¿Qué si Anora romantiza el trabajo sexual? No, porque mostrar una realidad en la pantalla grande no significa idealizarla, sino contarla con matices, con crudeza y sin la condescendencia de quienes insisten en narrarla desde afuera. Y justo ahí radica la fuerza de la película de Sean Baker, en su capacidad de retratar a su protagonista sin paternalismos ni juicios morales, sino con una humanidad que se sintió tan real que conquistó a la Academia.
No era la película más predecible para arrasar en los Oscar, pero lo hizo, Anora se llevó los aplausos y dejó claro que el concepto de “película oscarizable” es cada vez más difuso. Su triunfo desafía la idea de que solo los dramas de nicho, las grandes epopeyas históricas o las producciones de alto presupuesto merecen ser coronadas en Hollywood.
La película de Baker representa ese nuevo (nuevo) Hollywood en el que las historias de mujeres reales y no caricaturizadas se convierten en el centro de la conversación. Anora, por ejemplo, interpretada con deslumbrante energía por Mikey Madison, es una joven trabajadora sexual de Brooklyn que, en un giro de cuento de hadas contemporáneo, se casa impulsivamente con el hijo de un oligarca ruso.
Lo que parece un destino de princesa se convierte en una guerra de poder cuando la familia de su esposo intenta anular el matrimonio. Lo que sigue es una historia que mezcla humor, tensión y desesperación en un relato que jamás busca redimir a su protagonista porque nunca la condena.
Y ese es quizá el mayor logro de Anora, contar una historia sobre supervivencia sin victimizar ni santificar a su personaje central. No es una película que quiera adoctrinar ni convencer a nadie de nada; solo poner a su protagonista en el centro y dejarla existir, con todas sus contradicciones. Quizá por eso no es la favorita de todos, pero tampoco la más odiada. Es el tipo de cine que incomoda a quienes buscan relatos limpios y tranquilizadores, pero que cautiva a quienes prefieren las historias que, como la vida misma, se niegan a encajar en una sola categoría.
Al final, Anora ganó siendo simplemente lo que es: una película con identidad propia, sin miedo a desafiar los códigos de la industria y, sobre todo, sin miedo a mirar de frente a su personaje. Y eso, en un Hollywood donde las narrativas aún están en constante transformación, es un triunfo que va más allá de los premios.