Homero Peraza, vivió el Hilda en la zona rural de Altamira / Paulo Monsiváis
Mientras el huracán Hilda azotaba la zona ribereña de Tampico, Pueblo Viejo, Pánuco y Tampico Alto con devastadoras inundaciones, la congregación Miguel Hidalgo en Altamira, donde vivía Homero Peraza Guerra, experimentó vientos “sumamente fuertes, tempestuosos”, pero se libró de la inundación.
“Yo apenas tenía seis años entrados a 7, pero los recuerdos de esos momentos fueron muy impactantes, mi padre tuvo que amarrar la casa a los árboles de humo que rodeaban la vivienda y nosotros nos trasladamos a la escuela de la congregación, donde era director mi padre el profesor Prisciliano Peraza Chagoya, y mi madre, la profesora Genoveva Guerra Cabrera trabajaba”, señala.
Menciona que “en el medio rural de antaño, tres figuras eran clave: el sacerdote, el médico y el profesor, mi padre además de ser maestro rural, era agente municipal y una persona culta. Su conocimiento y liderazgo fueron cruciales en aquellos momentos que tuvo que organizar a la gente para evitar tragedias y desabasto de alimentos”.
Mediante una radio de onda corta y sus conocimientos cartográficos, el profesor Peraza Chagoya seguía lastrayectorias de los ciclones, prediciendo su impacto. “Era la fuente de información para la comunidad en estos casos, llevando un registro manual de la trayectoria del ciclón, que en aquellos años se les llamaba tifones”.
“La gente le preguntaba: -oiga profesor ¿dónde va a pegar el ciclón?-, muchas veces tocó que se desviaran o pegaran en la zona de Veracruz, pero en esa ocasión con tristeza les comunicó que se prepararan bien, amarraran sus animales y sus casas, porque iba a llegar muy fuerte y así fue”, recuerda el ingeniero Homero Peraza.
“La familia se fue a las instalaciones de la escuela y en la dirección nos quedamos varias familias. Fue una noche en vela, pues la fuerza del Hilda amenazaba con tirar la puerta. Mi padre y otros profesores que estaban ahí empezaron a colocar cosas para evitar que la puerta cediera e incluso el asta de la bandera sirvió para asegurar esta entrada”, relata.
La casa de la familia Peraza, una vivienda de madera que tenía un granero, se transformó en el centro de acopio para los damnificados. “A diferencia de hoy, donde las despensas son en paquete, en ese entonces todo se distribuía “a granel”: frijol, maíz, avena, azúcar, café”. La escuela, fundada por su padre y ubicada enfrente de su casa, sirvió como albergue.
Aunque no hubo inundaciones en la zona rural, muchas personas, especialmente la población flotante dedicada a la agricultura con viviendas “muy endebles”, se vieron afectadas. El centro de acopio y el albergue en la escuela atendieron a comunidades como Estación Colonia Tres Marías, Quinta Marta, Santa Juana y Agua de Castilla.
La gente acudía con sus propios costales, donde se les vaciaba la ración para tres días. Homero recuerda que “estuvieron unos dos meses” viviendo dignamente gracias a esta organización. La disciplina era tal que, a pesar de la adversidad, reinaba el orden.
El huracán Hilda no solo fue un evento meteorológico; fue un catalizador que reveló la fortaleza de una comunidad y el poder del liderazgo. La historia nos recuerda que, incluso en los momentos más oscuros, la solidaridad, la organización y la visión de futuro pueden transformar la adversidad en una oportunidad para construir un mañana mejor.