Presión estética en Sinaloa pone en riesgo la vida de mujeres en cirugías y procedimientos
En Sinaloa, la presión estética vinculada a la narcocultura y a tendencias digitales expone a mujeres y adolescentes a cirugías y procedimientos riesgosos, en un contexto sin regulación clara y con mandatos de belleza profundamente normalizados
Protección Civil municipal reportó que el primer día de Semana Santa transcurrió sin incidentes mayores, pese a la afluencia de unas 15 mil personas en centros recreativos
La víctima, originaria de la sindicatura de San Pedro, Navolato, fue encontrada atada de manos y pies en una zona de terracería que conduce a las cribas, al poniente de Culiacán
El director de Prevención y Promoción de la Salud, dijo que la participación ciudadana es clave para contener la enfermedad, al destacar que la eliminación de criaderos sigue siendo la principal estrategia
El presidente de la Asociación de hoteles de Culiacán, dijo que aunque la proyección es entre 200 y 210 millones de pesos, el cierre apenas alcanzó alrededor de 140 millones
Cirujanos plásticos han señalado que durante el último año el número de intervenciones cayó hasta un 70. / Foto: Iván Medina / El Sol de Sinaloa
La presión por alcanzar estándares de belleza cada vez más estrictos se ha convertido en un riesgo para mujeres y adolescentes en Sinaloa, donde la violencia estética se manifiesta en cirugías, inyecciones, tratamientos reductivos, medicamentos usados fuera de indicación y procedimientos sin regulación. En 2025 se presentó una iniciativa para prohibir cirugías estéticas en menores de edad, impulsada por casos como el de una adolescente de Durango que murió tras ser presionada por su madre y su padrastro, quien además fungía como cirujano. A nivel nacional, México mantiene un mercado de procedimientos estéticos valuado en 1,333.5 millones de dólares en 2024, mientras reportes recientes indican que el país continúa figurando como “potencia” en estas intervenciones, pese a la ausencia de datos claros sobre complicaciones, secuelas o muertes asociadas.
En Sinaloa, cirujanos plásticos han señalado que durante el último año el número de intervenciones cayó hasta un 70 por ciento debido a la violencia y a la migración de pacientes y especialistas. Sin embargo, en años previos la entidad figuraba entre los cinco estados con mayor demanda de cirugías estéticas, de acuerdo con la Asociación Mexicana de Cirugía Plástica, Estética y Reconstructiva. La reducción tampoco ha frenado la proliferación de servicios sin certificación ni el consumo de procedimientos estéticos en consultorios, spas y salones de belleza, donde se realizan desde rellenos faciales hasta sustancias para bajar de peso al margen de una supervisión rigurosa.
La antropóloga Itzel Hernández Aviléz, investigadora de la Universidad Autónoma de Sinaloa, ha estudiado la narcoestética como un dispositivo que ordena los cuerpos de las mujeres en contextos atravesados por la narcocultura. En su trabajo describe un canon dominante: cuerpos muy curvilíneos, con caderas y senos grandes, cintura extremadamente estrecha y una apariencia en la que se nota la intervención quirúrgica. “Ya no se esconden las cirugías; también hablan del poder adquisitivo”, explica. Ese modelo convive con el canon delgado y eurocentrado, pero en Sinaloa la narcoestética se impone como referencia principal, en sintonía con regiones de Colombia y otras zonas marcadas por el tráfico de drogas.
/ Foto: Pixabay
Hernández documentó, a través de entrevistas en profundidad, cómo este ideal corporal se vuelve inalcanzable pero al mismo tiempo obligatorio. Sus informantes lo describen como una meta a la que solo se puede “acercar” mediante cirugías, pero nunca alcanzar del todo. Esa distancia alimenta la competencia entre mujeres y refuerza relaciones desiguales con los hombres. En los círculos vinculados al narco, ellos compiten por ser los más poderosos y por exhibir a la mujer más intervenida. Entre ellas, la comparación se centra en quién “quedó mejor”, a quién “se le nota más la lipo” o quién “quedó mal” después de la operación.
La presión estética no se limita a las cirugías. Itzel describe el caso de una de sus entrevistadas, llamada Ana: una joven que decidió operarse al salir de la preparatoria por seguir la moda de sus amigas. La cirugía terminó en infección, dolor, secuelas físicas y arrepentimiento. “En redes te hacen creer que ir a una cirugía estética es como ir al Oxxo”, señala la antropóloga, al describir cómo la publicidad de clínicas presenta cuerpos editados sin inflamación ni complicaciones.
A esa normalización se suma el uso de medicamentos como Ozempic, pensados originalmente para tratar diabetes, pero adquiridos para bajar de peso. La oferta aparece en farmacias y redes sociales, mientras se desconocen sus efectos a largo plazo. Para Itzel, la etiqueta de “medicina estética” minimiza los riesgos de procedimientos que van desde inyecciones hasta cirugías mayores. Lo mismo ocurre con el Botox y los rellenos faciales, cuyos efectos secundarios se han vuelto visibles años después.
/ Foto: Pixabay
La mirada de Hernández se cruza con la de la antropóloga Kenia León, egresada de la UAS y tesista en un proyecto sobre violencia estética en mujeres que hacen ciencia. León retoma la definición de la feminista Esther Pineda, quien explica que la violencia estética descansa en cuatro ejes: es sexista, racista, gordofóbica y gerontofóbica.
León coincide en que Sinaloa es un caso particular: coexisten el canon delgado y el curvilíneo hipersexualizado, pero la narcoestética tiene un peso específico en la forma de entender la feminidad. Esa presión se filtra incluso en espacios académicos y laborales, donde las mujeres sienten la obligación de lucir “presentables”. También subraya que deben destinar parte de su ingreso a “verse bien”, mientras quienes tienen menos recursos recurren a tandas, cundinas y productos de baja calidad que incrementan los riesgos.
Tanto Itzel como Kenia destacan el papel de la familia como primer agente de socialización. Comentarios sobre peso, comparaciones entre niñas, exigencias de “arreglarse” y la idea de que la belleza“se debe” a los demás forman parte del entorno cotidiano. Muchas mujeres identifican la infancia como el momento en que escucharon por primera vez que eran “feas”, “gordas” o “descuidadas”.
En ese contexto, el caso de la adolescente de Durango sometida por su madre y padrastro a una cirugía cosmética que terminó en su muerte es leído como un síntoma de un problema extendido. A Itzel le sorprendió saber que en México no estaba prohibido operar estéticamente a una menor de edad y considera que la iniciativa para regular estas cirugías en Sinaloa llega tarde, pero es necesaria. León advierte que la legislación es solo un primer paso.
/ Foto: Pixabay
A nivel institucional, la Secretaría de Salud de Sinaloa y la Secretaría de las Mujeres cuentan con programas para atender la violencia de género, pero ninguno aborda de manera específica la violencia estética ni los riesgos asociados a cirugías y procedimientos cosméticos. Los lineamientos se concentran en violencia física, psicológica, sexual, económica o digital, sin nombrar esta forma de agresión estructural. En la práctica, las mujeres quedan solas ante un mercado fragmentado donde conviven médicos certificados, clínicas clandestinas y ofertas estéticas sin regulación.
En una entidad donde la identidad femenina se ha vinculado con la apariencia física, las antropólogas advierten que la violencia estética tendrá efectos aún no dimensionados: cirugías tempranas, uso de fármacos para bajar de peso sin supervisión, normalización del dolor, endeudamiento para “arreglarse” y una infancia atravesada por comentarios sobre el cuerpo. “Si no nos mata un agresor directo, la violencia estética puede quitarnos salud, movilidad, tiempo y espacio intelectual”, resume León. Para Itzel, el desafío es regular lo que se pueda desde las leyes y cuestionar las ideas que siguen diciendo a niñas y mujeres que su cuerpo siempre está mal y necesita corregirse.