El cumpleaños del perro / Yo, el que era antes de ti
Antes de ti nada era mío y hoy, contigo a mi lado, me pertenece (oh cosa fácil) el universo. No hay bordes ni limítrofes para mis posesiones. Soy dueño del aire que respiro y, mira nomás: las alas que me han crecido desde que estoy contigo.
Te amo y el azul de Tampico a las doce del día se me mete por los ojos y la piel. El camino más corto para llegar a ti es un beso. A tus labios los miro y de ellos salen pájaros dulces a poblar el estío de mi boca abandonada.
Tú me fecundas, me das vitalidad, haces que los duendes ogros de mi alma se vayan a otra fábula pobre. Te acaricio y mis manos se llenan de eléctrico entusiasmo.
Te amo porque me sacas a flote y porque haces que el polvo del sendero no enturbie mi corazón.
“Amar es morir lentamente”, dijo alguna vez la rockera Rita Guerrero. Verdad buena. Amarte es morirme en vida y tú – mi asesina con todos los permisos - acudes a mi resurrección diaria en tus brazos de hiedra tersa.
Cuando te amo el mundo me parece bello y los pequeños enfados por el pago de la luz, el agua y el teléfono se me presentan como accesorios de la rutina.
Amar significa compartir el doloroso mundo contigo. Amar es abrir los ojos y continuar viendo tu rostro. El amor no es prisión, no es “un eres mía”. Amar es la esclavitud más libre que pueda existir.
Amar es plenitud, ósmosis, decantación moral. Se ama para no morir del todo, porque el amor tiene la capacidad de hacernos sentir importantes, de hacernos medir dos metros de estatura capaces de escalar montañas fabulosas.
Amar no es más que apostarle a la vida, a querer perpetuar el instante, a colocar coronas alegres a la ruindad del mundo.
Amar significa extenderse, romper límites, osar, volar, imaginar.
Amar es poseer una llave secreta, acaso la de la felicidad, aún más: la de la valentía contra la incontestable transitoriedad del presente. Amar es enfundarse con la capa de lo perenne.
Se ama para no irse, para continuar, para pertenecer.
Se ama para no perseguir monstruos ni habitar soledades.
Al amar todas las palabras amables existen. No hay diccionarios sombríos ni jardines poblados por flores fantasmas.
Al amar le apostamos a la ternura, a la memoria del tiempo no para alterarlo sino para entender que los días por vivir – ahora sí – existen y son la recompensa que nos da el amor por abrirles las puerta de nuestra corazón.
Porque amar, al fin y al cabo, es la respuesta humana que tenemos contra la muerte.
¿Dónde pongo los brazos, las manos y la mirada, amor, ahora que te amo así? Y es que a tu lado soy ligero, de humo enamorado (aún no polvo, mi estimado Quevedo).
Llegaste con la fragancia de naranja de Álamo cuando en mi camino caían piedras y breñas incontrolables. Tu seriedad de sirena me hizo creer nuevamente en canciones de marineros. Mar adentro no hay islas misteriosas, hay todo el azul de amor inmenso.
Mis labios, tercos kamikazes que se estrellan contra la copa baja de tu vientre y estallan en fragmentos amorosos para poblarte de mí.
Yo que perdí brújulas y rutas de andares nebulosos. Yo, el perdido, el que gritaba donde no había eco ni espacio propicios para pedir auxilio. Yo, el que era antes de ti.
“¿Dónde estabas?” Me preguntas; y yo te contesto que esperándote entre los fuegos negros de calendarios y obligaciones fantasmas. Años fantasmas antes de ti viví, tiempo de espuma en la boca y légamo en el intelecto.
Contigo soy, existo y me amplío en todo lo que hago. Me has dado la savia de tus años y el estrago de tu pasión. Roca y pétalo, ácido y miel, nada nos detendrá excepto el tiempo.
Contigo me siento seguro porque el amor es una de las respuestas contra la oscuridad. Amar es cobijo, inmunidad moral, eternidad del alma…















