Tres cosas quedaron claras tras la muy tensa reunión del presidente estadounidense, Donald Trump, su vicepresidente, J.D. Vance, y el mandatario ucraniano Volodimir Zelenski.
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La primera es que Trump ya no es el de 2017. En esos cuatro años de penar por el desierto durante la administración Biden, el republicano se hizo más combativo, astuto y directo. El viejo Trump, ya en el poder, buscó afanosamente el aval del republicanismo ortodoxo, el proveniente del bushismo, que jamás lo aceptó en su club y, por el contrario, se le fue a la yugular tanto como pudo. El nuevo Trump, fortalecido con dos potentes brazos, Elon Musk y el propio Vance -cuyo papel en esta obra se empieza a ver-, demuestra que es un tigre que se repuso de sus heridas y no está dispuesto a olvidar a quiénes se las hicieron. Por el contrario, viene a hacerles pagar -ese es el leitmotiv que ha tenido en estas semanas como mandatario-. Es decir, ya no se va a dejar de nada, ni de nadie. No tendría por qué hacerlo. Ese fue el problema de los demócratas del bidenismo: pudieron buscar la reconciliación, pudieron volver a la moderación que tuvo Bill Clinton, pudieron concentrarse en lo técnico y mandar a la basura toda la ideología, pero optaron por una polarización y un enfrentamiento peor, incluso mucho peor, al de Obama. Bueno, este es el precio.
La segunda es que Zelenski, seguramente instruido por asesores de la izquierda caviar y por sus patrocinadores, quiso hacer un show en TV, en la TV estadounidense particularmente, donde Trump quedara como el malo. No quería, ni quiere la paz en Ucrania, como Hamas no quería, ni quiere la paz en Palestina. La guerra es lo que le permite seguir adelante a Zelenski y, sobre todo, a sus patrocinadores. La actitud de Zelenski no es la de un presidente que va buscando un acuerdo. Es más, no es la de nadie que vaya buscando un acuerdo, y menos en una posición de debilidad, donde hasta el más tonto sabe que hay que aplicar la máxima que dice “de lo perdido, lo hallado”. Tampoco es la de un patriota. Ir provisto de fotos de escenas de guerra a ese encuentro, para mostrarlas en TV, exhibe que Zelenski quería un show, no un acuerdo, ni mucho menos la paz. Pero Zelenski le quiso enseñar a hacer chiles a Clemente Jacques: si hay un rey de la TV, y especialmente del show televisivo y de la telerrealidad, ese es Trump. Es decir, se metió en un juego que Trump -y ahora sabemos que Vance también- juega mejor que nadie. Zelenski acabó como un imprudente pendenciero y, seguramente, Starmer y Macron, en su debilidad -y pronto Merz en la suya-, van a pensar dos veces si ese es ‘su’ hombre, más allá de que en público le sigan dando palmaditas. No digo que se vayan a ir del lado de Putin. Es más, ni pueden, ni deben. Pero podemos apostar que van a darle una buena pensada al punto de si ese es el líder que necesitan en Ucrania para defender los intereses europeos ante el dictador ruso.
La tercera es que, visto lo visto con Zelenski, algo debe tener Claudia Sheinbaum que es capaz de pasar de puntitas frente a Trump y Vance con mínimas consecuencias. El jueves envió a 29 narcocharales a Estados Unidos y más o menos está conteniendo las medidas del nuevo mandatario. Incluso, Trump ha estado hablando bien de ella en últimas fechas. Los 29 narcos que envió son auténticos cartuchos quemados. Tuvo el tino, eso sí, de poner en el combo a Caro Quintero, cuyo valor simbólico, por haber participado en el asesinato de Enrique Camarena, es enorme. Puede usted apostar que Caro Quintero será condenado a la pena de muerte, cosa más que justa y que deberíamos celebrar. Sin embargo, quitando ese caso más simbólico que tangible, Claudia envió puro narco sin ningún valor para el escenario actual. No están los autores de la tragedia del fentanilo en las calles estadounidenses. No están los verdaderos peces gordos. Puro charal. Y aún así, Trump no ha emprendido contra Claudia ni la mitad de lo que emprendió contra Petro en cinco minutos ¿Cuál es la verdadera arma de negociación de Claudia?
Volviendo a lo de Zelenski, decíamos que lo de Trump y Vance refleja que vienen a saldar cuentas. Una sola frase revela que, más que simpatía o alineamiento con Putin, lo que mueve al gobierno republicano es una profunda aversión hacia Volodimir, aversión que tiene una causa más que lógica y motivada: Zelenski visitó una fábrica de armas en Pensilvania, en septiembre de 2024, junto a Biden, en plena campaña electoral. En Pensilvania, un estado clave. “Te fuiste a Pensilvania a hacer campaña para la oposición”, le reclamó Vance a Zelenski durante la reunión. Los clarísimos nexos de Zelenski con el Partido Demócrata y, en especial, con los Biden, lo hacen un interlocutor inviable con el nuevo gobierno estadounidense. Zelenski representa a toda esa mafia de oligarcas ucranianos que estaban más que encamados con Hunter Biden. A Volodimir le pasó lo que a los políticos mexicanos del priato, cuando le apostaban a un ‘tapado’ equivocado: el ‘tapado’ correcto nunca olvidaba la afrenta y, al llegar al poder, le hacía pagar. Por eso se está convirtiendo en el Díaz Serrano de Europa y va que vuela a ser la versión primermundista de ‘La Quina’. Así es la política. Zelenski apostó a Biden, luego por ende a Harris, y perdió en la ruleta. En este momento, no tiene credibilidad, ni autoridad moral, para ponerse al tú por tú con Trump, Vance, Musk o nadie de este gobierno.
La verdad a veces es cruda. Y la verdad es que, nos guste o no, Ucrania no tiene forma de ganar esa guerra. Los izquierdistas caviar que piden seguir la guerra “hasta las últimas consecuencias”, haciendo gala de su pacifismo selectivo -que enarbolan en Gaza, pero olvidan en Kiev y Caracas-, solamente quieren ver si, a costillas de las vidas de más y más civiles, un buen día Putin amanece muerto o derrocado, lo cual tampoco garantiza que esa guerra se acabara o que Rusia no pudiera seguir siendo Rusia con, digamos, Medvédev. Y el costo humano es altísimo, aunque a ellos, por supuesto, no les importa.
Y lo que Zelenski pide es de locos: que le regalen los casi 200 mil millones de dólares que Estados Unidos le dio en asistencia militar y, además, le sigan dando más y más, lo metan a la OTAN y Estados Unidos la haga de su policía, a cambio de una parte de los recursos naturales ucranios. Me recuerda a esa anécdota que contaba el finado Jesús Silva Herzog, cuando, en su papel de secretario de Hacienda de las postrimerías lopezportillistas, lo mandaron junto a José Ángel Gurría a Nueva York, a pedir dinero para pagar los préstamos que México ya no podía sustentar: “(Le dijimos) a la comunidad financiera internacional “se me acabaron las fichas, no tengo dinero (...), pero no solo eso, sino que necesito que me presten más dinero para poderles pagar a ustedes...”
Lo más racional que podría hacer Zelenski es dimitir y dar paso a otro que tenga la talla moral y la credibilidad para ser interlocutor con Estados Unidos, defender a su país de Rusia, hacer un acuerdo que no implique perder todo, y sacar la cara por Europa. Cada hora que Zelenski sigue ahí, únicamente se agrava el daño que provoca su presencia
NARCOMEDIOS: La extradición de 29 narcos mexicanos a Estados Unidos fue una piedra de toque para dejar claro qué medios y “periodistas” están con el narco ¿O por qué cree usted que cuestionaron a Omar García Harfuch sobre dicha medida? Si tendríamos que aplaudirla y celebrarla unánimemente. Lo que le pase a esos podridos, lo tienen bien merecido. Muchísimo daño han causado. Siendo así, entonces, ¿por qué cuestionaron a Harfuch? Pues porque están con el narco, de cuello blanco o de cinturón piteado, pero están. No se confunda: esos medios están alineados con el crimen, no con el país. El que se opone a cualquier medida contra el narco, es su cómplice, socio o empleado