Donald Trump tiene muchos carbones en la lumbre. Incluso demasiados.
El ritmo vertiginoso y múltiple en el que busca completar varios objetivos, está comenzando a pegarle a las dos únicas cosas por las que necesita preocuparse: la Bolsa de Valores y su popularidad.
Curiosamente, a Trump se le está olvidando lo mismo que a Bush padre y a Biden: es la economía, estúpido.
A Trump lo eligieron, más que nada, para bajar la inflación. Y de eso está logrando poco, por no decir que nada, concentrado en tres objetivos distintos, todos políticos:
¿Se imaginan, por ejemplo, el impacto de unos videos de López Obrador haciendo tratos con enviados del narco?
La opinión pública y la oposición estadounidense se verían mal criticando los aranceles a China, pero Trump se pone de ‘pechito’ a esas críticas con México y Canadá, con quienes hay firmado un tratado comercial.
Y es un balazo en el pie, por no decir que en los dos: bolsa y pueblo.
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Trump parece muy abocado a retardar su conversión en un ‘pato cojo’ el mayor tiempo posible. Al mismo tiempo, sabedor de que ya no tendrá reelección alguna por delante, esa idea parece haber detonado una prisa infinita por cumplir todos sus objetivos lo más rápido posible.
Es verdad que una estrategia habitual de un presidente es apurarse con todo aquello que reducirá su capital político, para llevarlo a cabo en el inicio de su mandato, cuando aún tiene mucho, con la esperanza de que, aunque perderá popularidad en ese camino, los resultados de las medidas tomadas le ayudarán a recuperarla hacia el final del mandato. Esto no siempre funciona. Poniendo un ejemplo casero, ahí está lo que pasó con Peña Nieto: llevó a cabo sus metas, pero sus medidas no funcionaron y terminó en una caída en espiral.
Otro caso es el de Vicente Fox: no pudo concretar sus objetivos, pero estuvo perdiendo aceite mientras los intentaba -por ejemplo, el IVA en alimentos y medicinas-. Como su plan quedó a medio gas, tuvo magros resultados, mientras gobernaba en un escenario híbrido que era la mitad lo que él quería y la mitad lo que quería la oposición priista. Jamás recuperó la popularidad del inicio y su partido apenas si fue refrendado por los pelos
1.- Acabar con el poder político y económico del wokismo mundial: a eso obedecen la mayor parte de sus medidas. Más allá de frenar la crisis del fentanilo, impactar a los cárteles es un mensaje claro hacia quienes, a la luz de los hechos, tienen las dos manos metidas en el Partido Demócrata y en todo el “progresismo” mundial. La mayor prueba es que, donde hay gobiernos “progresistas”, el crimen y las ganancias de este se elevan galopantemente, y que el Partido Demócrata, echando su propia historia por los aires, se puso a impulsar gobiernos de ese corte como los de Petro, Xiomara Castro o aquel del impresentable Pedro Castillo. Así que esa alianza está clara. Y la fumigación de la USAID está dedicada al narco de cuello blanco, que busca legalizar las drogas y darle amnistía a los narcos, frenando el financiamiento de su agenda con el dinero de los contribuyentes estadounidenses. Trump también sabe que el wokismo estadounidense se nutrió del dinero de las universidades, he ahí porque está cortando el dinero a los académicos de esa ideología.
2.- Acabar con la burocracia woke: en ese rubro está abocado Elon Musk, con su Departamento de Eficiencia Gubernamental -DOGE, por sus siglas en inglés-. Ya se sabía que iba a enfrentar grandes resistencias, porque un 90% de la burocracia es afín al Partido Demócrata. Trump entiende que su primer gobierno cayó porque tenía al enemigo en casa. En los puntos 1 y 2, Trump ha visto que, con el propio dinero de su primer gobierno, alimentó a sus enemigos.
3.- Ajustar cuentas internacionales: Trump sabe que uno de los grandes enemigos de él y del Partido Republicano, es la dictadura china. Más allá de su papel en la crisis del Covid-19, Xi Jinping y sus huestes financiaron a Black Lives Matter -con todo y la vida de lujos de sus dirigentes-. Esa lucha va a ser difícil, pero no hay otro camino que enfrentarla. Lo otro es aceptar que una dictadura enloquecida de poder y sin respeto por la democracia, se adueñe del mundo. Y el otro objetivo importante en esta línea es echar a Volodomir Zelenski y meterle presión a una Europa muy wokiana, donde hay sujetos verdaderamente impresentables, como el mandatario español Pedro Sánchez, aliado de gente como Nicolás Maduro. El ajuste de cuentas con Zelenski es, como ya se sabe, por haber hecho campaña para el Partido Demócrata en la elección presidencial. En el asunto europeo también tiene que ver Musk. Lo que se entiende es que Trump pretende un juego de ‘policía bueno, policía malo’. Por ejemplo, se vislumbra que en Alemania o Reino Unido, Musk -y en algunos casos el vicepresidente J.D. Vance- juega este papel de ‘malo’, apoyando a la AfD y a Nigel Farage, respectivamente, a fin de presionar a Merz y Starmer, y que acepten lo que Trump les proponga. Esto no es diferente de lo que siempre ha hecho Estados Unidos: jugar a dos bandas, para meter presión a los gobiernos ‘rebeldes’. Solo que un personaje como Musk jala todos los reflectores.
Pero, reiteramos, aquí el problema es que, en la búsqueda de esos objetivos, Trump ha descuidado los dos que no puede, ni debe descuidar: la simpatía de la Bolsa de Valores y del estadounidense de a pie. Unos quieren ganancias en el mercado, otros que baje la inflación y tener una mejor vida.
Y la forma en que Trump está buscando esos objetivos, está afectando esas dos cosas. Y si pierde el favor de los de arriba y los de abajo, esto va a acabar muy mal y, aunque logre esos objetivos, el Partido Demócrata va a volver feliz y por todo lo alto en 2028. Es decir, el objetivo más importante también se está poniendo en riesgo
Analicemos, por ejemplo, el tema del narco de cinturón piteado. Trump busca frenar el fentanilo y acabar con los cárteles, pero su estrategia es monocorde: usar aranceles. Eso impacta a la bolsa -que bajó el martes cuando anunció los aranceles contra México, Canadá y China-. Y eso va a elevar la inflación, lo cual es justo lo que buscaban evitar quienes le votaron en las capas populares.
Uno entiende que Trump y los suyos aún no pueden controlar del todo la CIA, que fue territorio de los Bush por demasiados años. Por lo tanto, no pueden usarla como herramienta de presión contra México y Canadá. Pero, supuestamente, para eso estaba Musk, con toda su tecnología, con sus satélites, con su poder económico. Si a estas alturas del partido, Musk es incapaz de tener documentos o material que comprometa a Sheinbaum y Trudeau, o a funcionarios de su gobierno, mostrando cómo el narco los controla, entonces, amigas y amigos, Elon no sirve para mucho.
Claro que Sheinbaum ha querido ‘tontear’ a Trump y su gobierno. Se pudo haber quedado con 28 de los 29 narcos que envió, simplemente haber entregado a Caro Quintero, los hijos del ‘Mayo’ y ‘El Chapo’, así como a Manuel Bartlett, y yo les aseguro que no habría sido impuesto ni medio arancel. Eso es lo que Estados Unidos quiere: a los culpables de la crisis del fentanilo y a los responsables del crimen de Enrique Camarena. A todos.
Sin embargo, los aranceles contra México y Canadá no pueden ser impuestos por largo tiempo, dado que el propio Trump saldrá afectado. Eso lo saben Sheinbaum y Trudeau. No son Zelenski, que fue un valentón tonto al irse pelear al Despacho Oval, sabiendo que necesita a Trump. Por eso, con México y Canadá, el gobierno estadounidense tendría que tener un arsenal no arancelario, donde Elon tuviera las llaves del caos político en esos países -ahí si, no como en las tonterías del ‘Mayo’-.
En ambos casos, las consecuencias son previsibles: el mercado, que tomó tan bien esta segunda presidencia de Trump, podría decepcionarse y hasta pensar que fue un error su apoyo, volteando bandera no solamente al mandatario, sino al propio Partido Republicano; y la gente de a pie podría percibir un ‘Biden republicano’, un presidente alejado de sus necesidades y problemas, enfocado en ‘su’ agenda y no en la agenda de la mayoría de las personas
Trump debería recordar que su situación no es la de Ronald Reagan en 1984, sino la de José María Aznar en 1996. Aznar llegó a desmantelar el estado dizque socialista que había instaurado Felipe González. Estaba en la burocracia, en los medios, en las universidades. Lo rodeaba. Aznar obtuvo un triunfo sin mayoría absoluta, necesitaba de una precaria mayoría para gobernar, y el felipismo era una bestia herida que buscaría retomar el poder cuanto antes. Para colmo, el ‘timing’ geopolítico no le daba: España llegaba tarde a los ochentas. Reagan y Bush ya no estaban, y a los meses de que José María tomó posesión, cayó John Major en Reino Unido, el sucesor de Thatcher. Es decir, Aznar tuvo que navegar, en esos primeros cuatro años, con un entorno mundial que iba en sentido contrario.
Claro que Aznar sabía que debía luchar, y luchó, contra la ETA, terminando su historia de terror, como hoy Trump pretende terminar la de los cárteles. Eso costó situaciones terribles, como el asesinato de Miguel Ángel Blanco, en 1997. Pero Aznar pudo meterse en la boca del lobo porque nunca descuidó la razón por la cual habían votado por él: mejorar la economía y, sobre todo, reducir el desempleo, el ‘paro’, como lo llaman en España. Bueno, pues Aznar sacó a su país de la crisis económica, la puso a la cabeza del desarrollo de la UE, saneó las cuentas públicas, pactó con los sindicatos -esa es otra cosa que le falta a Trump: la desmovilización con ‘zanahorias’- y redujo el desempleo, el ‘paro’, en ocho puntos. Los resultados no pudieron ser mejores: Aznar demolió a la ETA y ganó su reelección, en 2000, con mayoría absoluta, para gobernar sin depender de nadie, mientras el PSOE obtenía su peor resultado en 34 años de democracia. En su segundo gobierno, Aznar, malamente, se engolosinó y echó por la borda todo, pero su camino de 1996 a 2000 es la hoja de ruta que necesita Trump, empezando por reconocer su situación y límites.
De entender eso depende no solamente el éxito de Trump, sino que este mundo viva en libertad y no en una nueva versión de la Revolución Cultural de Mao, donde el disenso y la crítica terminen en la cárcel, como de hecho siguen terminando en China. Y terminar con ese reinado del narcotráfico, que fue encumbrado los 16 años anteriores, a nivel mundial, por gobiernos afines. Eso es lo que está en juego
SALDAÑA: La actriz Zoé Saldaña es una cínica ¿Con qué cara entonó un discurso “en favor de los migrantes” al recibir el Óscar, cuando recibió ese premio ¡por hacer una película que idolatra al narco!? Y cuando ese narco secuestra a muchas y muchos migrantes, pidiendo rescate a sus familias. Y cuando viola a las migrantes que no pueden pagar ese rescate