En México, cada espiga de maíz es mucho más que un alimento: es un símbolo de vida, de resistencia y de identidad nacional. Celebrar el Día Nacional del Maíz no es un simple ritual cultural, es un acto de conciencia histórica y política. Es reconocer que, en cada grano, late el corazón de nuestra civilización y la semilla de nuestro futuro.
Como diputado local por Tlaxcala y orgulloso hijo del campo mexicano, afirmo con convicción que la defensa del maíz criollo y de nuestras semillas nativas no es solo una causa agrícola, sino un deber patriótico, democrático y social. El maíz es el sustento de más de 60 millones de mexicanas y mexicanos que lo consumen a diario en diversas formas, y es también la base de la economía campesina que sostiene la vida rural.
El maíz nació en estas tierras y fue domesticado por las comunidades originarias que vieron en esta planta un vínculo sagrado con la tierra. No hay nación en el mundo que pueda presumir un cultivo tan estrechamente ligado a su identidad cultural. Tlaxcala, con su historia rebelde y constructora, ha sido también tierra fértil para el maíz. Desde las ceremonias prehispánicas hasta las mesas de nuestras familias, el maíz ha estado presente como símbolo de abundancia y de comunidad. Como bien lo señaló el cronista Miguel León-Portilla, “México es, antes que nada, hijo del maíz”. Y en Tlaxcala lo sabemos bien: en cada tortilla, en cada tamal, en cada atole, se guarda un pedazo de nuestra memoria colectiva.
El maíz criollo de Tlaxcala no solo tiene valor alimentario, sino también genético: es parte de la riqueza biocultural de México reconocida por la FAO como patrimonio de la humanidad. Estos datos nos recuerdan que la soberanía alimentaria no es un discurso, es una urgencia. Defender al maíz es defender la capacidad de nuestro pueblo para decidir qué sembrar, qué comer y cómo vivir.
La Cuarta Transformación, encabezada por la presidenta Claudia Sheinbaum, entiende que el maíz es un eje estratégico para la justicia social y la democracia económica. No se puede hablar de transformación nacional sin fortalecer al campo. Por otra parte, no podemos ignorar las amenazas que enfrenta nuestro maíz. La expansión de transgénicos, la presión de las importaciones y el cambio climático ponen en riesgo no solo la producción, sino también la diversidad genética que nos distingue.
Desde el Congreso local hemos presentado iniciativas para proteger las semillas nativas y promover Fondos de Semillas que aseguren su preservación. Porque defender el maíz es defender la soberanía y la cultura.
El maíz es el alimento más democrático que existe. Une a ricos y pobres, a campesinos y citadinos, a jóvenes y adultos. Nadie en México está lejos de una tortilla, de un tamal o de un elote asado. Esa universalidad hace del maíz un puente de identidad colectiva. En Tlaxcala, las ferias del maíz, las fiestas patronales y las cocinas tradicionales son testimonio de esa unidad. Cada tamal compartido en comunidad es un acto de solidaridad; cada tortilla hecha a mano es una muestra de resistencia cultural frente a la homogeneización global.
La Dra. Claudia Sheinbaum Pardo presidenta de México, lo ha señalado con claridad en su proyecto de nación: la soberanía alimentaria es uno de los grandes objetivos de su gobierno. Esto implica que México debe producir lo que consume, garantizar precios justos al productor y apoyar la transición hacia prácticas agroecológicas que protejan la tierra y el agua.
En este esfuerzo, Tlaxcala tiene un papel crucial. Nuestro estado, con su vocación agrícola y su riqueza cultural, puede convertirse en modelo de producción sustentable de maíz criollo. Con apoyo a los campesinos, con investigación científica y con políticas públicas comprometidas, podemos asegurar que las futuras generaciones sigan sembrando y cosechando dignidad.
El Día Nacional del Maíz no es una fecha más en el calendario. Es un llamado a reconocer la raíz profunda de nuestra identidad y a comprometernos con la defensa de nuestra soberanía. El maíz no es solo alimento, es cultura, es economía, es política y es democracia. Desde Tlaxcala levantamos la voz para decir que el maíz criollo y nuestras semillas nativas son patrimonio de la nación y que su defensa es un deber colectivo. En cada grano de maíz hay una lección de humildad y grandeza: somos lo que sembramos, somos lo que cosechamos, somos lo que compartimos.
Defender el maíz es defender a México. Y en esa causa, no hay fisuras: estamos unidos, como espigas en un mismo campo, como tortillas en una misma mesa, como pueblo en una misma nación.
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