Ahí, el sacerdote resaltó la pasión que tenía Jorge Luis en la literatura, “fue un gran orador”, dijo, además, su “rebeldía por causas justas siempre estuvo presente”, recordó el presbítero.
Entre los asistentes, algunos ocultaban las lágrimas tras lentes oscuros, mientras otros apretaban los puños o levantaban la mirada al infinito para desearle a su camarada buen viaje a la eternidad.
Una vez concluido el ritual religioso, la caravana de motociclistas volvió a encender sus motores. Esta vez, el destino era el camposanto. Al frente del convoy rodaban los integrantes del club que “Josh” fundó en 2023: Guerreros Indomables Tlaxcala.
Atrás, otros clubes del estado se sumaban con respeto. Nadie hablaba. El rugido de los motores decía todo lo necesario.
El Obispo presidió la misa exequial con la participación de sacerdotes, familiares y decenas de habitantes de la comunidad; sus restos descansan en la parroquia de San Bartolomé
El espacio, que durante años permaneció sin atención, presenta zonas con acumulación de residuos y alteraciones en su entorno; alcalde recorre la zona y llama a su protección
Escoltado por sus compañeros de club, el "Josh" fue reconocido por sus amigos. Everardo Nava / El Sol de Tlaxcala
La mañana de este siete de mayo la cabecera municipal de Chiautempan amaneció distinta. Algo en el aire parecía más denso, quizá por el sonido grave de los motores que retumbaban en las calles, o por esa melancolía que impregnaba el ambiente desde temprana hora.
Era el día del último viaje de Jorge Luis N., mejor conocido entre los círculos de motociclistas como “Josh” o “Jorch”, un amante empedernido de las rodadas, la música metal y la literatura.Un hombre que, a sus 37 años, dejó una marca profunda entre quienes compartieron su ruta.
Su historia, como la de muchos que forjan hermandades en el asfalto, se apagó de forma abrupta la madrugada del lunes pasado, víctima de un accidente vial. La noticia recorrió con rapidez los grupos de “bikers” en Tlaxcala, como si el rugido de los motores hubiese enmudecido de golpe. Pero esta mañana, ese silencio fue sustituido por el estruendo de las máquinas que lo escoltaron, rugiendo no de júbilo, sino como un canto fúnebre de despedida.
Hasta la parroquia de Nuestra Señora Santa Ana acompañaron motociclistas a su amigo fallecido. Everardo Nava / El Sol de Tlaxcala
Desde su casa en la calle Moctezuma, en la colonia Reforma, partió el cortejo. El féretro blanco, que contenía los restos mortales de “Josh”, fue acompañado por decenas de motociclistas, todos vestidos con sus características chamarras de rodada, portando orgullosamente los emblemas de sus clubes. Iban en orden, con solemnidad, como si cada giro de llanta marcara un paso más hacia la eternidad. Eran sus “hermanos de aceite”, como se nombran entre ellos. Hombres y mujeres unidos por una pasión que va más allá de la velocidad o el metal: la lealtad.
A las puertas de la Parroquia de Nuestra Señora Santa Ana, en la tierra que lo vio nacer, los motores callaron por un instante. En ese silencio denso los pasos de los asistentes y el leve crujido del féretro al colocarlo frente al altar eran los únicos sonidos audibles. El párroco Ranulfo Rojas Bretón ofició la misa de cuerpo presente. No fue una ceremonia cualquiera. En cada palabra, en cada plegaria, se percibía el intento de consolar lo inconsolable.
El parque Hidalgo del municipio de Chiautempan se volvió un paradero de motociclistas que acompañaron a "Josh" hasta el último momento. Everardo Nava / El Sol de Tlaxcala
Jorge Luis no era sólo un motociclista. Fue maestro, literato, filósofo de espíritu, hermano de ruta, y también un activista. Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública, Jorge Luis enseñaba en el bachillerato Juan Escutia, donde más de uno de sus alumnos aún no logra comprender la magnitud de la pérdida. También fue miembro de la logia masónica Constelación de Orión, así como parte del Movimiento de Regeneración Nacional. Pero por encima de títulos o militancias, fue un hombre que sembró hermandad.
Portaban con solemnidad su estandarte, ese escudo que él mismo diseñó con símbolos cargados de sentido: Tlahuicole, el guerrero tlaxcalteca que representa la fuerza ancestral de la región; la calavera, imagen universal de la igualdad ante la muerte- “no importa si seas rico, blanco, pobre, todo por igual agarra la muerte”, solía decir-; una motocicleta, símbolo de libertad, y la mano cornuda, ese gesto que hermana a los seguidores del metal.
Escoltado por decenas de motociclistas el "Josh", como conocían al joven fallecido lo acompañaron hasta su última morada. Everardo Nava / El Sol de Tlaxcala
En vida, Jorge Luis fue un hombre de múltiples pasiones. Si bien el asfalto era su casa, los escenarios de las tocadas metaleras eran también parte de su alma. En octubre pasado, durante el primer aniversario de Guerreros Indomables, organizó una celebración en las canchas deportivas de la colonia Adolfo López Mateos, en la capital del estado. Fue una noche memorable. Cinco bandas se presentaron: Legión Desinfector, Perro con Cal, Crasda, Polishit y Acosso Artillería. “Josh” estaba ahí, en el centro de todo, vibrando con cada acorde, compartiendo su pasión con la misma energía con la que enseñaba o rodaba.
Sus amigos lo recuerdan como un espíritu amable y mediador. Alguien que sabía cuándo acelerar, pero también cuándo detenerse a escuchar. Su casa, su voz, su consejo, siempre estaban abiertos para quien los necesitara. Y su forma de ver la vida trascendía lo cotidiano. Decía que los verdaderos caminos eran los que se trazaban con el corazón. Por eso su club no era sólo un grupo de motociclistas, sino una comunidad cimentada en valores, en apoyo mutuo, en respeto.
Ironías del destino, su última rodada fue el seis de abril pasado, en San Martín Texmelucan, Puebla. Aquel día, Guerreros Indomables despidieron a otro compañero: “Borrega”, asesinado al intentar evitar el robo de su motocicleta. “Josh” estuvo ahí, rindiéndole homenaje, levantando la vista hacia el cielo, quizá sin imaginar que semanas después sería él el motivo de otra despedida.
En el camposanto, el aire olía a aceite, gasolina y flores. Un olor extraño pero simbólico, mezcla de lo que fue su vida. Antes de bajar el féretro, sus compañeros hicieron una última formación. Encendieron sus motores y, como en un ritual coreografiado por la memoria, elevaron el rugido hacia el cielo. Era su adiós. El estruendo de los escapes se mezcló con el viento, como si la tierra misma reconociera que un guerrero regresaba a ella.
Herson Herrera Huerta, actual presidente de Guerreros Indomables, recordó el legado de “Josh”, la visión que tuvo para crear un espacio donde la hermandad estuviera por encima de las diferencias. “Él soñó este club como una familia. Y hoy, aunque se va, nos deja las bases para seguir rodando juntos, con su espíritu guiando cada trayecto”, dijo.
La tierra cubrió lentamente el ataúd, mientras familiares y motociclistas le daban el último adiós, en esa despedida, no sólo lloraban por “Josh”, sino por una forma de vivir, de sentir, de construir comunidad.
Apenas el pasado 10 de abril, Jorge Luis había cumplido 37 años. Una edad joven para morir, pero también una edad en la que muchos aún no encuentran su propósito. Él sí lo había hecho. Vivió intensamente, amó profundamente, enseñó con pasión, y rodó con libertad. En cada tocada, en cada aula, en cada rodada, dejó una chispa que ahora se multiplica en quienes lo conocieron.
“Josh”, el maestro, el líder, el “hermano de aceite”, ya no está. Pero su legado seguirá rugiendo por las carreteras de Tlaxcala. Y mientras haya motores encendidos y guitarras distorsionadas sonando al fondo, su espíritu seguirá rodando, eterno, libre e indomable.
El día del accidente donde Jorge Luis perdió la vida, su acompañante resultó con lesiones que no pusieron en riesgo su vida.