Café Cultura / Todos los días, Día de la Tierra
A mi nieto mayor Emérico, quien esta semana en un viaje de estudios ha conocido las Instalaciones de la NASA.
Los días del presente están aquí, en nuestro interior. Aquí con su agenda diaria e irreversible. Y hay que decir que por sus vaticinios, el tiempo del ahora apela a un ejercicio de conciencia, de mirar no sólo a nuestro interior sino a todo lo que nos rodea: el secreto está en la mirada.
Este tiempo de supervivencias reales donde el contagio y la enfermedad se han cimentado, y la inequidad que es amiga de la explotación diezma a los que sí saben de carencias, exige que nuestra visión de las cosas sea absolutamente otra.
El tiempo de guardarnos en casa ha invitado a la reflexión. Año tras año celebra nuestro calendario el Día de la Tierra, y pese a todos los embates el verde se renueva, se expande.
Ante el himno de los mares y los árboles y las especies animales, no podemos sino recordar la durabilidad de los espacios. Hemos querido interrumpir el libre trasegar de la naturaleza donde todo tiene vida propia: cerros, barrancas, manantiales…
Han honrado nuestros pueblos a los astros en el infinito y a otras deidades como los espíritus de las semillas, espíritus de los renuevos que se traducen en renacimiento.
Nuestros pueblos implicados simbióticamente en la inmanente sacralidad de la Creación. Nuestros pueblos del mundo con sus creencias y sus enseñanzas.
Con sus prácticas primigenias, danzas cantadas y rituales invocando el libre caminar de lo que fue escrito en el Libro de los Sueños...
El lenguaje de los años con sus caminos interiores y sus puntos de fuga nos sigue sacudiendo, es como una lectura en alto, un dar a ver. De antiguo este lenguaje dicta que la naturaleza nos ayuda a estar bien.
No en vano nuestros orígenes se remontan a bosques y sabanas porque nació la raza humana para la vida mayormente al aire libre; fue creado nuestro oído para el silbo de las aves y en su vaivén los largos brazos de los árboles.
Amamos los verdes insignes, los ocres del otoño, y en la piel la incitante caricia del viento. En el deseo de cada uno de nosotros de cuidar los espacios verdes prevalecerá una fuerza íntima, porque sólo estando inmersos en el paisaje seremos sensibles a los problemas en común.
Unido al elemento naturaleza. Unido al contacto elemental agua, aire, tierra y fuego. Leamos a Hipócrates, el gran médico de la Grecia antigua:
Hay una corriente común, una respiración común,
todas las cosas se encuentran en simpatía.
El conjunto del organismo y cada una de sus partes,
funcionan en conjunción con el mismo propósito.
El Día Mundial del Medio Ambiente y todos los días de continuo, han subrayado una y otra vez la urgencia de una cultura sustentable: los logros obtenidos en esta materia no son de ninguna manera suficientes.
Es muy preocupante que en estos bosques de varilla y concreto construidos por los humanos, hoy se siga hablando de recursos naturales “negociables”, y no de la naturaleza como tal…
Para algunos podrá parecer casi romántico el poner yo aquí, que en esta orfandad originaria y convencional existirá siempre la posibilidad de volver a lo que incuestionablemente nos sostiene: el amor, la literatura, la música, el arte en todo.
Mas la mirada seguirá siendo el recinto divulgativo de la imaginación. Algunos juran que la ilusión vale cuando la realidad la toma de la mano. “Siento el calor del viento en las espumas” –dice Vinicius de Moraes. Y yo juro que a mí no me abandona nunca el viento…
amparog.berumen07@gmail.com















