Entre la basura esperan pepenadores un kilo de ayuda
Tlaxcala, un pueblo que no recicla; hoy se conmemora el Día Mundial del Medio Ambiente
Tlaxcala, un pueblo que no recicla; hoy se conmemora el Día Mundial del Medio Ambiente

Tomás Baños
Es cinco de junio y en el calendario internacional el Día Mundial del Medio Ambiente se pinta con campañas, cifras impactantes y promesas recicladas, pero en las calles lluviosas de Tlaxcala, no hay reflectores ni banderas verdes.
Aquí, la conmemoración no se pronuncia, se vive encarnada por hombres y mujeres como Alfredo Díaz y su hijo Eduardo, recicladores voluntarios sin uniforme ni salario, pero con una tenacidad que cada día rescata del olvido lo que otros desechan con indiferencia.
Antes del amanecer, cuando el silencio aún cubre las casas de Panotla y Zacatelco, padre e hijo ya están en marcha. Su jornada comienza entre las sombras, al ritmo del motor cansado de su camioneta cargada de sogas, costales y esperanza.

La ciudad duerme, pero ellos ya buscan entre las bolsas negras, entre lo que muchos consideran desperdicio y para ellos representa alimento, futuro, y una forma silenciosa de resistencia.
Alfredo no siempre fue un reciclador “voluntario”. Lo es desde hace unos meses, al menos en términos burocráticos. En la práctica, lleva más de 30 años haciendo lo mismo: escarbar, separar, rescatar lo que tiene un valor económico.
Lo aprendió de su padre, como ahora lo aprende Eduardo, quien dejó los estudios porque la economía familiar no alcanza para colegiaturas, pero sí para cargar costales de PET, cartón y botellas entre restos de comida, pañales en estado de descomposición.

-“Nos llaman voluntarios, pero pagamos por trabajar” -expresa Alfredo, mientras ajusta con una cuerda el último bulto del día.
Mil quinientos pesos al año cuestan el permiso que otorga la Secretaría de Medio Ambiente (SMA), no para brindarles un salario o seguridad social, sino para evitar que la policía los detenga por circular.
“Es irónico pues quien limpia la ciudad debe pagar para no ser considerado delincuente, asevera y, sin embargo, lo hacen. Todos los días. Porque el reciclaje aquí no es un tema de moda, es una forma de vida. Es economía, dignidad y salud”, reflexiona.
Y por cada kilogramo de PET que le pagan en 10 pesos, Alfredo ve más que una moneda: ve una promesa de cena caliente y de la posibilidad de que su hijo tenga una vida distinta.

Por las tardes, cuando regresan al patio de acopio en la comunidad de Santa Cruz Techachalco, municipio de Panotla -una antigua milpa ahora convertida en centro de reciclaje informal- se cruzan con otros como ellos: manos curtidas, uñas negras, miradas que esquivan las cámaras y las estadísticas.
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Comentan en voz baja que el relleno sanitario podría cerrar, recuerdan la pandemia, la escasez, los compañeros que se aferran a este oficio y que superan los 250.
-“Ya estamos vacunados contra la basura y contra el olvido de las autoridades” -contesta Alfredo en forma irónica a este Diario.
En este Día Mundial del Medio Ambiente, que lleva por lema: “sin contaminación por plásticos”, los reflectores apuntan a grandes campañas y acuerdos internacionales, pero los verdaderos guardianes del planeta no tienen micrófonos.
En Tlaxcala, 500 pepenadores hacen su homenaje diario: uno sin aplausos, pero con toneladas de residuos menos en las calles y ríos.
-¿Qué le pedirías al gobierno? -se le pregunta.
-Alfredo no duda. “Que bajen los costos de los permisos, que nos traigan un kilo de ayuda, que nos apoyen con gasolina. Porque aquí no hay beneficios, pero sí hay trabajo desde que sale el sol hasta que se oculta”.
Y así termina otro día, entre lluvia, calor y sueños rotos que aún no se resignan del todo. Eduardo baja el último costal, se limpia el sudor con la manga y mientras su esposa prepara la comida, sonríe, tímido, como si esa pequeña acción resumiera todo el valor que no se ve.
Mañana volverán a la ruta. Porque el medio ambiente no espera. Y ellos tampoco pueden hacerlo. Aquí, en medio de la basura, nace un kilogramo de esperanza.
Cada habitante en Tlaxcala genera casi un kilo de basura al día. Las estadísticas son frías y no mienten: una familia integrada por cinco personas produce más de mil 700 kilogramos al año, de los cuales 477 pueden ser reciclados.
Pero en la práctica, la responsabilidad queda en manos de pocos. En este estado, alrededor de 400 pepenadores -la mayoría mujeres que no tienen otra opción de bienestar- escarban entre la podredumbre para rescatar lo que aún tiene valor: cobre, aluminio, vidrio, cartón, plásticos.
El problema no sólo es la conciencia ciudadana, sino también la falta de infraestructura. Tlaxcala tiene cuatro basureros a cielo abierto en Huamantla, Atlangatepec, Nanacamilpa y Panotla que, lejos de ser centros de disposición final, son testigos del abandono.
El más grande, Tonsil con sus 63 hectáreas, recibe más de la mitad de la basura que generan 1.3 millones de habitantes: 550 toneladas diarias. A pesar de promesas y leyes, sigue siendo un paisaje de desechos, frente al contraste de coníferas que aún sobreviven en las inmediaciones.