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Se cumplen quince años del estreno de El discurso del rey (The king’s speech)/ Reino Unido- 2010, biopic salpicado con gotitas de filme de superación personal (pigmaleónica, fraternal) y melodrama edulcorado donde la teatralidad, en su acepción más burda y axiomática, está latente.
Sin embargo, Tom Hooper dirige una pieza visual burilada, sardónica y desenfada sobre un segmento en la vida del rey británico Jorge VI/ Colin Firth, enfrentándose a su tartamudez, amén a la abdicación al trono de su hermano Eduardo VIII/ Guy Pearce por amor a la divorciada americana Wallis Simpson.
Hooper, dejando de lado ciertas precisiones históricas en aras de una efectividad y fluidez narrativa, relata con fuerza dramática la enorme carga psicológica del monarca Jorge VI (llamado entre sus íntimos como Bertie) debido a su problema de disfemia.
La aparición del terapeuta Lionel Logue/ Geoffrey Rush como médico de Jorge VI le otorga al filme una definitoria doble firmeza: el rigor histriónico y el deshilado fino del guion de David Seidler el cual sortea con eficacia la veracidad o no de los hechos históricos llevándolo al territorio bendito del cine: la verosimilitud.
Y es que “El discurso del rey” es, antes que nada, una cinta que recrea un mundo donde un hombre se ve agobiado por cotas ajenas a su voluntad, inmerso en resabios traumáticos que lo colocan en una situación de humillación por su defecto de articulación del lenguaje.
Si bien al asunto directo se ataca de inmediato (desde la primera secuencia vemos que el futuro Jorge VI es tartamudo con esa toma alucinante del micrófono), lo cierto es que Hooper no intenta convertir la película en un alegato moralista a favor de la discapacidad del lenguaje, para nada, sino que eleva su arenga fílmica en un encuentro de personas no de personajes. Y creo que ese es el acierto del guión de Seidler.
La película ahonda en los bagajes de ambos referentes humanos: Logue (actor australiano fracasado, médico sin título que entrega lo mejor de sí a sus pacientes) y Jorge VI (tímido, sometido a la inminencia de la Segunda Guerra Mundial sin aparente talante de líder).
La relación entre ambos hombres no es edificante, se da entre ironías y veladas sombras de elucubraciones políticas no referidas abiertamente (¿será por eso las reiteradas de Logue de Shakespeare?) y que cumplimenta el ritual prohollywoodense (confitado, maniqueísta) en la secuencia donde el rey pronuncia su mentado discurso, por radio, en contra de la Alemania nazi de Hitler.
Hooper propone una interesante galería de personajes secundarios (la Reina Madre/ Helena Bonham Carter, Churchill/ Timothy Spall, el primer Ministro Neville Chamberlain/ Roger Parrott) que hacen que el filme funcione como pieza de relojería para desencantar en una emotiva historia donde los encuadres (close ups a Firth, angulares y planos generales), la dirección de arte y el vestuario le dan cuerpo en la pantalla grande al devenir del padre de la actual reina Isabel II de Inglaterra…