El proceso para obtener miel en Ozuluama, Veracruz
Los retos para la industria de la miel en el norte de Veracruz
Cada una de estas obreras recorre decenas de kilómetros diarios en busca de néctar. En una colmena de diseño europeo, como las de El Bejuco, cada individuo cumple un papel vital en una sociedad compleja y perfectamente organizada.
El dato pone en perspectiva que el producto: no es solo un endulzante también es el resultado de millones de viajes y de una colaboración prodigiosa de la naturaleza.
La importancia de cuidar de las abejas para la biodiversidad
Hoy, la Casa de la Miel sigue en pie. No es solo un taller o un almacén; es un testimonio de resistencia. Resistencia frente al cambio climático, la pérdida ambiental y la falta de apoyos.
Pese a que hubo una reducción en el consumo de bebidas alcohólicas entre adolescentes, el alcohol continúa siendo una de las principales amenazas para la salud de los jóvenes.
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En el Rancho El Bejuco se utilizan colmenas de diseño europeo para la producción tradicional de miel / Gabriel Ruiz
En el corazón del norte de Veracruz, rodeado de la vegetación natural, una construcción sencilla tiene el zumbido de las abejas, una historia que comenzó en 1955 y que hoy, contra viento y marea, sigue endulzando a Ozuluama. Rancho el Bejuco, conocido porl los lugareños como la “Casa de la Miel”.
Todo comenzó con Sara García Iglesias, una química farmacobióloga que decidió regresar a las tierras de sus ancestros en El Bejuco. Inspirada por la lectura de “La vida de las abejas”, de Maurice Maeterlinck, observó la abundante floración del monte virgen y vio una oportunidad. Adquirió dos o tres colmenas y, sin saberlo, plantó la semilla de lo que sería una tradición familiar por más de siete décadas.
Su hijo, el maestro apicultor Jaime Montell, recuerda aquellos años dorados, “la producción era abundante en invierno y verano. La vegetación nativa ofrecía un festín constante para las abejas, y la miel se producía con generosidad. Así fue como la apicultura marcó el rumbo de la familia y se entrelazó con la identidad de toda una comunidad”.
“Coloquialmente le decimos la Casa de la Miel, porque así es más fácil de recordar”, explica Jaime Montell. Este inmueble es el núcleo de todo el proceso. En su taller de carpintería, con máquinas ideales, se fabrican a mano las colmenas, cajas, alzas y bastidores.Es un espacio donde el oficio se transmite con la misma paciencia con que las abejas construyen sus panales.
“En la sala de extracción, una vez al año, se realiza el delicado proceso de centrifugado de las alzas. Aquí, la miel es separada sin dañar los panales, que pueden reutilizarse. Los opérculos, esa fina capa de cera que sella cada celda, se procesan aparte para obtener cera pura”, expone. Cada paso es un ritual de cuidado y conocimiento acumulado.
La extracción de miel se realiza mediante centrifugación para conservar los panales y a las abejas. / Alfredo Márquez
Con el tiempo, el mayor reto apareció con la deforestación. La conversión del monte virgen en potreros redujo dramáticamente las áreas de floración. A este golpe ambiental se sumaron otros desafíos. Primero, llegó la plaga de la varroa, un parásito que lograron controlar. Después, en los 90, la temida abeja africana revolucionó el oficio, haciendo indispensable el uso de trajes de protección.
El mercado también se transformó. México fue un gran exportador, pero la burocracia y la entrada de miel china a bajo costo, presuntamente adulterada afectaron al sector. Hoy, el golpe más fuerte viene de la sequía prolongada de al menos seis años que ha reducido la floración. La cosecha, que antes era bianual, ahora se limita a los meses de marzo y abril.
La miel de El Bejuco es patrimonio apícola de Ozuluama, Veracruz, desde 1955 / Alfredo Márquez
Para entender el valor de cada frasco, Gabriel Ruiz Montell, del equipo Miel El Bejuco, señal que una sola abeja, en toda su vida de cuatro a seis semanas, produce apenas una cucharadita y media de miel.Para obtener un solo kilo, se requiere el trabajo incansable de aproximadamente dos mil 500 abejas.
En "La Casa de la miel" se fabrican a mano, en el taller de carpintería, colmenas, cajas, alzas y bastidores / Alfredo Márquez
Más allá de la producción, Jaime Montell libra la batalla la de la educación. Aclara, por ejemplo, que la cristalización de la miel es un proceso natural, que depende de la floración y el clima, y no un signo de adulteración. Sin embargo, esta desinformación frena el consumo interno, que aún es bajo comparado con otros países.
El llamado es a valorar el producto local, a entender sus características y a apoyar una cadena de producción que sustenta a familias y, lo más importante, protege a las abejas polinizadoras. Sin ellas, no solo se acaba la miel, sino la biodiversidad que sostiene nuestros alimentos.
Jaime Montell mantiene activo el Rancho El Bejuco, iniciando por su madre Sara García Iglesias en 1955 / Alfredo Márquez
La apicultura en Ozuluama, como la practican en El Bejuco, ha dejado de ser solo una actividad económica. Es un legado, una forma de vida y una defensa silenciosa pero tenaz de la biodiversidad. Cada colmena es un bastión. Cada frasco, un mensaje en una botella que dice: “Aquí seguimos, cuidando a las abejas, cuidando la tierra”.
El Rancho El Bejuco nos recuerda que algunas de las historias más dulces están tejidas con los hilos más resistentes: los de la perseverancia, el conocimiento heredado y un amor profundo por la tierra. En un mundo de cambios acelerados, ellos mantienen el ritmo pausado y sabio de la colmena.
Al final, su lucha no es solo por producir miel. Es por mantener un equilibrio esencial. Porque sin abejas, el mundo no solo pierde dulzura; pierde color, vida y futuro. Y en esa defensa callada, cada gota de su miel es una promesa de que el zumbido, por ahora, sigue vivo.