijeron “vámonos” y en dos horas tuvimos que dejar todo. Así, de la noche a la mañana”.
Situación
“No he podido hallar trabajo de albañil ni de peón. Aquí en el basurón me mato en sol para sacar algo de comida para mis plebes. Ellos no saben de dónde sale, nomás quieren comer”, cuenta.
El desplazamiento forzado lo obligó a dejar atrás su ganado y su vida rural. “Jamás había trabajado aquí. Me tocaba venir a tirar basura, pero no a pepenar. Es drástico. Se siente feo“, confiesa.
“Yo nomás quiero que llegue el día para ir a trabajar y darles de comer a mis hijos”, dice con la voz cansada. En las noches, duermen sobre cobijas prestadas, sin ventilador propio, en medio de mosquitos.
“Da vergüenza porque no es de uno. Si sacas 300 o 400 pesos en el día, es solo para comer. La familia primero”, afirma.
Número de familias desplazadas
Hogar de desplazados
El terreno donde se han formado decenas de casas, limita con el basurón municipal, un mismo espacio que se ha convertido en fuente de sustento para muchos.
Pepenadores que antes podían ganarse el día recolectando materiales reciclables hoy se encuentran compitiendo con una población que aumenta constantemente.
“El basurón ya no alcanza para todos. La gente que llega no tiene empleo, y los pocos que viven del reciclaje ven cómo la competencia crece día a día”, asegura Quiñónez.
Las condiciones de vida son precarias. Muchas viviendas se construyen con lámina o materiales improvisados, y las lluvias y vientos recientes han dejado a varias familias sin techo o con pertenencias dañadas.
Mientras tanto, el comedor comunitario, gestionado por la asociación civil, cubre apenas las necesidades básicas de alimentación gracias a recursos propios y aportaciones simbólicas de los vecinos.
“El gobierno dice que tiene censadas a las familias, pero de qué sirve si no hay trabajo, educación ni alimentación”, crítica Quiñónez.
Falta de apoyos
La activista social, también denuncia que los apoyos emergentes excluyeron a los pepenadores y a las familias desplazadas que viven al día, mientras sectores como comerciantes y tianguistas sí recibieron recursos.
“La gente necesita un lugar donde vivir, trabajo y educación para los hijos. Lo demás son listas y censos que no resuelven nada”, concluye Quiñónez.
Ampliación Bicentenario es así un reflejo de cómo el desplazamiento forzado forma nuevas colonias al margen de la ciudad formal, donde la supervivencia se mezcla con la invisibilidad y el abandono institucional.





























