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Análisismiércoles, 10 de diciembre de 2025

Resiliencia / La corrupción: un mal que se cura con instituciones, conciencia y valentía

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Pero también es cierto que no basta con indignarnos: se necesitan instituciones fuertes, servidores públicos íntegros y una ciudadanía que no se resigne.

Hablar de corrupción implica hablar de quienes tienen en sus manos el poder público. Si ese poder no se regula, se abusa; si no se vigila, se descompone; si no se sanciona, se reproduce.

Por eso la función pública debe sostenerse sobre cinco pilares:

1. Legalidad y rendición de cuentas.

2. Integridad y probidad.

3. Profesionalismo y mérito.

4. Transparencia activa.

5. Respeto absoluto a los derechos humanos.

Estas son algunas rutas:

A. Instituciones autónomas y fiscalización real. Los órganos de control deben poder investigar a cualquier persona, sin importar su puesto o partido.

B. Simplificación de trámites. Donde hay burocracia excesiva, hay discrecionalidad; donde hay discrecionalidad, hay oportunidad de soborno. La digitalización y automatización reducen la posibilidad de “arreglos”.

C. Protección a denunciantes y periodistas. Quien denuncia corrupción arriesga su empleo, su seguridad e incluso su vida.

D. Educación cívica desde la escuela. La corrupción no solo vive en los altos cargos. También se normaliza cuando “todos lo hacen”.

  • Es necesario enseñar valores de integridad, respeto a la ley y responsabilidad colectiva desde la infancia. Un país honesto se construye desde las aulas, no solo desde los despachos.

E. Participación ciudadana. La vigilancia social es un antídoto poderoso. Organizaciones, vecinos, colectivos, observatorios y medios deben exigir:

F. Tecnología y datos abiertos. Las plataformas digitales permiten rastrear contratos, monitorear compras públicas y comparar precios.

  • La corrupción crece en la oscuridad; la tecnología enciende la luz.

Si bien, la corrupción no es cultural, es estructural… y se puede vencer. Decir que “así somos” es rendirse. México —y cualquier país— ha demostrado que cuando se crean instituciones fuertes, se sanciona a los corruptos y se involucra a la sociedad, los cambios son posibles.

La corrupción no es un destino; es un sistema que se puede desmontar.

Pero requiere valentía para denunciar, voluntad política para sancionar y honestidad para gobernar.

Cada acto de integridad, por pequeño que parezca, suma. Cada funcionario honesto importa. Cada ciudadano que se niega a ser parte de la cadena rompe un eslabón.

El Día Mundial contra la Corrupción no es un recordatorio de nuestra sombra, sino una invitación a construir instituciones capaces de resistirla, y una sociedad que no tolere vivir bajo su peso.

Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresión

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