La pirotecnia: arraigada tradición que genera polémica por sus riesgos mortales
Introducida en el siglo XVI, la pirotecnia permanece como parte de las festividades religiosas en México, pese a los accidentes que ha generado a lo largo del tiempo
EL USO DE FUEGO EN CEREMONIAS RELIGIOSAS SE REMONTA A TIEMPOS PREHISPÁNICOS
LOS ESPAÑOLES INTRODUCEN LA PÓLVORA A MESOAMÉRICA
LA POLÉMICA SOBRE SU USO COMENZÓ DESDE EL SIGLO XVII
LA FIGURA DEL MAESTRO COHETERO
DESDE 1766 EXISTIÓ UNA NORMATIVA DE LAS AUTORIDADES NOVOHISPANAS
EL CASO DEL TLAXCALTECA JUAN ANDRÉS PARADA
En 1802 Juan Andrés Parada, cabo veterano de granaderos del regimiento provisional de Tlaxcala, fue denunciado por tres maestros coheteros, quienes manifestaron que Juan vendía sus cohetes más baratos de lo normal.
Al final, Juan no fue sentenciado a la pena que establecían las ordenanzas y reglamentos, pero fue obligado a transferir su tienda de cohetes a la viuda de un maestro cohetero y a entregar toda la pólvora que aún tenía en su poder.
USO DE LA PIROTECNIA SE MANTIENE VIGENTE A PESAR DE LOS PELIGROS
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La pirotecnia llegó a Mesoamérica con los españoles, quienes ya conocían su producción. Archivo / El Sol de Tlaxcala
La pirotecnia forma parte del ritual en las fiestas patronales en México, sobre todo en los estados del centro del país; sin embargo, hemos sido testigos de las tragedias que ha originado, por lo que se ha comenzado a cuestionar si esta tradición debería continuar o no.
Para comprender el papel de la pirotecnia en la cultura mexicana tenemos que remontarnos a los tiempos prehispánicos, pues las ceremonias en honor a las deidades que veneraban nuestros antepasados incluían la manipulación del fuego, por lo que desde estos tiempos la gente incluía en sus ceremonias este elemento de la naturaleza que está presente en la pirotecnia.
La pirotecnia se popularizó en las fiestas religiosas, a la que se sumaron sus modalidades en toritos y castillos pirotécnicos, que fueron cada vez más vistosos por el juego de luces de colores y los truenos. Archivo / El Sol de Tlaxcala
Cada 52 años, los mexicas celebraban el ciclo del Xiuhnelpilli, que se refiere a la ceremonia del “Fuego Nuevo” o Toxiuhmolpilli. Este era un evento sagrado para la cosmovisión del pueblo mexica; para ello era necesario un sacrificio humano, pues se creía que del pecho surgía el fuego nuevo. Una vez que se entregaba el corazón como ofrenda a los dioses, se encendían cuatro atados de carrizo con 52 varas. Los cuatro sacerdotes, quienes representaban los puntos cardinales, bajaban el fuego del cerro y lo empezaba a repartir por las escuelas en donde se instruía a la nobleza y por los templos; después, las personas podían ir por la flama para encender las hogueras de sus casas que, hasta entonces, se habían mantenido en la oscuridad.
Así lo explica el Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas que resalta el papel fundamental del fuego, pues nuestros antepasados creían que si no realizaban correctamente esta ceremonia, el sol no saldría y sería el fin del mundo.
Con la llegada de los conquistadores españoles, los rituales en honor a las deidades mesoamericanas fueron prohibidos y comenzaron a introducirse la religión católica, así como las costumbres hispanas.
Si bien los pueblos prehispánicos utilizaban el fuego con fines religiosos y ceremoniales, aún no conocían la pólvora - que es el elemento fundamental de la pirotecnia- ésta llegó a Mesoamérica con los españoles, quienes ya conocían su producción; este conocimiento fue heredado por los españoles de los chinos, a quienes se les atribuye su invención.
De acuerdo con el Archivo General de la Nación (AGN), los primeros registros del uso de pirotecnia en la Nueva España datan de mediados del siglo XVI y estaba totalmente controlada por la Real Hacienda, que era el sistema encargado de recaudar y administrar los ingresos del rey.
El AGN señala que el primer espectáculo de fuegos artificiales fue en 1585, en honor al virrey Marqués de Villamanrique a su llegada a la Ciudad de México; con ello comenzó una tradición de pirotecnia que se popularizó en las fiestas religiosas, a la que se sumaron sus modalidades en toritos y castillos pirotécnicos, que fueron cada vez más vistosos por el juego de luces de colores y los truenos.
Documentos históricos que resguarda el AGN dan testimonio de que durante el siglo XVII se desató una polémica por el uso de pirotecnia debido a los riesgos que implicaba, como lo son incendios, quemaduras y daños a las iglesias; por tal motivo, se buscó reducir su uso en las celebraciones religiosas.
“Sin embargo, todas estas resoluciones nunca llegaron a ser definitivas y solamente fueron aplicadas en determinados momentos a petición de algunas autoridades o personas que solicitaban prohibir la quema de fuegos artificiales”, menciona el AGN.
Para reducir los accidentes con la pirotecnia y prevenir el mal uso que algunas personas podrían dar a la pólvora, las autoridades virreinales instauraron la figura del maestro cohetero, quien desde entonces se encargaría de la fabricación de cohetes, castillos y toritos, para lo cual debía prepararse y certificarse.
El Archivo General de la Nación menciona que el 20 de diciembre de 1766 el gobierno de la Nueva España emitió el texto llamado “Ordenanzas y reglamentos que deben observar todos los artífices del arte de cohetería”, que estableció la normativa para producir y vender cohetes.
Entre las reglas se encontraban que los maestros coheteros debían contar con una licencia de oficio concedida por el director del Real Estanco de la Pólvora, así como adquirir la pólvora, el azufre, el salitre y otros materiales utilizados en la fabricación de cohetes con el Real Estanco de la Pólvora, con la finalidad de evitar el mercado ilegal.
“Todas aquellas personas que ejercían el oficio de cohetero sin contar con la licencia cometían un delito que la primera vez se castigaba con dos años de destierro, pero en caso de reincidencia se aplicaba una pena de cuatro a seis años de presidio”, señala el AGN.
“Durante el interrogatorio, Juan mencionó que había aprendido el oficio de cohetero por medio de un maestro, quien le había proporcionado un certificado, que el permiso para fabricar fuegos artificiales había sido otorgado por su sargento mayor, por lo que no contaba con algún documento, y que la pólvora había sido adquirida en el estanco principal a través de la ayuda del portero de la fábrica”, detalla el AGN.
La declaración de Juan dejó al descubierto las fallas del Real Estanco de Pólvora, institución encargada de administrar este oficio, pues no existía alguna ley que impidiera la libre enseñanza del oficio de maestro cohetero. Otra de las problemáticas tenía que ver con el contrabando de pólvora, situación que afectaba a los coheteros que contaban con licencia, pues les era imposible competir con la informalidad.
Actualmente, la Secretaría de la Defensa Nacional es la institución facultada para otorgar permisos para la fabricación, transporte, almacenamiento, distribución y venta de artículos pirotécnicos, mientras que los permisos están regulados por la Ley Federal de Armas de Fuego y Explosivos.
La tradición de la pirotecnia que introdujeron los españoles en el siglo XVI a nuestro territorio sigue muy vigente en la actualidad, especialmente en estados donde las celebraciones religiosas y populares tienen una gran importancia cultural, como Puebla, Ciudad de México, Estado de México, Oaxaca, Veracruz, Tlaxcala, por mencionar algunos.
Sin embargo, en nuestro estado se han registrado explosiones que han dejado fatales consecuencias. Son los casos de la colonia Santa Marta, en Xaloztoc, que dejó tres fallecidos en agosto de 2024; nuevamente en Xaloztoc, el 11 de abril de este año fallecieron dos personas; el caso más reciente, en La Trinidad Chimalpa, en Totolac, que dejó ocho lesionados. Y el caso más letal en la historia de Tlaxcala, el ocurrido en Jesús Tepactepec, Nativitas, que dejó un saldo de 17 fallecidos y más de un centenar de lesionados por la mortífera explosión de cohetones.