El Club de la Llave y los primeros pasos al ritmo de la Disco
La expansión y la democratización de la noche
La Era de los Equipos de Sonido creó nuevos espacios para la música
Era un ambiente, en palabras de quienes lo vivieron, que solo se puede entender estando ahí. Se trataba de la conjunción perfecta entre el gusto por la música, el baile liberador y la pura alegría de ser joven.
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Javier Castillo de JC Music; Ariel Martínez de Magic Circus; Ramón Amor de Cherokee Music Love Me y Gilberto Arellano de Nebraska Sound System / Paulo Monsiváis
Hubo un Tampico donde para entrar a bailar la música de moda no bastaba con pagar una entrada. Donde el acceso no era para todos, sino solo para quienes poseían un símbolo de distinción: una llave. Mientras en el mundo explotaba la fiebre disco con John Travolta, en nuestro puerto la noche comenzaba con un acto de exclusividad que marcó toda una era: El Club de la Llave, el pionero que encendió la pista de baile y las luces disco en la ciudad.
El contexto era perfecto. A finales de los años 60 y principios de los 70, la cadena Westin, en alianza con empresarios locales, erigió el Hotel Camino Real sobre los terrenos que alguna vez ocupó el pintoresco Motel Sábalo Courts, en colonia Smith sobre la Avenida Hidalgo. Este nuevo centro de la vida social tampiqueña, bajo la experimentada gerencia de Francisco Zincer, quien fue traído de Ciudad de México, no tardó en convertirse en el lugar de moda.
Sus salones, Camichín y Flamboyán, y su bar La Diligencia, con el conjunto musical de Manuel Barroso y René Velázquez, eran sinónimo de grandes eventos. Incluso instituyeron una tradición singular: a las 13:00 horas, un sonoro cuete anunciaba una hora de “2 por 1” en las bebidas. Fue en esta época de innovación y elegancia donde Francisco Zincer, percibiendo el auge global de las discotecas, decidió crear algo único.
El Camino Real ubicado en la colonia Smith sobre la avenida Hidalgo fue uno de los cimientos para el auge de las discotecas en la principal avenida de Tampico / Alfredo Aguayo
El historiador de la ciudad, Adrián Pérez Sobrevilla, señala que la idea no era de un lugar cualquiera. La visión de Zincer fue el Club La Llave, un espacio construido con todas las característica luces en el piso, áreas comunes de convivencia y los decorados del momento, donde se reproducía la famosa música Disco que Giorgio Moroder había popularizado desde Alemania.
La peculiaridad radical de este lugar residía en su mecanismo de acceso: solo los socios previamente registrados podían ingresar, y lo hacían presentando una llave física. Este objeto no era solo un instrumento; era un pase de oro, un símbolo de pertenencia a un círculo social donde se disfrutaba de música, baile y compañía en un ambiente de absoluta privacidad y exclusividad.
Agregó que “La Llave” fue la primera llamada Discotheque en Tampico. La gente iba muy elegante. Las mujeres iban al salón de belleza para lucir su peinado y maquillaje. Sus vestidos a la última moda como en los Estados Unidos, ellos con pantalón de campana y colores muy festivos. Era una fiebre, como si fuera la última fiesta.
Este modelo de éxito no pasó desapercibido. Pronto, otros empresarios replicaron el concepto de membresía. Surgió el Club Privatt, de Ramón Fusco, otro espacio donde la elegancia era ley. “Se te exigía una ropa adecuada y sin permitir el pantalón de mezclilla”, recuerda Pérez Sobrevilla. La juventud tampiqueña comenzaba a adoptar estos espacios como sus templos de esparcimiento.
La fiebre disco llegó al sur de Tamaulipas a finales de los años de 1970 / Javier Castillo
La fiebre disco ya era imparable. La escena siguió enriqueciéndose con lugares como el Músic Hall de Gabriel González Mainero, en Eucalipto e Hidalgo, que también gozó de gran aceptación. A finales de los 70 y principios de los 80, Vas Club, de Víctor Tiburcio, se sumó a la oferta nocturna en la Avenida Hidalgo en la Colonia Chairel. Sin embargo, con el paso de los años, la exclusividad absoluta empezó a ceder.
Como explicó el historiador: “Los clubs privados, con el paso de los años, cedieron algo de su exclusividad. Algunos empresarios abrieron a posteriori discotecas y antros de buen ver en el cual nos enseñaron a dejar nuestras actitudes de mal humor afuera”. Entonces, también otras avenidas, no solamente la principal empezaron a tener un movimiento nocturno.
Fue el nacimiento de una noche más “democrática”. La Avenida Ayuntamiento y luego la Avenida Universidad se convirtieron en los nuevos corredores de la diversión. Lugares como el “Siux”, el “Hobby”, y otros muy agradables como el “Blue Craft”, abrieron sus puertas, llevando la experiencia disco a las masas, hasta convertiste en una tendencia que abarcó muchos de los fines de semana del puerto.
Ramsés fue una de las discotheques del puerto, abría sus puertas a las 18:00 horas y cerraba a las 00:00 horas / Javier Castillo
Paralelamente, un fenómeno potenció y transformó la experiencia musical en la ciudad: la llegada de los enormes equipos de sonido. Javier Castillo, de JC Music, rememora aquel movimiento: “Los equipos sonidos llegaron a Tampico con una fuerza enorme, su punto más fuerte estuvo a finales de 1970 hasta inicios de 1990”.
Este fue un capítulo que duró más de 25 años y cambió todo. Los DJs no solo ponían discos; creaban “mezclas” con vinilos que, según Castillo, “tenían que traer de contrabando desde Estados Unidos”.
El performance se volvió espectacular: grandes bocinas, muchas luces y un sonido que reverberaba en el cuerpo. Surgieron templos dedicados a esta nueva forma de vivir la música: El Salón de los Espejos, El Tampico Club, que después se convertiría en Ramsses, El Lugar, MG Yardas, Paradise y, más adelante, conceptos de mayor permanencia como Byblos.
Hoy, cuando la noche tampiqueña brilla con otros nombres y ritmos, es difícil imaginar que todo comenzó con una llave. Esa pequeña pieza de metal fue más que un objeto; fue el umbral que separaba lo común de lo exclusivo, el silencio de la primera nota disco. El Club de la Llave no solo inauguró una forma de divertirse, sino que sembró efervescencia nocturna que evolucionó desde el susurro privado de una membresía hasta el rugido democrático de las bocinas en el sur de Tamaulipas.