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El multilateralismo y el orden internacional ha mostrados sus falencias. El mundo ha sostenido diferentes transiciones del acomodo del poder global; quizás la etapa más llamativa fue el de la bipolaridad –en buena medida por razones ideológicas, políticas y económicas–. Después la transición hacia la multipolaridad actual, marcada por el ascenso de China y Rusia. La mayor parte de estas transiciones son resultado de que las potencias económicas del mundo han tendido históricamente a la aspiración generalizada por tener influencia sobre otros países.
Esta tendencia inaugura procesos prolongados de disputas y tensiones en las relaciones internacional. Aunque, el orden internacional –el Derecho internacional, las organizaciones multilateral y las organizaciones supranacionales– prometieron cierta estabilidad, el realismo triunfó. El escenario actual refleja el declive de la hegemonía unipolar estadounidense postguerra Fría, en buena medida por el auge económico de la República Popular China y la erosión de la influencia estadounidense en regiones como Oriente Medio. El surgimiento de otros polos de poder tuvo como efecto inmediato a la contracción de la esfera de influencia global de EUA.
En este contexto, el activismo actual estadounidense parece ser un intento desesperado por restaurar la preeminencia estadounidense. Sin embargo, el mundo cambió y la distribución del poder de facto rebasó los acuerdos previos tácitos e explícitos que reconocían –incluso inadvertidamente– a EUA como líder global. La posición de EUA –incluso con posibilidad de ser calificada de hiperrealista– avanza a partir de una concepción del mundo en buena inspirada por la idea de control de esferas de influencia; recurre a reinterpretaciones de doctrinas históricas como la Monroe, ahora adaptada en la llamada “Doctrina Donroe“.
La Doctrina Monroe (1823) estableció el principio de no interferencia europea en el hemisferio occidental, declarando que cualquier intento de intervención sería visto como un acto hostil contra Estados Unidos. Dicha doctrina favoreció la expansión de la influencia estadounidense. Durante la Guerra Fría, se invocó para justificar intervenciones en América Latina, incluyendo el derrocamiento de gobiernos en Guatemala (1954) y Chile (1973), con el fin de contrarrestar la influencia soviética.
Desde la perspectiva del realismo estructural, autores clásicos de las Relaciona Internacional como el caso de Kenneth Waltz, la doctrina (Monroe) respondía a la anarquía del sistema internacional, donde las grandes potencias buscan equilibrar el poder para garantizar su supervivencia. Waltz argumenta en Theory of International Politics que los Estados priorizan la seguridad mediante el balance de poder, lo que explica actividad estadounidense como un mecanismo para monopolizar la influencia en la región a la que pertenece.
En contraste, la Doctrina Donroe, acuñada por el presidente Donald Trump, representa una reinterpretación expansiva de la Monroe. Esta amplía el alcance de la Monroe sobre preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental contra influencias externas como China y Rusia, pero también incorpora elementos coercitivos. A diferencia de la Monroe original, que era defensiva y advertía contra potencias europeas, la Donroe es ofensiva, justificando intervenciones proactivas para contrarrestar el declive económico,
Otro autor clásico, John Mearsheimer, en The Tragedy of Great Power Politics ofrece un marco para entender esta evolución: el realismo ofensivo postula que las grandes potencias, como Estados Unidos, buscan la hegemonía regional como paso hacia la global. La Donroe encarna esta “tragedia”, donde la búsqueda desesperada de dominio genera conflictos inevitables.
Comparativamente, mientras tanto la Monroe como la Donroe tienen un déficit en la comprensión del mundo. Refleja un “America First” transaccional, abandonando compromisos multilaterales en favor de alineamientos basados en intereses nacionales inmediatos. E.H. Carr, en The Twenty Years’ Crisis criticaría esta aproximación como un rechazo al utopismo liberal, enfatizando que la política internacional se reduce a poder.
Carr argumenta que las doctrinas como la Monroe (y por extensión la Donroe) disfrazan intereses egoístas bajo retórica moral, pero en 2026 la Donroe expone crudamente esta realidad, priorizando la coerción sobre la cooperación, como en la retirada de fondos a la ONU. Waltz complementaría esto al notar que, en un sistema bipolar o multipolar, tales doctrinas provocan contrabalanceo: el ascenso chino, con visitas recíprocas planeadas entre Trump y Xi en 2026, podría intensificar la competencia por la supremacía.
La adopción de la Doctrina Donroe ilustra el intento desesperado de Estados Unidos por recuperar su hegemonía global en un mundo turbulento. Al expandir la Monroe hacia intervenciones ofensivas, Washington responde a su declive relativo, alineándose con las predicciones realistas de Mearsheimer, Carr y Waltz: el poder, no las normas, define las relaciones internacionales. Sin embargo, esta estrategia arriesga una mayor inestabilidad, ya que potencias rivales podrían buscar su propia hegemonía regional, perpetuando la tragedia del sistema anárquico. Esto es en estricto: la acelerada recomposición del mundo y la disputa desesperada por el liderazgo global.