Con una sola ambulancia en operación, la institución enfrenta el reto de sostener la atención prehospitalaria ante el aumento de la demanda en Semana Santa
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Obviamente. Indudablemente. Definitivamente. Quiero decir, siempre me han disgustado los adverbios de modo. Como un automatismo sintáctico heredado por mi padre que, en sus consejos estilísticos, señalaba mis pobrezas de vocabulario al descubrirlos en mis pininos escriturales, procuro disciplinadamente borrarlos en estos “Autorretratos”. Tristemente sea dicho, era verdad que abusaba de ellos en los pocos textos que le hacía leer, y porque paulatinamente comencé a desterrarlos, frecuentemente me asalta el sentimiento de culpa en estos renglones, pues toda categoría gramatical merece una celebración textual, ¿no es cierto?, un día de fiesta que la transcriba ahora mismo y aquí mismo, un homenaje de tinta y papel en algún miércoles. Pero, mejor entrar en materia y concluir impulsivamente este párrafo tan abrumador en los sufijos desplegados.
Paso al tema del día, esto es, el libro que quisiera escribir sobre las bibliotecas gemelas. El ejemplar en cuestión revelaría esa otra manía derivada también de los libreros atiborrados de mi padre: mirar como de reojo las estanterías de cualquier casa, curiosear en las repisas ajenas cuando íbamos a comer donde los compadres, escudriñar en los entrepaños a menudo tan vacíos de los vecinos, en fin, descifrar los perfiles de una personalidad en lo variopinto de sus anaqueles. Y porque alguna vez deambulé agradablemente por las calles de Valladolid, allá en España, la idea surgió años más tarde, mágicamente sentado en las bancas confidentes de la plaza central del otro Valladolid, el de Yucatán (sillas o bancas confidentes, así las llaman, blanquísimas de yeso, diseñadas para que los enamorados no pudieran tocarse). Sería muy original, pensé distraídamente, comparar a los lectores de la primera Valladolid con los de la segunda, narrar azarosamente las casualidades necesarias para operar el milagro de que dos almas de gentilicios comunes, comunes y asimismo tan remotas, llegasen a conocerse, y, sobre todo, a identificarse como admiradoras de un mismo autor de cabecera.
Indudablemente, ese es el volumen que me gustaría publicar algún día. Para ello, también regresaría a los parques milenarios de Extremadura, quise decir, a la Mérida española, la de los anfiteatros, los foros históricos, los acueductos milenarios, los museos romanos (aquí por favor seguirse de frente con un “etcéteramente”); a mi entender, los lectores de dicha ciudad española se sentirían orgullosos de transitar por novelas vividas idénticamente en la Mérida venezolana, mundo estudiantil donde los amigos del gremio de la fantasía, Mariana, Dianita, Alex, Diómedes, resignadamente me repetirán que sus calles viven todavía un letargo de letraheridos, porque aún padecen un sopor de lectores en retirada. Lógicamente, el topónimo de Mérida inspirará reflexiones trillizas, pues resultaría incomprensible ignorar que el nombre también fue trasplantado a la península de Yucatán, sin olvidar tampoco a la Mérida filipina donde nuestra lengua se ha extinguido irremediablemente. Sea como sea, tres veces buscaría entre los títulos de tres merideñas o meridenses, meridanos o emeritenses, y tres veces confirmaría, recordando cándidamente las ideas de Umberto Eco, que una persona que lee no vale por dos…, “¡la verdad es que vale por mil!”.
Cosas parecidas buscaría entre las y los lectores de Santiago, el de Chile o el de Cuba, el de Querétaro o el de Compostela. O en las dos Guadalajaras, la de Jalisco o la de Castilla–La Mancha. También, viajaría feliz a las varias Valencias del orbe hispano, la peninsular y la venezolana, lo mismo que a urbes como León, diseminadas entre España, México y Nicaragua (aún me falta por conocer el León cubano), y ni qué decir de las Salamancas, la de Guanajuato y esa otra que alberga la tan conocida universidad medieval. Al paso de los capítulos y de las bibliotecas descubiertas, cuando inesperadamente hubiese comenzado a deducir que la literatura nos hace mellizos de gente que jamás conoceremos, en el proyectado libro me atreveré a filosofar tímidamente que leer es transitar con otros ojos por una misma novela, es mudar de nacionalidad en las páginas de una misma ciudad, es fraternizar discretamente con otras formas de vivir la ficción en nuestra lengua. O, por qué no decirlo así: leer es reinventar a “Don Quijote” con acentos multinacionales, es impregnar las picardías de Sancho con los requiebros del Medellín colombiano, o es envolver sabiamente las reacciones del ilustre caballero manchego con los ecos y resabios del Medellín más extremeño.
Prosigo, aunque ya un poco fatigosamente... En la evolución de mi libro más soñado (que seguramente exigirá dotes de viajero preguntón), ensancharé el horizonte de todas estas ciudades colombroñas para buscar también bibliotecas paralelas entre las y los lectores latinoamericanos de la isla de Montreal y los desterrados hispánicos allá en Francia. En efecto, en la región de Occitania hay una pequeña comunidad homónima de la urbe canadiense cuyas dimensiones territoriales me permitirán ir de puerta en puerta tocando aldabas; rastrearé a otros migrantes que, allende los Pirineos, también hayan hecho de sus entrepaños un camino impensado para volver a la calle natal de las palabras castellanas, diariamente. Y mi trabajo de investigación tendría que completarse, indiscutiblemente, con una expedición al otro Tampico, al de Illinois, muy cerca de Chicago, municipio estadunidense donde nació y vivió su primera infancia el expresidente Ronald Reagan.
Ya, ya voy de salida. En el último párrafo de la semana (y acaso también en el epílogo del libro imaginario que irresponsablemente aquí sigo prometiendo) elaboraré largamente el prodigio editorial de hallar en ese otro Tampico una biblioteca parecidísima a las que conocí en la calle Colón junto a mi padre, igualmente pobladas por García Márquez, Juan Rulfo, Miguel Hernández, Borges, Pérez Galdós, César Vallejo o el recientemente fallecido Vargas Llosa. Al dar con ella, “sindudamente” podría cerrar el miércoles de mi obsesivo homenaje a los adverbios de modo parafraseando a Elías Canetti, expresando perentoriamente que los expulsados hijos de la lengua española sabemos mejor que nadie, claro que lo sabemos, que “la mejor definición de patria es una biblioteca”.