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Hay días así, impulsados por el paladar… Y porque el transterrado de la calle Colón en el Polo Norte todo lo convierte en análisis, convendría comenzar diciendo que la memoria gustativa es una cicatriz, cuando he salido de casa a más de veinte grados bajo cero. Caminar sobre la nieve recuerda al crepitar de los pasos en Miramar: las arenas de cualquier playa funcionan como explicación de estas veredas blanquísimas, ayer mismo, protegido por mi abrigo azul (pluma de ganso, lo compré hace casi tres décadas), guantes y echarpe de lana, esto es, una bufanda larga como un mantón, gruesa como una cobija de nómada…
He seguido adelante, siempre cubierto por la palabra “echarpe”. Su etimología me resulta mucho más abrigadora que las bufandas (si la memoria no se me cae del teclado, ambas voces son hijas de la lengua francesa). Como puede sospecharse, el migrante transhispánico, extraviado entre las auroras boreales, se presiente un poco antropólogo de sus rutinas: todo lo estudia, todo lo coteja, todo lo examina. Al paso de los años y de las pulmonías, se diploma con honores en el oficio de curiosear, y, frente a la explanada de la catedral ortodoxa de Saint-Georges, se hizo más intensa la nostalgia, quise decir, mi memoria de las tortillas y el tomatillo, de la salsa verde, el elote y los frijoles refritos. Volviendo al tema, son muchas las palabras de origen extranjero en nuestro diccionario, y está muy bien que así, por todo lo que enseguida espero saber ilustrar.
Llegados de otra historia y otra cultura, los extranjerismos son vocablos de alas infinitas, entiéndase, términos que vuelan en muchas direcciones. Entran y salen de la gramática castellana, también de las jerigonzas del parque Méndez, mientras nos informan que las lenguas están vivas, y que comparten los azares de sus propias elocuencias. Al asistirnos en la pronunciación de lo que quizás no cabe en nuestro idioma, las voces extranjeras son mensajeras de siglos y países que cobran universalidad en nuestras palabras. Por cierto, el español tiene muchísimos galicismos: afiche, debut y buró; carnet, cofre y chalet; complot, masacre y catástrofe; bulevar, tour y etcétera. Cada una de tales expresiones comprueba la maleabilidad de nuestras frases, y, asimismo, la hospitalidad con que las hemos naturalizado en nuestra calle natal. Disperso en tales elucubraciones verbales, he bajado por la avenida Laurier donde la iglesia de Saint-Sauver exhibe sus jardineras bajo la nieve. Unos minutos más de frío sobre la avenida Du Parc, sólo un par de calles más. Después, seguiré cavilando que enero es un invierno imposible, y volveré a distraerme con el secreto de la salsa verde: cocer bien el tomatillo, molerlo con mucho cilantro, ajo, cebolla, sal al gusto, y luego freírlo en aceite, a fuego lento hasta que cambie de color.
Así es como la preparaba la abuela Pepita, la de Jalisco. Porque viene al caso de mis antojos, presentaba sus salsas en recipientes de barro, siempre detrás de un mandil cuadriculado y de simetrías felices. No, no puede haber melancolía en la cocina nacional, aunque sus extraviadas sazones adviertan al migrante que nunca será ciudadano de tiempo completo en la isla de Montreal donde, es menester informarlo, a cada rato abren nuevos restaurantes mexicanos (restaurante también es galicismo, así como crepa, baguette, filete y menú). Las de origen inglés también abundan en nuestras rutinas: ¿qué seríamos sin bar, hippy, club, junior y confort?, ¿o cómo explicar la realidad de lo deportivo sin pronunciar nunca el voleibol, el box o los flashazos? Metidos en gastos, nuestras charlas también revelan germanismos: brindis, toalla, guardia, bigote, kínder, kitsch, guerra, tregua, y, otra vez, perdóneseme el etcétera.
Tales expresiones son una incitación para expulsar a los puristas de nuestra patria verbal. Como puede verse, analfabetos o todo lo contrario, el transterrado se presiente peregrino de mil mundos y vagabundo de cien épocas en cada frase. Es más, intuye que en el subsuelo de una lengua subyacen muchas torres de Babel. Y, a la mitad de mis desvaríos, siempre detrás del echarpe, bien parapetado en el antojo de unos chilaquiles verdes, acudí a la lengua taína para calentarme con el sol de los caribeñismos: tabaco, huracán, bohío, batata, iguana, hamaca, barbacoa, cacique, tiburón…, ¡y también las jaibas! (El origen arahuaco de la jaiba exigiría verificación, aunque ahora lo que ocupa es triunfar sobre las escarchas de enero). Prosigo: muchos diccionarios indoeuropeos resultarían insípidos sin la papa y el choclo de la lengua quecha, o sin los aztequismos del tomate, chocolate, chile, guacamole, epazote o cacao. Por cierto, entre nosotras y nosotros hay voces checas que mueven a sorpresa: obús, pistola y robot, y con el magiar hispanizado del coche y la paprika podemos realizar pequeñas escapadas a Hungría, comer un buen gulasch en Budapest, y sí, otra vez, etcétera.
En ocasiones, incluso nos está permitido callejear por mueblerías japonesas, entre biombos, jacuzzis y futones. Y entonces he llegado al mercado latino, tiritando, pensando, enredando a la abuela Pepita con las reflexiones de Ortega y Gasset. En una ciudad tan multilingüe como la isla de Montreal, lo dicho por el filósofo de marras cobra mayores transparencias: “no todos los pensamientos se pueden pensar en una lengua, ni todas las metáforas florecen en un solo vocabulario, ni todas las emociones son compatibles con una gramática única”. En resumidas cuentas, y guiados por la lucidez de la cita, en cada frase hispánica subyace una piedra de Rosetta, un caleidoscopio de vocabularios, quise decir, un entretenidísimo mapa del tesoro capaz de nuestros divertimentos.
No, no he olvidado los arabismos del castellano. Tampoco la etimología de los africanismos, lusismos, catalanismos, mayismos, italianismos, vasquismos o locuciones chinas (llegará la semana próxima y volveré al tema, entre salsas históricas y ventiscas irremediables, lo prometo). Mientras tanto, valga concluir diciendo que hablar es la forma más impensada de recorrer el mundo, y, en esta misma vena, que escribir es uno de los modos más inolvidables de volver a casa…