El día que la fe se volvió tragedia: el memorial a dos años del derrumbe en la iglesia Santa Cruz
La comunidad católica conmemora con una fuente y 12 cruces para mantener viva la memoria de las víctimas del derrumbe
La comunidad católica conmemora con una fuente y 12 cruces para mantener viva la memoria de las víctimas del derrumbe

Yadira Hernández
Lo que parecía ser un domingo de fiesta y unión familiar se convirtió en una de las tragedias más dolorosas de la historia reciente en el sur de Tamaulipas. El 1 de octubre de 2023, mientras se celebraba el bautizo de siete menores en la parroquia Santa Cruz, ubicada en la colonia Unidad Nacional de Ciudad Madero, el techo y parte de las paredes del inmueble se desplomaron.
El hecho dejó 12 personas fallecidas y más de 69 heridos. A dos años de aquel suceso, las familias afectadas, junto a la comunidad católica, mantienen viva la memoria de las víctimas con una fuente y 12 cruces que simbolizan su recuerdo y el compromiso de no olvidar lo ocurrido.
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Eran alrededor de las 14:18 horas cuando un estruendo sacudió la tranquilidad del templo. Los asistentes, que apenas unos segundos antes entonaban cantos litúrgicos y presenciaban el bautizo de los pequeños, se vieron atrapados en un escenario de polvo, escombros, llantos y gritos de desesperación. En cuestión de minutos, la celebración se transformó en caos.

Familiares corrían entre las ruinas en busca de sus seres queridos, mientras los primeros rescatistas, paramédicos, voluntarios y ciudadanos que se encontraban cerca acudían al lugar para ayudar en lo que se convirtió en una lucha contrarreloj. Herramientas improvisadas, botellas de agua, alimentos y manos solidarias se unieron en un esfuerzo común: sacar con vida al mayor número de personas.
Entre quienes se encontraban en el templo estaba la señora María Concepción Hernández, quien acompañaba a su nieto Said, de siete años, en el bautizo.

“Yo solo escuché como si hubieran aventado una bomba y después el crujir de la loza. Quedé atrapada, pero logré arrastrarme hasta una ventana. El miedo más grande fue no encontrar a mi nieto, hasta que lo hallamos bajo la loza y las bancas. Tuvieron que usar un gato hidráulico para sacarlo”, relató.
Ella sobrevivió con lesiones menores, pero confesó que las secuelas emocionales le impidieron dormir durante meses. “Las pesadillas eran constantes, pero ahora agradezco cada instante de vida que comparto con mi familia”.
Las labores de auxilio se prolongaron durante horas. El párroco de la iglesia, Ángel Santiago Vargas Uribe, quien llegó a la parroquia en 2020, no se movió del lugar hasta que fue rescatado el último cuerpo. Testigos lo recuerdan de rodillas, vestido con la misma túnica blanca que portaba al iniciar la ceremonia, rezando y acompañando a las familias en medio de los escombros.

Aquella imagen se volvió un símbolo de resistencia y esperanza para los feligreses. Hoy, el sacerdote recuerda que, aunque la pérdida es irreparable, la comunidad ha encontrado fuerza en su fe.
“Dios nos sostiene incluso en medio de la adversidad. Nuestra misión ha sido acompañar a quienes sufrieron esta herida, que no se cerrará jamás, pero que con amor y oración puede sobrellevarse”.
De acuerdo con los peritajes preliminares de la Fiscalía General de Justicia de Tamaulipas, el colapso se debió a una falla estructural derivada de la fragilidad del inmueble. El paso de los años y la falta de mantenimiento contribuyeron a debilitar la estructura hasta que cedió.

A casi dos años del hecho, el predio permanece vacío. El proceso legal y administrativo ha frenado cualquier intento de reconstrucción. “Por el momento no se puede hablar de permisos o arranque formal de obra, primero debemos cumplir con todos los requisitos que nos solicita la autoridad”, explicó el padre Vargas.
La comunidad, sin embargo, no ha dejado de practicar su fe. Se habilitó un “templo temporal”, un espacio techado en un área aledaña al antiguo recinto, acondicionado gracias a la cooperación de los feligreses. Ahí se celebran misas, bodas, bautizos y demás ceremonias religiosas, demostrando que la espiritualidad no necesita paredes firmes para mantenerse viva.
La iniciativa para levantar nuevamente la parroquia ha encontrado un motor en la propia comunidad. Vecinos y creyentes han organizado actividades, colectas y ventas de alimentos para reunir recursos.

“Aquí la gente es muy participativa. Si haces un mole, la gente se suma; si vendes agua, también. Cada quien ha aportado lo que puede: materiales, pintura, aire acondicionado, hasta mano de obra. Ha sido un esfuerzo colectivo”, compartió el sacerdote.
La adaptación del espacio temporal incluyó modificaciones en la techumbre y acabados interiores. “Queríamos que fuera cómodo y bonito, digno para la gente. Con el apoyo del municipio se consiguió la pintura y poco a poco lo hemos ido mejorando. Hoy ya tenemos un lugar donde celebrar, aunque no olvidamos que lo más importante es la vida de quienes ya no están”, añadió.

El proyecto definitivo de reconstrucción aún depende de permisos oficiales, pero la comunidad mantiene la esperanza de que antes de que concluya el año puedan dar el primer paso.
Para muchas de las familias, la tragedia del 1 de octubre de 2023 sigue presente. “Todavía me sobresalto cuando escucho un ruido fuerte, o cuando entro a un lugar, lo primero que hago es mirar el techo. Es algo que no se olvida”, confesó un padre que sobrevivió al derrumbe.
Cada aniversario se convierte en un recordatorio de la fragilidad de la vida y del valor de la unión. El dolor de quienes perdieron a padres, hijos o abuelos se entrelaza con la esperanza de construir un espacio donde la fe siga siendo un refugio.
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Como parte de los actos conmemorativos, este año se inauguró una fuente con 12 cruces, una por cada víctima que perdió la vida en el colapso. El agua, elemento central del memorial, simboliza el bautismo que se celebraba en aquel momento fatídico, pero también la pureza, la limpieza y la vida.

“El agua abre las puertas del cielo, y queremos que esta fuente sea un recordatorio de que nuestros hermanos están en un lugar mejor. Para nosotros, representa la esperanza de que su recuerdo permanezca vivo”, señaló el padre Vargas.
El espacio ha sido concebido no solo como un homenaje a quienes fallecieron, sino también como un sitio de oración y reflexión para los creyentes. Familias enteras se reúnen allí para rezar y encender veladoras, manteniendo la llama de la memoria encendida.

Las historias de quienes lograron salir con vida de los escombros muestran la magnitud del trauma. María Concepción, como muchos otros, tardó meses en recuperar la calma. Otras familias enfrentaron hospitalizaciones prolongadas y procesos de rehabilitación física.
Hoy, la parroquia Santa Cruz sigue siendo un punto de encuentro, aunque no cuente con su edificio original. El “templo temporal” ha permitido que los feligreses mantengan su vida religiosa activa, demostrando que la fe es más fuerte que cualquier muro caído.
Las actividades parroquiales, desde catecismo hasta grupos de apoyo, se han mantenido, fortaleciendo el tejido social. La comunidad encontró en la organización y la solidaridad un motor para reconstruirse a sí misma.

“Tenemos heridas que nunca sanarán, pero también tenemos la misión de levantarnos y seguir adelante. La fe nos enseña que incluso en medio del dolor, Dios está con nosotros”, expresó el párroco.
El colapso de la iglesia Santa Cruz dejó al descubierto la importancia de la prevención y el mantenimiento de las infraestructuras en espacios públicos. La tragedia no solo marcó a Ciudad Madero, sino que se convirtió en un llamado de atención a las autoridades sobre la necesidad de supervisar los inmuebles destinados a congregaciones masivas.
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A dos años del suceso, el recuerdo sigue vivo. Cada cruz en la fuente es un nombre, una historia, una vida que se apagó en segundos. Y cada oración pronunciada en el templo es también una promesa: la de no olvidar a las víctimas y mantener viva la esperanza de un futuro donde la fe siga siendo refugio y fortaleza.