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Análisisjueves, 20 de febrero de 2025

¡Y, de barro somos!...

Dice la narrativa bíblica que el primer ser humano fue moldeado del barro y que un soplo divino le dio vida y conciencia, y que gracias eso, desde entonces, deambula por las veredas de la creación.

Desde siempre, una de las más grandes hazañas culturales es el aprovechamiento del barro cocido, para cocinar. Ese material, de la tierra, nos da habitación. Porque aglutinado en bloque -adobes-, cocido o secados al sol se usa para construir las casas.

De la tierra provenimos, ella nos abriga y nos consciente, nos da estancia y hábitat, y dispone para nosotros -también- la última morada.

Terramicina” llamaron los alemanes al medicamento extraído de la tierra, de cualidades descubiertas a partir de que era capaz de sanear los contagios y enfermedades habidos y por haber.

Han sido millones de años en que los esfuerzos inventivos del hombre han producido a partir de la tierra. Pero la imaginación se desborda en resultados cuando se trata de crear con barro.

Así es que de cazuelas, ollas y comales se distingue la alfarería de nuestra tierra. Tenexyecac hace maravillas con el barro, desde hace mucho tiempo sus gentes son alfareras. Ellos alcanzan con la tierra todo.

Las culturas prehispánicas guisaban en trastes de barro, pero también moldeaban figuras, deidades e ídolos, que ahora exhibimos en los museos. Esta es la tierra nuestra que nos obsequia todo y que, por desgracia, ya convertimos en mercancía.

Esos son los artífices del moldeado, el horneado y el barnizado, y vaya que sí son maestros en el arte porque saben triturar y mezclar materiales para alcanzar consistencias; saben hornear y ahora en colectivo deciden donde se construyen esos hornos.

Son nuestros paisanos, expertos en la alfarería del barro que moldean y secan antes de hornear, ellos conocen los tipos de barro y por eso afirman que, la tierra de hoy ya no es como antes, que esta tierra ya se va cansando como nosotros y que ya no tiene la misma fuerza.

En una primera horneada le aplican la pintura de plomo, con la que logran los tonos obscuros -que parece mole poblano que escurre por las paredes-, y en la segunda horneada, logran el grado máximo de la “quema”.

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