Huracán Hilda: “Comimos galletas con olor a petróleo para sobrevivir”, recuerda Lidia
El domingo 18 de septiembre todos se preparaban para lo inminente y amarraron las láminas de sus casas
Antonio Sosa / El Sol de Tampico
Era una niña de apenas seis años cuando, en el rancho limítrofe al río Pánuco, se enteraron por las noticias de la radio de la proximidad del devastador ciclón. Habían sido días de lluvia abundante, por lo que ríos y lagunas estaban a tope.
El domingo 18 de septiembre todos se preparaban para lo inminente: amarraron las láminas de sus casas y trataron de subir su ganado y aves de corral a las zonas más altas. Pero todas las previsiones se quedaron cortas frente a lo que se avecinaba.
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“Vivíamos en una casa en la orilla del río, por lo que, ante la subida, nos llevaron a una zona alta, era la casa de mi madrina Carmen Herrera; era de lámina, horcones de durmiente y cercada de tabiques pegados con barro”, recuerda Lidia Pérez, a siete décadas del hecho.
En la casa vivía Carmen con su esposo, pero dio alojamiento a Lidia, sus padres y otros cinco hermanos, así como a otra familia conformada por doña Flora, don Fernando y su hija Gloria.
Hace 70 años, estuvieron en el ojo del huracán
El aire fue subiendo de intensidad al grado de ladear parte de la casa, por lo que, al amainar las ráfagas, todos salieron pensando que lo peor había pasado, pero en realidad estaban en el ojo del huracán.
Como la vivienda ya había sido dañada por el viento y se esperaba la segunda parte del ciclón, optaron por quedarse al exterior. “Nos pusieron a todos los niños en el suelo, nos cubrieron con lonas y los hombres las agarraban para que no las arrancara el aire”.
Cuando fueron descubiertos, quedó ante sus ojos la devastación: “Todo estaba destruido, casas, árboles; el lugar donde estábamos era una isla rodeada de agua, el río estaba a tope y arrastraba desde gallinas, vacas, casas hasta cadáveres”.
Por días, consumieron alimentos con sabor y olor a petróleo
Todos intentaban que la vida volviera a la normalidad, pero no tenían nada. “A los pocos días pasaron helicópteros de Estados Unidos y arrojaban cajas con comida en lata, tazas y platos de plástico, pero mucha era acaparada por los que tenían lanchas y podían ir a recogerlas”.
Fueron casi seis meses que permanecieron en una casa ajena, como damnificados, sobreviviendo con lo que podían, con animales propios o algunos que arrastraba el río.
La escuela Amado Nervo fue un refugio; el agua subió más de cinco metros
Cerca de ahí aún se localiza la escuela Amado Nervo, que en aquel entonces funcionó como improvisado albergue y por varias semanas dejó de lado las actividades escolares para atender las humanitarias.
El agua subió entre cinco y seis metros en ejidos como El Sendero, Emiliano Zapata, La Mina y María Quinta de la Nieve, pertenecientes a Pueblo Viejo y ubicados en la margen del río Pánuco.
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“Las casas quedaron bajo el agua; a algunas solo se les veía la punta del techo de dos aguas. Ya cuando todo bajó fue peor: había mucha basura, lodo; todo lo que se había hecho por años se lo había llevado el ciclón y la inundación”, relató.
Sabino, el papá de Lidia, se dio a la tarea de reconstruir la casa para su familia. “Usó tablas de una casa que pasó casi entera por el río; la amarró y la llevó hasta la orilla, y de ahí tomó partes para rearmar la nuestra que se había destruido”.




























