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Otra vez…, otra vez me sucedió. Casi al final de una columna dedicada a los himnos nacionales que he descubierto en la Isla de Montreal, la mala noticia del fallecimiento de Beto. Viejo amigo, compañero en aquel colegio de jesuitas donde se nos enseñaba que lo importante era ser más antes que tener más, que nuestro destino consistía en convertirnos en hombres y mujeres para los demás: ser cristianos y ser solidarios era una redundancia, nos decían en aquella secundaria, también en la preparatoria, sobre la avenida Universidad. Cuando escucho las sinrazones de la discriminación o del clasismo, me da gusto creer que siempre habrá gente como Betito, con su grandeza de estaturas distintas.
Era un ser esencial, él sí que nunca cambió, estoy seguro, y poseía la profundidad de quien estudia con el alma abierta. Nada de lo aprendido en un aula podía ser un dogma o una verdad cerrada, sino todo lo contrario: cualquier conocimiento es inquietud que se dispersa, así me decía, porque la sabiduría es realidad en movimiento, y nos conocimos en la infancia, en el tercero o cuarto grado, en el salón de la maestra Cristina, sobre la calle Mango; en el quinto año dejamos de vernos, pues mi madre me hizo migrar a otras escuelas. Y justo cuando había decidido cambiar el tema de los himnos nacionales del mundo hispánico, mientras ya me disponía a rememorar a Beto (lo que llamamos felicidad es otra cosa, sospechaba en voz alta), una nueva distracción apareció en el horizonte. Otra y otra y otra vez me sucedió, porque a mis aspavientos de desterrado llegó la mala noticia del Cuauhtémoc, el buque-escuela siniestrado bajo el puente de Brooklyn.
Enseguida recordé que hace tres años exactos, en mayo del 2022, cuando recién salíamos de la pandemia, tuve la oportunidad de conocer dicho velero en Cartagena de Indias. Si mal no recuerdo, redacté una columna desbrozando mi tarea de buscador de lectores transhispánicos, y algo dije de mi paso por las bibliotecas de Colombia donde por accidente me crucé con la teniente Jessica, psicóloga del buque-escuela, nacida en Salina Cruz, Oaxaca. Si la memoria no tropieza, la nave llevaba varios días atracada en los muelles de Cartagena de Indias, y en la sinceridad de su acento de olas tranquilas, al comparar nuestros respectivos desarraigos, confirmé que nadie como los espíritus de mar para entender las honduras y los desafíos de la expatriación. Me invitó a recorrer el barco y a platicar con la tripulación, expertos en mil mareas, y aun podría conocer al capitán (viejo lobo de mar, supuse); me dijo, asimismo, que entre los cadetes había tres estudiantes de la Escuela Naval de Tampico, y qué sorpresa, y no lo podía creer, y feliz acepté la oferta para el día siguiente.
Por cierto, la última vez que hablé con Betito fue a mediados de los noventa, en el azar compartido de la ruta Águila, en un coche rumbo al centro. Sobreviviendo al sudor de la media tarde, allí estaba él, qué sorpresa, y qué tal te va: había concluido sus estudios de Derecho, llevaba ya muy avanzada una segunda carrera universitaria en Economía, siempre fue inteligentísimo, y litigaba en los juzgados municipales. De aquel cuarto de hora de resolanas sobre la avenida Hidalgo evoco, sobremanera, la honestidad a toda prueba de Betito. Traía algunas cervezas de más en la voz, porque un funcionario, un maldito tinterillo, un infame picapleitos (era un poco tiquismiquis al hablar) le había insinuado que su asunto se arreglaría con dinero, con una coima, quería decir, por medio de un soborno, un buen cañonazo de billetes, y, en fin, mejor derivarse a los muelles de aquel otro mes de mayo en Cartagena de Indias. En aquella columna, redactada al amparo de los cielos arrebolados del Caribe, debo haber informado también de otras goletas surtas en la bahía; además del Cuauhtémoc, había un velero brasileño, otro más de pabellón colombiano, y el Capitán Miranda, de ciudadanía uruguaya.
De mi visita al bergantín Cuauhtémoc, al que da tristeza tener que limpiar de comentarios que politizan el accidente, me queda la memoria de su salón comedor. Era un espacio reducido, mesas de madera maciza donde charlé con un contramaestre orgullosísimo de sus cien cruces por el canal de Panamá. Oriundo de Veracruz, conocía todos los faros y todas las comidas del Golfo de México, es más, el día anterior se había ofrecido a los guardiamarinas una deliciosa mañana de tortas de la barda (platillo de raíz tampiqueña, como bien se sabe). Supe, asimismo, que dicho recinto servía de aula, y, de repente, sin verlo venir, el alma de todas estas palabras ya vuelve a decantarse hacia lo que más la conmueve: Betito, hombre incorruptible que, durante la avenida Hidalgo de otro siglo, se negó a dádivas y corruptelas. Por eso y sólo por eso había decidido beberse la cantidad exacta del cohecho solicitado, ni un trago más y ni un peso menos, porque primero ebrio que chanchullero, antes borracho que tramposo, mejor tomado que timado, y sonreímos juntos.
Así era Beto, dentro y fuera del último párrafo en que sólo resta el compromiso de hablar muy pronto de los himnos nacionales en el destierro. La semana próxima, lo prometo, nada podrá distraerme de dicha labor, ni las carabelas caídas en desgracia ni los amigos fallecidos del otro lado del tiempo (el tiempo, ese “gran suicida”, decía Ortega y Gasset). Suceda lo que suceda, naufragios o funerales, responsos o zabordamientos, pase lo que pase, veleros o velatorios, describiré la sorpresa de descubrir nuevos cánticos nacionales, cuando los migrantes de la calle Colón en el Polo Norte abrimos el oído a los himnos de otros países hispánicos, cuando confundimos en ellos a los amigos lejanos, o cuando mezclamos en cada una de sus notas los mares que nos persiguen.