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Cuando un talento notable escribe, y toda escritura es homenaje, sobre otro talento, es necesario atender lo escrito. Sobre Luis Buñuel (1900- 1983), el mayor cineasta en lengua española, escribieron Pier Paolo Pasolini, Andrei Tarkovsky, Ingmar Bergman, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Max Aub, García Márquez y Henry Miller, el polémico autor de Trópico de Cáncer, Trópico de Capricornio, Sexus, Plexus y Nexus
.Aunque no escribieron sobre el director de Tristana, algunos cineastas reconocieron su influencia en sus obras, tales como Pedro Almodóvar, Aki Kaurismaki, Federico Fellini, Jean-Luc Godard y Alfred Hitchcok de quien, inclusive, fue famosa su rendida admiración sobre Buñuel. Sin embargo, llama la atención que David Lynch haya declarado el no haber visto ninguna película del genio de Calanda cuando buena parte de su tono surrealista es claramente una influencia de él.
Para la anécdota queda la idea que tuvo Woody Allen de contar con Buñuel para una escena de su filme Annie Hall/ 1977 donde Allen y Diane Keaton aguardan en la fila para entrar a un cine y escuchan, de pronto, a un “sesudo” maestro universitario contradiciendo las teorías de Marshall McLuhan. Allen, atosigado, le reclama y le presenta (¡allí mismo!) al propio McLuhan. Bueno, la intención primera de Allen era invitar a Buñuel, pero por equis asunto éste no aceptó la invitación.
De Henry Miller (1891- 1980) llama la atención un texto casi olvidado llamado La edad de oro que apareció en su volumen El ojo cosmológico publicado en 1939 que contenía un puñado de ensayos y reflexiones, algunas pesimistas y escatológicas, sobre el hecho artístico y lo irreparable de la inocencia ante la contaminación del mundo como ilusión y esperanza no de salvación sino de evasión.
A continuación transcribo algunos párrafos: “Hace cinco o seis años tuve la rara fortuna de ver La edad de oro, la película de Luis Buñuel y Salvador Dalí que provocó un escándalo en Studio 28. Por primera vez en mi vida tuve la sensación de que presenciaba una película que era cine puro y nada más que cine. Desde entonces estoy convencido de que La edad de oro es única e incomparable.”
“En La edad de oro contemplamos nuevamente una frontera milagrosa que despliega ante nosotros un mundo nuevo y desconcertante que nadie ha explorado. Cuando escribí con Buñuel el escenario de La edad de oro, mi idea general fue presentar la recta y pura línea de conducta de un ser que persigue el amor a través de los desdeñables ideales humanitarios y patrióticos, y otros miserables mecanismos de la realidad:’). No ignoro el papel desempeñado por Dalí en la creación de esta gran película, y sin embargo no puedo dejar de verla como el producto particular de su colaborador, el hombre que dirigió la película: Luis Buñuel.”
“Pues lo mismo que los mineros de Asturias, Buñuel es hombre que arroja dinamita. Buñuel está obsesionado por la crueldad, la ignorancia y la superstición que aflige a los hombres. Comprende que el hombre no tiene esperanza sobre esta tierra, a menos que se haga tabla rasa y se empiece de nuevo. Aparece sobre la escena en el momento en que la civilización se encuentra en su nadir.”
“Han aplicado a Buñuel todos los calificativos: traidor, anarquista, pervertido, calumniador, iconoclasta. Pero no se atreven a llamarlo loco. Es cierto que en sus películas refleja la locura, pero ésta no es creación de Buñuel. Ese caos maloliente que durante una breve hora, poco más o menos, se fusiona bajo su varita mágica, es la locura de las realizaciones humanas después de diez mil años de civilización.
Para demostrar su reverencia y su gratitud, Buñuel pone una vaca en la cama y envía un camión recolector de basura a través del salón. La película está formada por una sucesión de imágenes sin secuencia, cuyo significado debe ser buscado bajo el umbral de la conciencia. Quienes se sintieron decepcionados porque no lograron hallar orden o significado en esta película, no lo encontrarán en ninguna parte, salvo quizás en el mundo de las abejas o de las hormigas.”
“Recuerdo ahora el encantador y breve documental que precedió a la película de Buñuel, la noche que ésta fue proyectada en Studio 28, se trataba de un agradable y breve estudio del matadero, perfectamente apropiado y significativo para las vestales de la cultura de estómago débil que habían ido a silbar la gran película. Aquí todo era familiar y comprensible, aunque quizá de mal gusto. Pero había orden y significado, del mismo modo que hay orden y significado en un rito caníbal.”
“Quizá la próxima película de Buñuel produzca mayor escándalo aún que La edad de oro. Lo espero fervientemente. Pero mientras tanto -y aquí debo agregar que ésta es la primera oportunidad, aparte de una breve reseña para The New Review, que he tenido de escribir públicamente sobre Buñuel- mientras tanto, decía, este demorado tributo a Buñuel puede contribuir a despertar la curiosidad de quienes nunca oyeron hablar de él. Sé que el nombre de Buñuel no es desconocido en Hollywood. Ciertamente, como muchos hombres geniales de quienes los norteamericanos tuvieron noticia, Luis Buñuel fue invitado a ir a Hollywood para ofrecer el fruto de su talento.”
“En resumen, se le invitó para que no hiciera nada y respirara. Vaya por la gente de Hollywood... No, el viento no soplará por ese lado. Pero en este mundo las cosas están organizadas de un modo extraño. Hay hombres que han sido deshonrados y arrojados de su país, y que retornan para recibir la corona real. Algunos regresan para convertirse en azote.”
“Algunos dejan solamente el nombre, o el recuerdo de sus hazañas, pero en nombre de éste o de aquél se han revitalizado y recreado épocas enteras. Por una parte creo que, a pesar de todo lo que he dicho sobre el cine tal como lo conocemos, todavía puede surgir de él algo maravilloso y vital. Que ello ocurra o no depende completamente de nosotros, dé usted que ahora está leyendo esto. Mis palabras pueden ser simplemente una gota en la corriente, pero quizá tengan consecuencias. Lo importante es que el agua de la corriente no se pierda. Bien, creo que es posible encauzar la corriente. Creo que es posible reunir a los hombres alrededor de una realidad vital tanto como es posible agruparlos alrededor de lo falso y lo ilusorio. El efecto de Luis Buñuel sobre mí no se perdió. Y quizá tampoco se pierdan mis palabras…”.