Celebraciones religiosas y actividades turísticas transcurren sin incidentes, con despliegue coordinado de corporaciones de los tres niveles de gobierno
Ubicado en San Luis Apizaquito, “El Ojito” reúne tres zonas: el nacimiento del agua, el canal que hoy funciona como balneario y la represa, donde también llegan familias para pasar el día
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La historia nacional mexicana a menudo parece una instalación de museo de baja calidad, donde los hechos y sus protagonistas son presentados como figuras inertes, sin agencia. El resultado es un diorama polvoriento en el que los personajes históricos quedan reducidos a maniquíes, congelados en un solo gesto e incapaces de expresar la complejidad de sus decisiones y contextos.
En el centro de esta representación simplista y fallida se encuentra el narratema de la "traición tlaxcalteca", un dispositivo discursivo que, si bien eficaz, resulta profundamente engañoso. Su diseño busca generar una melancolía colectiva en torno a la caída de Tenochtitlan, imponiendo una visión hegemónica y sentimental del pasado.
Lo que el relato oficial omite es que el orden mesoamericano del siglo XVI no era un Estado-nación moderno, sino un campo de tensiones en constante disputa. La Triple Alianza funcionaba como un centro imperial que ejercía una violencia extractiva sobre una constelación de señoríos periféricos. En este mapa, Tlaxcala no era una provincia desleal, sino un Estado-otro, un enclave soberano cuya existencia misma constituía un acto de resistencia, una anomalía política frente al expansionismo mexica. Su estado de guerra permanente era la condición de su autonomía.
La llegada de Hernán Cortés debe leerse no como el inicio de la Conquista, sino como la irrupción de un agente desestabilizador que alteró radicalmente el equilibrio de poder. La decisión tlaxcalteca de pactar con los recién llegados no fue una capitulación, sino una compleja y brillante operación geopolítica. Fue el cálculo estratégico de una élite gobernante que vio la oportunidad de desmantelar la maquinaria imperial que amenazaba con devorarlos. En suma, fue un acto de agencia radical, no de sometimiento.
La evidencia más potente de esta autorrepresentación como agente histórico, y no como cómplice, es el Lienzo de Tlaxcala. Este códice es mucho más que una fuente: es una tecnología visual, una plataforma propagandística y una prueba performativa. Como ha señalado agudamente Federico Navarrete, el Lienzo no articula una "visión de los vencidos", sino que despliega el régimen visual de la victoria. En su sintaxis gráfica, los señores y guerreros tlaxcaltecas no son extras, sino coprotagonistas de la empresa bélica; cuerpos políticos que negocian, combaten y reclaman su cuota de poder en la reconfiguración del territorio. El Lienzo es el alegato de una sociedad que se entiende a sí misma como conquistadora y socia fundadora del nuevo orden.
El mito de la "traición", por tanto, es un aparato ideológico posrevolucionario que necesitaba fabricar una unidad primordial, rota por una falla interna, para construir su propio relato de origen. Este mito anula la complejidad política del siglo XVI para instalar un drama sentimental y teleológico.
A más de 500 años de distancia, necesitamos un relato histórico que no tema mostrar las fracturas, las alianzas contingentes y las múltiples agencias en juego. Solo así podremos desactivar el dispositivo de la traición y empezar a comprender la formación del México virreinal, no como una tragedia de rendición, sino como el brutal y polifónico resultado de una guerra mesoamericana en la que Tlaxcala ejecutó su propio proyecto político hasta las últimas consecuencias.