Luego del tropiezo monumental que significó Blanca Nieves, Disney había perdido todo respeto con sus live action, pero, contra todo pronóstico, Lilo & Stitch ha logrado redimir la fórmula del remake con una mezcla de nostalgia y modernidad.
Ambientada en la paradisíaca isla de Hawái, esta nueva versión revive uno de los clásicos más entrañables de la era del renacimiento de Disney con una sensibilidad renovada. Si bien la película sigue la historia de una niña incomprendida (interpretada con asombroso desaliño y ternura por Maia Kealhoa) y un experimento alienígena que encuentra sentido a través del amor, en conjunto se admiran nuevos matices y motivos.
Nani, por ejemplo, ya no es solo la figura responsable que trata de mantener unida a la familia. Su arco narrativo se complejiza y se convierte en una reflexión poderosa sobre la maternidad asumida por necesidad, la libertad individual frente al deber, y los sacrificios que implica amar a alguien incondicionalmente. Incluso la escena más épica de la obra la tiene como protagonista, como heroína.
A nivel técnico, Lilo & Stitch destaca por la mejora sustancial en su uso del CGI. Las criaturas no humanas, incluido el extraterrestre azul, se sienten mucho más integradas al mundo real gracias a su textura, movimiento y expresividad, las cuales logran que dejen de verse como elementos añadidos digitalmente y empiece a percibirlos como personajes vivos. Más allá del logro técnico, Stitch vuelve a ser adorable, pero también más real.
Como buena heredera de su antecesora animada, la cinta no escatima en momentos cómicos, escenas entrañables y referencias que apelan a los fans de la versión original, pero con la cortesía de un par de adaptaciones dedicadas a la generación con la que creció. Con el trasfondo de los remakes innecesarios de años anteriores, Lilo & Stitch logró, como quizá no se había logrado desde El libro de la selva, justificar su existencia y, más aún, ofrecer una nueva lectura que enriquece al original.
Y si hay algo que no se debe hacer al verla, es salir antes de los créditos finales. La escena post-créditos funciona como un pequeño regalo que encapsula todo lo que esta película quiere decir: que el “ohana”, ese concepto hawaiano que significa familia, es una decisión cotidiana de cuidar.