elsoldetampico
Análisisdomingo, 19 de octubre de 2025

El cumpleaños del perro / El adiós es la manera de decirle a la muerte que aún no nos vamos de este mundo

Síguenos en:whatsappgoogle

Todos los días nos estamos despidiendo de algo. Vamos disminuyéndonos cada vez más. La edad es el precio por vivir la vida.

El adiós, siempre el adiós que duele, que cala, que cambia, que educa, que pervierte. La despedida como inicio y como finiquito.

Se dice adiós cuando, al parecer, ya no existe alternativa, cuando los colores del arco iris personal están completos.

El adiós es la manera de decirle a la muerte que aún no nos vamos de este mundo, que hacemos uso de una prórroga.

Decir adiós es volar, correr, viajar hacia otros prados, hacia otras montañas. El adiós es tránsito existencial.

Curtidos por la costumbre y por la manera en que hemos colocado nuestra vida en el escaparate del mundo, el cambio es como una pieza de ajedrez que nos negamos a mover.

El adiós es cambio, libertad, elección, encrucijada, callejón sin salida. Decir adiós es desafiar al presente.

No sé qué tanto de etimológico tenga la palabra adiós con la idea de Dios, lo cierto es que la palabra misma impone respeto, condición definitoria.

Recuerdo que hace algunos años, en una plática sobre extraterrestres o cosas de esa índole, el tipo dizque docto que hablaba ante un escaso público, decía que el indio era un ser místico porque la palabra misma lo vislumbraba: In (dentro) dio (Dios), o sea: el indio es aquel que tiene a Dios dentro.

Bueno, no entraré en detalles para refutar o afirmar significados de palabras, sólo sé que todo simboliza y si es así también contiene. ¿Qué cosas contiene el adiós? ¿De qué nos desprendemos cuando decimos adiós? ¿Qué fortalezas morales nos adjudicamos en el instante mismo del adiós?

A diario estamos diciendo adiós y, también, alguien se está despidiendo de nosotros siempre, siempre. 

¿Cuáles son esas pequeñas cosas? La de todos los días quienes, al final del naufragio de los años, quedan como pecios en el mar del recuerdo, en la memoria.  

La memoria es la manera humana de la inmortalidad. No muere aquello que recordamos, que aún arde en nuestros intereses subjetivos.    

Benedeti escribió: “¿De qué se nutre la nostalgia?/ Uno evoca dulzuras/ cielos/ atormentados/ tormentas celestiales.”

Las cosas que se extrañan son las que no nos dejan nunca, ni aún en el dolor, es decir: en la añoranza.

Siempre buscamos la perpetuación del presente, ése es el error del ego. Caemos, sin dudad, en el verso de Pessoa: “Tengo el cansancio anticipado de lo que no encontraré”.

Buscar significa creer. Las pequeñas cosas pasadas, como apunta Serrat en su canción, “nos hacen que/ lloremos cuando/ nadie nos ve.” Llorar es la confirmación del vivir.

Todos los días me siento disminuido, sostenido por las cuerdas de la memoria. Acróbata de recuerdos y sangre, alcanzo el trapecio del siguiente día con la mirada nublada.

¿Qué hay en Tampico que la gente aún no se ha vuelto loca? Tiene memoria, detritus de historias que le dan sostén a la arquitectura del desgano.

En su obra el Timeo, Platón plantea al demiurgo como el autor de las formas geométricas que dan sustancia a lo recibido para dilucidar un modelo que construya el mundo que propone la imagen (fotografía), llevándolo al espacio de la significación.

Así, entonces, una fotografía tiene su semiótica en razón a dicha recepción por el ojo, sí, pero con la hondura invariable de lo cognoscitivo, el conocimiento hilado a la imagen.

Ver las fotografías de personas que hace años no veía, es más, las cuales llegué a pensar que ya estaban muertas, es motivo de alegría y de una emoción sólo entendible en razón directa al afecto que tenía por ellas.

El tiempo es el material del cual estamos hechos. Es maleable y es de acero, es suave y áspero; tiene el olor moral de nuestros actos.

El tiempo no perdona pero es un aliado del albedrío. Te hace menos bruto y te facilita ciertas cosas en asuntos afectivos. Pero es implacable con la piel. El tiempo es sangre y memoria, detritus de uno mismo y savia de los anhelos.

El tiempo tiene los gestos de nuestros hijos, la angustia de la mirada por los años venideros. Cuando uno planea él, el tiempo, te mira y mueve su cabeza negativamente.

Nada que hagamos tiene importancia frente al tiempo. Tarde o temprano nos masacrará, nos irá acabando con sus martillos invisibles.

¿Qué hacer? ¿Quién nos salvará del tiempo? El amor, con su silencio y su estruendo. El amor es un camino humano también. Basta limpiar el corazón y darse al otro.

Amar es abarcar lo infinito en un abrazo. Quien ama no teme al tiempo porque el tiempo no está hecho de amor sino de olvido. Y amor siempre es recuerdo, memoria que aunque muramos, nos dará eternidad…

Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresión

ÚLTIMAS COLUMNAS

Más Noticias