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Aún no había yo nacido (24/oct/64) cuando ya el inquieto joven Delfino Carro Muñoz había publicado su primera poesía, “Antes de decir te adoro”, en El Sol de Tlaxcala, esto el 2 de febrero de 1964. Por el contrario, la antepenúltima colaboración que tengo registrada del prof. Carro, es un cuento titulado “El diente de oro” (en el mismo Sol), el 31 de octubre del 2012. Entre una y otro hay una distancia de 48 años y ocho meses, que es un período muy amplio y digno de reconocer el que ostenta hoy día el estimado consocio Delfino Carro Muñoz; y entre una y otra, también hay 17,554 periódicos, ¡una locura! De hecho, hoy día es el consocio-periodista-decano vivo, por lo que desde estas líneas le envío un fraterno y respetuoso saludo.
Por esta ocasión, dejaré de lado los extremos numéricos y ajustaré mi análisis a un período más amable y más corto; de hecho, en 1987 publicó veinticuatro composiciones poéticas, y en 1988, once. A esas 35 me habré de ajustar en este análisis literario.
El último tercio del pasado siglo XX es el período en que se desarrolla la profusa actividad literario-periodística del profesor Carro Muñoz en El Sol de Tlaxcala, y es, básicamente, en el género poético, en el excelso género de las bellas letras que enmarca y aprisiona la sutil belleza de la provincia tlaxcalteca y, especialmente, de su terruño natal, Panotla. Como es fácil interferir: los motivos o fuentes de inspiración de los amantes de las letras poéticas son bastos e ilimitados, como si fueran estrellas o polvo estelar.
Delfino Carro, desde jovencito, empieza a cultivar y combinar el sentimiento pleno, sencillo, natural emanado de su afortunado aprecio por la belleza, la vida, el aire, el amanecer, las hojas caídas en otoño y el canto de los jilgueros; por la esperanza de lograr un soneto tan frágil y efímero como un suspiro o como el preludio del amanecer. Su poesía se distingue por la plenitud y comprensión de la palabra, por agradecer a la vida la vida, y por cantar una ilusión en el silencio de la noche. Pero también la “incertidumbre”, la extinción o el quebrantamiento tienen presencia en su sentir, añoranza o tristezas. El recuerdo de su padre, o de unos ojos bonitos, o por un cariño de verdad, le permiten escribir, quizá, desde la soledad vespertina o desde la tenue luz de las estrellas.
El pentagrama poético de Carro Muñoz es más allá de amplio, y conserva el estilo, su estilo de principio a fin. Desde sus primeros sonetos publicados en El Sol, hasta los últimos al finalizar el siglo XX, conserva ese pequeño gran gusto por las personas, las flores, los pueblos, el amor, el mar, la mujer, los hijos, los maestros y hasta algunos políticos tienen espacio en las cortas líneas que integran un soneto; y también la desesperanza, el miedo, la muerte, el llanto, sentimientos universales que nos identifican más allá del lenguaje, tienen sendos espacios en ciertas líneas nostálgicas de nuestro consocio y –me atrevo a decir– amigo, profesor don Delfino Carro Muñoz.
De este corpus de 35 composiciones, claramente se puede apreciar que los títulos de cada una son por demás breves, demasiado breves. Así, tenemos que 12 de ellas tienen solamente una palabra como título, y son las siguientes: “Discusión”, “Visita”, “Quebrantamiento, “Extinción”, “Ruptura”, “Visita II.”, “Crucigrama”, “Celos”, “Incertidumbre”, “Regresa”, “Interludio”, “Padre”. En ese orden de ideas, ocho composiciones tienen título de dos palabras: “Polvo Somos”, “Ojos cafés”, “Cuatro palabras”, “El loco”, “Caballero andante”, “Trilogía mística”, “Binomio bíblico”, “Padre Morelos”. Y con tres palabras: “A mi padre”, “Trinomio de amor”, “Cariño en verdad”, “A mi Padre”, “A la Patria”. Como vemos, la mayoría de sus composiciones tienen, cuando más, tres palabras en el título. Otros títulos son: “Cuando ronda la muerte”, “Al final de una gira”, “La quinta estación, de Primera llamada”, “A los niños héroes de Chapultepec”.
Las restantes ocho composiciones tienen cuatro o más palabras en el título: “Muerte de un Maestro”, “Tríptico de la muerte”, “El final de un sueño”, “A nuestra Universidad Autónoma de Tlaxcala”, “Y en el polvo nos convertiremos”, “Elogio poético al Lic. Emilio Sánchez Piedras”. Como se aprecia, la oferta literaria que nos comparte don Delfino es variable, quizá un poco apegada a la muerte, al polvo cósmico; a lo infinitamente grande y a lo pequeño. Sus composiciones, en general, son breves, claras, entendibles; prácticamente no hay pensamiento rebuscado o complicado, conceptos que, en realidad, no los necesita.
Como consocio de la SGHEL siempre se mostró dinámico, participativo, inquieto por aportar ideas, propuestas de trabajo y editoriales. Sabía que las impresiones, los libros pues, por modestas que fuesen, son vitales para “transmitir” a las siguientes generaciones pensamientos de hoy, historia, análisis y reflexiones de hoy; poesías, cuentos, biografías y crónicas de hoy a nuevos consocios, nuevas instancias escolares y sociales. Por tal razón, se empecina en promover nuevas publicaciones, personales y/o colectivas; ¿Que fueron de apenas 40, 60 y 80 páginas? ¡Bienvenidas! Todo opúsculo, libro, folleto, etcétera, aporta. Toda publicación, por modesta que pudiera parecer, representa un gran trabajo y también responsabilidad importante.
Cerrando este análisis, preciso comentar seis colaboraciones de su autoría, publicadas en otras fechas distintas a la temporalidad arriba indicada. Estas son: “Antes de decir te adoro”, 2 febrero 64; “Carta a la maestra de mi hijo”, octubre 16, 83; “Corrido a Miguel N. Lira” en 1986; “Llanto de Don Quijote”, poesía en base a la obra plástica del maestro Jesús Sánchez Islas, en 1989; “Canto lírico a la ciudad de Apizaco”, también en 1989; y la que he referido como penúltima: “El Diente de Oro”, cuento, el 31 de octubre de 2012.
Al profesor Delfino Carro Muñoz lo conocí en el 2006, año en que yo ingreso (28 septiembre), como consocio, a la Sociedad de Geografía, Historia, Estadística y Literatura de Tlaxcala, presentando el trabajo recepcional correspondiente; él fungía entonces como presidente de la misma. Debo reconocer que en todo momento hubo gran apertura a mis primeros acercamientos y pininos literarios.
Su producción editorial es amplia, tanto en El Sol de Tlaxcala como la generada por él mismo, abarcando otros rubros literarios, mismos que ha plasmado en diversos libros; en realidad desconozco en detalle todos los títulos de esos libros; al menos tengo en mi poder cinco: “La poesía náhuatl en Tlaxcala”, “El estigma de los tlaxcaltecas”, “La Doncella de Tlaxcallan”, “A ese rosal lo marchitó la niebla” y, por último, “Los años míticos de un hombre llamado Jesús”. Habré de avocarme a buscar los más posibles libros de su autoría faltantes. Su legado es valioso e importante para las letras tlaxcaltecas del pasado siglo XX. Más allá de citar en este espacio algunos de los reconocimientos que a lo largo de la vida ha recibido, mismos que se quedan como tal, preferible es enviarle, desde estas líneas, un fraterno saludo y un fuerte abrazo, con el agradecimiento de uno de sus múltiples lectores y seguidores. ¡Enhorabuena!