En los últimos años, Tijuana se ha visto crecer hacia arriba, crecimiento vertical le llaman. Es decir, la invasión torres que a lo lejos le dan una imagen de aparente progreso y modernidad. Pero no la realidad es terrible. Se ha creado riqueza, pero para unos cuantos, especialmente dueños y constructores de las torres.
En cambio, ha producido otra serie de situaciones de consecuencias negativas. Primero enumeraremos lo que tal vez podría tomarse como positivo: abrir la inversión local en la construcción y crear cientos, tal vez miles de empleos directos y muchos más, de trabajo indirecto. Una imagen de modernidad y seguridad que atraerá inversión extranjera. Nuevas y modernas instalaciones diversas (unidades habitacionales, comerciales y hoteleras).
En lo negativo podemos enumerar: construcción en lugares inadecuados, como por ejemplo el Centro de la ciudad donde la infraestructura urbana fue construida para una población de construcciones horizontales, cuando mucho de dos o tres pisos (infraestructura que ahora tiene que soportar una sobrecarga extraordinaria, que tarde o temprano y más temprano que tarde, habrá de colapsar, como ya ha sucedido y está sucediendo). Hay daños ya, en las instalaciones eléctricas, drenaje, teléfonos, tuberías de gas doméstico, banquetas, falta de movilidad y fluidez en el transporte público, privado, comercial y de seguridad como bomberos, Cruz Roja, mantenimientos diversos y un largo etcétera).
Además, dos fenómenos aparejados: corrupción en las autoridades de diversos niveles que permiten la construcción de los grandes edificios, donde no deben estar y que a veces ni siquiera se ocupan de obtener los permisos correspondientes.
Además también, quienes van a ocupar los caros edificios son siempre las grandes empresas, extranjeros que se ocupan de negocios locales, y todos tipo de personajes con el dinero suficiente para pagar niveles en los edificios por cantidades millonarias. Se provoca así, el encarecimiento de la propiedad raíz, de la construcción de casas para las clases económicamente débiles.
De la clase media para bajo, incluyendo a los muy pobres que invaden o se instalan en laderas cañones o simplemente en la calle, con cartones y maderas desechadas, para sobrevivir, pues los hay por millares creando nuevas “cartolandias” en todas partes de la ciudad.
Urge que las autoridades pongan lo que será un difícil remedio al caos inmobiliario que genera pobreza y desorden urbano para la mayoría y riqueza sospechosa para unos cuantos.
Envío: Si se respetara la Ley, habría equilibrio y riqueza.
(El autor es Cronista de la ciudad y catedrático del CUT)
Correo electrónico: marioortizvillacorta@gmail.com