Tres marinos originario del sur de Tamaulipas esperan apoyo de las autoridades mexicanas ante el riesgo que representa la escalada del conflicto en la región
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Tres días tratando de recordar aquella cita de una escritora española que hablaba del camino como destino…, y nada. El camino como rasgo de la personalidad, y en el autobús de la primera mañana, cuando ya es junio en la isla de Montreal y hemos vuelto a las bermudas, también a las sandalias y a las cremas protectoras, en especial a las cervezas fraternas en las terrazas de cualquier hora, al subir al autobús, decía, creí reconocer esa mirada tan latinoamericana: dos trabajadores de la construcción, sin duda, rostro peruano, y, en efecto, venían de Trujillo, muy al norte de aquel país, buenos días, cerca del Ecuador, a orillas del Pacífico.
Rosa Chacel, también expatriada, dueña de una cita traspapelada entre mis últimas lecturas. Vivió largo en Río de Janeiro, cuando la Guerra Civil y el franquismo expulsó a tantos hijos de España. El camino puede transformarse en identidad, tal era el espíritu de unas reflexiones que no encuentro entre los pliegues de aquella novela suya en mi memoria, demasiado filosófica para mis gustos de lector elemental: “Estación. Ida y vuelta”, se llamaba. Los doctores aconsejan tomar una siesta y dejarlo por la paz, pues forzar el cacumen resulta contraproducente, puede provocar migrañas para el olvido (nunca mejor dicho). Ocupaban asientos contrapuestos, de nueva cuenta hablo de los peruanos de Trujillo, trujillenses o trujillanos, se daban la frente sin dársela, como en los trenes decimonónicos, y miraban por la ventanilla el milagro de otro mes de junio en el Polo Norte. Vestían ropas de trabajo, mochilas adolescentes, zapatones de labor, siglos de ladrillos en sus manos endurecidas, y resulta increíble cómo, al paso de los destierros, aprendemos a reconocer la dualidad de los trajines latinoamericanos: nuestro cuerpo puede subirse al autobús en la isla de Montreal, pero el alma sigue bostezando en la casa materna, allá, a muchas melancolías de distancia.
Sí, el alma sigue arraigada en la familia lejana, en los sabores interrumpidos, en los amigos olvidados, en tantos etcéteras fáciles de aludir y difíciles de aclarar. Por el contrario, las fatigas del cuerpo esclavizan al transterrado en los códigos postales de la ciudad boreal. En los climas cambiados del Polo Norte se hace más evidente nuestra condición de expatriados, supuse, y usted no parece mexicano, señor, dijeron, y la broma de cajón (mi chascarrillo de manual) suele responder que hay muchas formas de estar feo. Sonreímos. De vuelta al silencio, seguí sin recordar la cita de Rosa Chacel ilustrando que el camino puede convertirse en parte intrínseca de cualquier idiosincrasia. Más antes que después, la identidad del expatriado termina confundida con la corriente y el reflujo, confunde sus apellidos con los meandros y su pasaporte con los recodos, y su nacionalidad se disuelve en palabras como soledad y travesía, y es entonces que desarrollamos instintos parecidos a los del náufrago. En ese nuevo gentilicio adoptado por el migrante transhispánico, sea cual sea la raíz nacional que lo define, uno se hace “caminense”, o “camineño”, o “caminés”, o etcétera.
No, no trabajaban en la construcción, sino en una granja de las afueras. Se acercaba la temporada del maíz y luego vendría la frambuesa, sabían mucho del trigo y conocían rebién los ciclos del ruibarbo y del arándano en los invernaderos. Tenían seis años en Canadá y no podían salir del país pues perderían sus exiguos puestos de trabajo. La migración forzada además es eso, intuí, una especie de sentimiento presidiario, y Rosa Chacel también lo ilustraba en aquella novela suya, que los hijos del camino, las y los “camifrancoss”, al reconocernos, practicamos el arte de las confidencias, nos entendemos con medias palabras y casi todo lo decimos entre suspiros: no tenían papeles, se rebuscaban la vida con salarios de hambre, los patrones locales los explotaban, semanas había en que les quitaban un día de sueldo en nombre de alguna tarea mal hecha o de un retardo injustificado. Sin embargo, como todo “camibueno” que se respete, saben que cualquier chambita en el destierro es lo malo por conocido, y, además, ¿adónde irían?, ¿qué ley los protegería?, ¿cómo explicarían su situación en otra lengua?, ¿cuánto no tardarían en ser expulsados?
En los minutos que faltasen para despedirnos, todo quedaba dicho en una ciudad con ecos de amenazas. Hoy más que nunca, hay que creerlo, en este lado del río Bravo las calles comienzan a impregnarse de miedo y delaciones. En los círculos migrantes de la urbe boreal los escrúpulos ya pueden tocarse con las manos, en los centros comunitarios y en las asociaciones civiles, y la realidad de tales paranoias sólo la entenderá con integridad quien haya hecho del camino un lenguaje innato de sobrevivencias. Y uno se cansa, quiero decir, el alma se desgasta mucho al escribir todas estas cosas; por ello, conviene distraerse tratando de recordar aquella cita, porque, ya no me cabía duda, fue Rosa Chacel quien dijo que el destierro es un término que exige aclaraciones: más que al exilio, remite a la experiencia de un alejamiento voluntario.
Quizás la escritora vallisoletana quiso decir otra cosa, pues nadie se va en paz ni de su lengua ni de sus soles natales. Y allí creí entenderlo: aquellos dos “caminobles” peruanos (me gusta sobre todo “caminuevos” como posibilidad gentilicia) tenían mirada de horizontes extraviados, es decir, ojos ensayados en el mar. Nacidos frente al mar Pacífico, sus facciones exhibían signos de olas, resacas de nostalgia, eran tan oceánicos en su forma de abrazar las añoranzas, y ahora se despedían, cuídese mucho, ustedes también, y descendieron del autobús, paulatinos, parsimoniosos, casi pachorrudos. Se parecían a la lentitud de las pleamares en el Golfo de México, y aunque la literalidad de lo dicho por Rosa Chacel nunca vino a mi mente, la escritora defendía que quien habita el camino anda por la vida reinventando sus pasos, y jamás podría ritmar su andar con la hueca suficiencia de quien a diario se dirige a un destino de sobra conocido. O algo así…