Cada 4 de junio, el mundo conmemora el Día Internacional de los Niños Víctimas Inocentes de Agresión, una fecha que, lejos de celebrarse, nos obliga a mirar de frente una de las realidades más dolorosas de nuestro tiempo: la violencia que arrebata la inocencia, la seguridad e, incluso, la vida a millones de niños y niñas en el mundo.
Este día fue instaurado por la ONU en 1982, inicialmente para visibilizar a las víctimas infantiles del conflicto armado en Palestina y el Líbano. Pero, desde entonces, su sentido se ha ampliado: hoy incluye a todos los niños y niñas que sufren violencia física, psicológica, sexual o emocional, ya sea en contextos de guerra, violencia doméstica, crimen organizado o sistemas que fallan en su deber de protegerlos.
Hablar de esto no es fácil, pero es urgente. En México, por ejemplo, la niñez enfrenta múltiples formas de agresión: desde el reclutamiento forzado por el crimen organizado en zonas vulnerables, hasta la explotación laboral, el abandono institucional o el maltrato en el hogar. La infancia, en muchos casos, se convierte en un campo de batalla que no eligieron.
Y mientras tanto, la sociedad a menudo guarda silencio. Nos hemos acostumbrado a ver estas historias como parte del paisaje noticioso, perdiendo la capacidad de asombro y, lo que es peor, la voluntad de actuar. ¿Cuántas veces una denuncia por maltrato se ignora? ¿Cuántas veces un niño víctima es revictimizado por el sistema?
Este día no debe quedarse en una efeméride más. Es una oportunidad para exigir políticas públicas que pongan en el centro la protección integral de la infancia, para reforzar la vigilancia comunitaria, para apoyar a madres, padres y cuidadores con herramientas reales, y para formar a niñas y niños con derechos y con voz.
También es momento de asumir que el silencio es cómplice. La agresión que no se nombra, se normaliza. Y un niño herido hoy es un adulto marcado mañana.
El futuro de cualquier país se refleja en cómo cuida a sus más pequeños. Y si realmente aspiramos a una sociedad más justa, debemos empezar por garantizar que ningún niño tema dormir en su cama, ir a la escuela o caminar por su calle.
El reto es inmenso, pero la causa es irrenunciable: la infancia no se negocia. Se protege. Siempre.