Un toque afrancesado que la distinguiría para siempre
Casa Almar; de residencia familiar a un legado por salvar
El inmueble empezó a mostrar signos de fatiga. El olvido y el deterioro se filtraron por sus paredes, y el tiempo dejó su huella imborrable en los acabados, como si la casa misma estuviera esperando una nueva oportunidad.
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Casa Almar fue primero residencia familiar / Paulo Monsiváis
En las calles de Tampico, donde el ritmo moderno se funde con ecos del pasado, existe un portal hacia otra época. No es un museo ni un monumento cerrado, sino un secreto viviente que entre muros guarda susurros de más de un siglo y medio. Esta es la historia de la Casa Almar, el discreto y elegante rincón de estilo francés que se niega a ser olvidado, un testimonio de piedra y madera del Tampico cosmopolita que una vez fue.
En el número 424 de la calle Tamaulipas, un edificio construido en 1857 rompe la armonía visual con su entorno. Su estilo arquitectónico francés inmediatamente capta la mirada del transeúnte desprevenido. No es solo una casa; es una declaración de principios de una era en la que Tampico era un imán para dreamers y empresarios de todo el mundo.
Familias de diversas latitudes llegaron a este puerto lleno de oportunidades y, con ellos, trajeron la nostalgia de sus hogares. Construyeron rincones que les recordaran a su tierra, y la Casa Almar es el último de ese legado francés que aún persiste. Sus inicios se remontan a la familia Betzfelder, pioneros que vieron el potencial de una ciudad joven en pleno crecimiento comercial y de servicios.
Tiene bellos diseños en sus habitaciones / Paulo Monsiváis
Ellos apostaron por Tampico y levantaron esta residencia como su hogar, imprimiéndole desde el primer momento un toque afrancesado que la distinguiría para siempre. La casa fue testigo de los primeros empujes de la ciudad que se convertiría en el gigante del sureste con la irrupción de la industria petrolera.
Con el paso de los años, la propiedad cambió de manos y llegó a las del señor Carlos Alvarado Mar, quien le dio un uso distinto: se convirtió en las oficinas de su empresa de copiadoras y papel. La amplitud de sus espacios, sin embargo, pronto llamó a convertirse de nuevo en un hogar. Así, la casa volvió a ser el nido de la familia Alvarado, llenándose de risas y vida durante varios años.
Don Carlos y su esposa, Arcelia, dedicaron esfuerzo y cariño a mantener en pie la belleza arquitectónica de su hogar. Lucharon contra el paso del tiempo para que su familia viviera rodeada de esa arquitectura única. Pero la edad y las enfermedades no perdonan, y poco a poco, la fuerza comenzó a menguar.
Cuenta con un restaurante que se llama Arcelia / Josué García
El olvido no sería el final de esta historia. El ímpetu de una nueva generación, los hijos de don Carlos, tomó la estafeta. Ante la magnitud de la casa y su invaluable valor, vieron una oportunidad no solo de rescatar un patrimonio familiar, sino de darle un propósito en el Tampico moderno y así nació nuevamente como centro de hospedaje por plataforma y restaurante.
Casa Almar se ubica en la calle Tamaulipas / Josué García
Con determinación, se embarcaron en un proyecto de restauración que tenía un corazón doble: honrar la memoria y modernizar la función. Rehabilitaron los muebles vintage de estilo francés que tanto había apreciado don Carlos, piezas que se convirtieron en el alma de las nuevas habitaciones. La arquitectura original, con sus amplios espacios de convivencia, se prestó para ser transformada para que cada rincón cuenta una historia.
Entrar a Casa Almar hoy es una experiencia sensorial. Traspasar su alta barda es dejar atrás el ruido de la ciudad y sumergirse en un mundo de una bella época. Un imponente árbol que abarca los tres pisos de la construcción da la bienvenida, conectando el suelo con el cielo en un abrazo natural.
Casa Almar se ubica a unas cuadras del centro de Tampico / Paulo Monsiváis
Sus habitaciones no son simples cuartos; son cápsulas del tiempo. Cada una te transporta a un pasado elegante, con muebles franceses restaurados que convierten el espacio en una suerte de pequeño museo íntimo. No es la frialdad de la modernidad lo que se encuentra aquí, sino la calidez de la madera tallada, los textiles ricos y la atmósfera serena de principios del siglo XX.
Es la elegancia del “Tampico viejo”, de ese que ya no volverá, pero que aquí se respira en cada esquina. En una era donde la hotelería se ha modernizado para cumplir con exigencias digitales y reservas por plataforma, Casa Almar encontró su nicho. No compite con las cadenas hoteleras; las complementa ofreciendo autenticidad.
Los viajeros de hoy, especialmente aquellos que buscan experiencias distintas, encuentran en este lugar un refugio con alma. Ofrece el servicio de hospedaje con la calidez característica de los tampiqueños, pero envuelto en una narrativa histórica que marca la diferencia. Además de contar con un restaurante con esencia regional.
La Casa Almar es más que un hotel o un restaurante temático. Es un acto de resistencia. Es la prueba de que la belleza del pasado puede dialogar con el presente cuando hay una voluntad férrea de preservarla. Es el susurro de las familias Betzfelder y Alvarado Mar que aún resuena en sus pasillos, un recordatorio de que las ciudades las construyen las personas, y su historia se conserva para crear una conexión con quienes las visita.