El cumpleaños del perro / Apostillas del silencio
En su memorable cuento “Luvina”, Juan Rulfo escribe el siguiente diálogo magistral y sabio:
“- ¿Qué es? - me dijo. -¿Qué es qué? - le pregunté...
- Eso - El ruido ese. - es el silencio. Duérmete.”
El silencio es un territorio que tiende puentes, al igual que las palabras, porque comunica.
El silencio es la materia del arte, de la creación artística.
El silencio es vacío y batahola, es prolongación y finitud. Es mar de adioses y limítrofes de arribos.
Con el silencio no hay necesidad de ser hipócritas: el silencio es el dios terrenal, la divinidad que nos ofrece la búsqueda interior sin promesas de paraísos.
A donde vayamos llevamos nuestra dosis de silencio a punto de estallar o de instaurarse. El silencio es el compañero que no traiciona, es el padre de nuestra siquis.
El silencio es la parada del tren que recibe a la vida y a la muerte.
Nada podemos hacer sin acudir al silencio: las decisiones vitales tienen el visto bueno de él.
El silencio es amo y esclavo, círculo y punto. El silencio está en nuestros labios y en nuestros pasos. El silencio es el otro ritmo de las cosas.
Cada vez que miro, el silencio me observa; cada vez que hablo, el silencio me habla. El silencio es espacio y sonido.
El silencio es la carne del alma. Te toca y lo tocas, lo comes y te comes.
Verdad buena la de la escritora brasileña Clarice Lispector cuando apunta sobre el silencio:















