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Amanecimos muertos de frío en la ciudad nórdica... Sensación térmica: 29 grados bajo cero, y entonces vale la pena acercarse a las ventanas de doble fondo para contemplar la dureza de las calles, la soledad de las aceras, la nieve petrificada en las esquinas. Vivo en un segundo piso, lo mío siempre han sido las plantas altas, en la calle Colón o en el Polo Norte, y las vecinas de abajo son dos obstetras, una de origen irlandés, la otra hija del Quebec profundo, felices desde mil hace años, madres de tres hijos que ahora mismo, a la mitad de mis renglones de tiritar palabras, celebran su infancia de muñecos de nieve con palas diminutas, trineos como deslizadores sobre retorcidos toboganes, cuando me asomé al balcón para verlos jugar a la intemperie.
Para las y los hijos del golfo de México (nunca aprenderé a llamarlo golfo de América…, ¡por favor!), los cristales del invierno representan un refugio, pero también una prisión. Son cobijo, aunque tengan alma de calabozos. En la doble protección del antepecho, los cristales multiplican el blindaje de sus perfiles en las contraventanas. Así son los miradores en la isla de Montreal, cuando ayer me fui a dormir temprano: claro que lo sabía, el Oscar a la mejor película del año no sería para “The Brutalist”. Su historia de migrantes húngaros, judíos sobrevivientes del Holocausto, no podía convertirse en la ganadora de la noche, aunque, la verdad de la verdad, el tema fílmico me aleja de la forma en que quisiera explicar, en este marzo tan glacial, que siempre hay un resquicio o hendidura en los vidrios de casa. Los tragaluces, vistillas o mirandas, deben estar siempre muy bien sellados, pues basta una pequeña fisura en cualquier dintel para que el viento boreal entre a saco en nuestros estornudos. Por lo demás, resulta extraño, extraño y al mismo tiempo curioso, ver que el invierno en las ciudades nórdicas se yergue como un juez inapelable de todas las ventanas.
Prosigo... Mientras los hijos de mis vecinas juegan allá afuera, qué bárbaros, susodichas resquebrajaduras parecen llagas invertidas. La situación se repite, año con año. Es más, he aprendido a fantasear los cascados herrajes en las ventanas: son heridas desangrando ejércitos de hielo hacia la cocina, hemorragias manchando de escarcha la mesa del comedor. Llegado el mes de junio, será necesario llamar a los técnicos del fenestraje (perdón por el arcaísmo…, ya me rehago), y sellar toda la casa. En fin, y lo de no premiar a “The Brutalist” como el mejor filme tiene su lógica: Adrien Brody encarnaba a un judío húngaro, arquitecto y expatriado, de nombre Lászlo Tóth; debido a ello, la cinta debía conformarse con el premio al mejor actor, tan sólo con eso, pues el personaje en cuestión proyectaba destierros. Dicho más a las claras, al descartarla como la cinta del año, y acaso en forma inconsciente, la Academia rindió homenaje al desamparo del transterrado, esto es, exaltó su eterna lucha en solitario por conquistar nuevas tierras prometidas.
Por supuesto, la cinta ganó otras cosas. La fotografía era increíble, también la banda sonora, pero jamás hubiesen premiado la labor coral que implica cualquier producción cinematográfica. Lászlo Tóth siempre será un hombre solo, dentro y fuera de la gran pantalla, y entonces me fui a dormir temprano, porque lo veía venir: en “The Brutalist”triunfaría lo individual, nunca lo colectivo. Y en el amanecer de los hijos de mis vecinas jugando todavía en un jardín de nieve (Marion, Loló y Guillaume, así se llaman), me he levantado con temblores en el cuerpo. Tos, ronquera y otros aspavientos de casi no poder hablar. Una fuga milimétrica de la calefacción hacia la calle, tenía que ser, o, en sentido contrario pero con igual intensidad, una infiltración de las celliscas de allá afuera entre mis cosas… Y la he descubierto pronto, en la base del vidrio, apenas un par de centímetros sobre la masilla, parte inferior de la moldura, en el balcón de la recámara.
La pequeña cuarteadura silbaba con fuerza el aire de marzo. Y porque en lo inmediato no había mucho que hacer, como buen hijo de la Plaza de Armas rescaté mi oficio improvisador (la necesidad es la madre de la inventiva, dice la voz popular en aquellos andurriales). Por el momento, la solución serían las cintas adhesivas, aplicar vendajes de hule contra las borrascas, colocar esparadrapos de plástico para triunfar sobre la posibilidad de las pulmonías. Una vez resuelta la faena, volví a contemplar la calle. Con aire filosófico he susurrado a solas aquellas palabras de Albert Camus, porque “a la mitad del invierno descubrí que había, dentro de mí, un verano invencible. Y eso me hace feliz”. La cita es un poco más larga: si la memoria no se me cae del teclado, concluye diciendo que no importa la dureza del mundo empujando contra nosotros, pues poseemos una fuerza interior que nos envía de vuelta a la vida…, o algo así.
Y al llegar al último párrafo, Marion, Loló y Guillaume seguían jugando bajo cero. Admirado por el espectáculo de tres niños tan septentrionales, he pensado en filosofar las ventanas malheridas desde las que no podía dejar de mirarlos. Sería un buen tema, supuse, pues en la fragilidad de un cristal se refleja lo impensado de las nuevas rutinas del migrante nacido bajo el sol de la lengua española. Al final, aferrado a estas líneas como a un veranillo verbal, cuando el tiempo lo permita debería regresar a ver “The Brutalist”, para revivir en los cines de mi niñez, cuando se encendía la luz del intermedio y salíamos disparados al baño o a la dulcería, ¿se acuerdan? Quizás en dos o tres semanas, seguro abril es más benigno, debería volver a verla para acompañar al imaginario Lászlo Tóth en su odisea, y, sobre todo, para conjeturar desde mi butaca repetida que el mejor cine en lo que va del siglo ya es deudor innegable de muchas de nuestras diásporas.