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Hace unos días se cumplieron 80 años de la caída de Adolf Hitler. Murió el 30 de abril de 1945, encerrado en un búnker, rodeado de fantasmas y derrotas. El hombre que prometió mil años de gloria al Reich apenas lo pudo sostener doce. ¿Qué explica ese derrumbe estrepitoso? ¿Fue solo una cuestión de fuerza militar? ¿O hubo algo más profundo en su personalidad y forma de ejercer el poder?
Durante décadas se argumentó que Alemania nunca estuvo en condiciones de ganar la guerra debido a la abrumadora superioridad industrial de los aliados. Sin embargo, esa desventaja era bien conocida por el alto mando alemán desde el final de la Primera Guerra Mundial, y fue precisamente para compensarla que se ideó la Blitzkrieg, o “guerra relámpago”. Estrategia que mediante una combinación de maniobras y velocidad lograron compensar los números superiores de los enemigos.
Pero lo que en su momento funcionó para Polonia y Francia dejó de hacerlo cuando en la planeación de la invasión a Rusia se desplazaron los aspectos técnicos y se introdujeron consideraciones políticas, y cuando el dictador, al tener tropiezos, comenzó a desplazar a los generales profesionales que sugerían metas realistas para rodearse de cortesanos serviles que alimentaban sus hiperbólicas ambiciones. La estrategia fue sustituida por la fe ciega. Como escribió el mariscal Erich von Manstein, “Hitler poseía la intuición, pero carecía de formación”. Y la intuición, sin contrapesos, lleva al abismo.
Hitler no gobernaba con la razón, sino con las entrañas. En el terreno político, esa intuición le dio resultados al inicio: supo conectar con el malestar del pueblo alemán y capitalizarlo con eficacia. Pero su gran error fue extrapolar ese mismo impulso emocional al ámbito militar. Su rechazo a la crítica, el desprecio por los expertos y la obsesión con la obediencia absoluta convirtieron al ejército en un espejo de sus delirios. El liderazgo se volvió culto a la personalidad. Ya no importaban los méritos, sino la lealtad. Los generales que pensaban eran reemplazados por los que aplaudían. Y el resultado fue la catástrofe.
Hay otra dimensión menos discutida: Hitler como artista frustrado. En su juventud, quiso ingresar a la Academia de Bellas Artes de Viena y fue rechazado. Vivió en la miseria, sin reconocimiento, mientras las élites culturales de la ciudad lo ignoraban. Aquella herida jamás cerró. Décadas después, ordenó degradar culturalmente a Viena. El rencor se convirtió en política de Estado.
Ese episodio retrata el núcleo de su narcisismo: no soportaba el rechazo. Como apunta el historiador Frederic Spotts, Hitler “despreciaba a autoridades y expertos, y solo sentía repulsión por las instituciones que no lo reconocían”. Gobernó con resentimiento. Y el resentimiento, cuando se convierte en ideología, solo destruye.
La historia de Hitler y sus generales no es una anécdota lejana. Es un espejo incómodo. Nos recuerda que no basta con tener razón; también hay que saber escuchar, rodearse de voces diversas, respetar la inteligencia y aceptar límites. Porque incluso los proyectos más nobles pueden perderse si se gobierna desde el ego y el resentimiento, y no desde la razón.