Pre-textos del caimán / El origen del monstruo: genealogía de una figura que nunca desaparece (I)
Primera de dos partes
El monstruo simboliza aquello que escapa al control humano. No importa si es biológico, tecnológico o metafísico: su función es dramatizar el límite del poder humano sobre el mundo y sobre sí mismo.
En la cultura actual, el monstruo ha perdido parte de su exterioridad. Ya no siempre tiene colmillos ni garras. Puede ser una idea, una red, una lógica. Esto no lo debilita; lo vuelve más inquietante.
El monstruo contemporáneo no siempre se ve, no siempre ataca y no siempre tiene intención.
El monstruo persiste porque cumple una función irremplazable: pensar el límite. Allí donde el lenguaje falla, el monstruo aparece. Allí donde el orden se vuelve frágil, el monstruo toma forma.
De este modo, el monstruo nace como cartografía del miedo: señala dónde termina lo conocido y comienza lo indeterminado.
Uno de los principios más antiguos del monstruo es la hibridación. Leones con alas, humanos con cabeza animal, cuerpos multiplicados, órganos fuera de lugar. El monstruo no es simplemente distinto: es demasiado.
Con la consolidación de sistemas jurídicos, médicos y teológicos, el monstruo se institucionaliza. Deja de ser solo criatura mítica y se convierte en caso.
El monstruo se vuelve un instrumento para definir lo permitido. No señala únicamente el caos externo, sino el peligro de desviarse del orden establecido.
Frankenstein es el mito fundacional de esta etapa: el monstruo no nace de la oscuridad del mundo, sino del deseo de conocimiento absoluto. Su origen no es exterior, sino interno al proyecto humano.
Desde aquí, el monstruo deja de ser advertencia divina y se convierte en acusación ética.
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