Entre sirenas, campanas y lágrimas, pueblo de Tlaxco dice adiós a su comandante abatido
La familia recibió apoyo institucional, afirma director de Seguridad Pública
Tomás Baños
Este miércoles, el frío no sólo se sentía en la piel, sino en el ánimo colectivo de un pueblo que, desde temprano, comenzó a reunirse para despedir a uno de los suyos.
En el centenario palacio municipal, frente al lábaro patrio, el último pase de lista retumbó en el aire como un eco que se negaba a extinguirse. El nombre de José Mario Hernández Gómez fue pronunciado con firmeza… y respondido con silencio. Luego, los aplausos. Largos, contenidos, necesarios.
El pasillo de honor y la fe que sostiene
No hubo palabras, sólo miradas que hablaban por sí mismas. Un 30% del centenar de oficiales eran mujeres policías. Algunas sostenían flores blancas, otras el peso de la ausencia. Los hombres, aturdidos, con el cigarro en la mano, buscaban en el humo una forma de asimilar lo que parecía irreal.
El templo y el atrio estaban llenos. Alumnos de educación básica, con flores blancas, observaban en silencio como si desde su inocencia intentaran comprender el significado del sacrificio.
Las campanas comenzaron a sonar
En medio de la gente, un cuadro con una imagen destacaba: una mujer policía sostenía el retrato de su compañero.
En él, el rostro de Mario aparecía acompañado por la figura de Jesús resucitado; a un costado, una patrulla de proximidad social. Abajo, su nombre, su fecha de nacimiento y un apodo que rompía la solemnidad con un toque humano: “Scrappy”.
Un apodo inspirado en Scrappy-Doo, aquel pequeño cachorro valiente de las caricaturas, símbolo de coraje desmedido.
Así le decían a Mario, quizá porque nunca dio un paso atrás. Diecisiete años en las filas municipales. Comandante en la administración pasada. Una vida dedicada al servicio.
La palabra que consuela en medio del dolor
Durante la misa, el presbítero José Norberto Molina Sosa tomó la palabra. Su voz, firme pero cargada de empatía, resonó entre los muros del templo.
Recordó el Evangelio según San Juan: el grano de trigo que debe morir para dar fruto. Y entonces, el silencio volvió a imponerse, como si cada palabra encontrara eco en la historia que se despedía frente a todos.
“Ofrecer la vida por los demás”, —dijo— “es un sacrificio que pocos comprenden, pero que todos debemos reconocer”.
Habló de la vocación de servicio. De la lucha constante entre el bien y el mal. De quienes, con uniforme, caminan en la primera línea. Y de cómo ese compromiso, muchas veces, exige el precio más alto.
A la esposa, a los hijos, a la madre, a los abuelos, les dirigió palabras de consuelo. No de alivio —porque no lo hay en momentos así—, sino de acompañamiento. De fe.
“Quien entrega su vida por los demás, asegura la vida eterna”, repitió. Las oraciones se elevaron entre sollozos contenidos. “Entre tus manos, Señor…”, cantaron, mientras el incienso dibujaba figuras en el aire, como si intentara atrapar el espíritu de quien partía.
El último adiós bajo la tierra húmeda
Después del mediodía, el cortejo llegó al nuevo panteón de San José Atotonilco. La tierra, húmeda por la lluvia que finalmente se decidió a caer, esperaba abierta.
El ataúd, de color nogal y vino, descendió lentamente. Ahí estaban todos: su esposa, sus hijos, sus hermanos, su madre, sus abuelos. La familia completa, sostenida apenas por la presencia mutua y el dolor compartido.
El mariachi comenzó a tocar Las Golondrinas. No hizo falta decir nada más. Cada nota parecía marcar el cierre de una historia que no debió terminar así.
Cada acorde, una despedida que el viento llevó entre las tumbas. El director de Seguridad Pública, Francisco Javier Carreto Gámez, había sido claro horas antes: “Ha sido en cumplimiento de su deber… son gajes de la profesión”. Palabras que intentan explicar lo inexplicable. Palabras que no alcanzan para llenar el vacío.
En Tlaxco ya son dos policías caídos y en Atotonilco, un pueblo entero lo sabe. Cuando la primera palada de tierra golpeó el ataúd, el sonido fue seco, definitivo. Algunos cerraron los ojos. Otros apretaron los puños. Nadie quedó indiferente.
Un pueblo que no olvida
Mario habría cumplido 52 años el 14 de agosto. No llegó. Pero su historia quedó sembrada en la memoria de quienes lo conocieron, de quienes lo vieron patrullar en los operativos de quienes hoy lo despidieron con honor.
En medio del dolor, alguien alzó la voz:
—¡Viva!
Y la multitud respondió, una y otra vez, como si en ese grito se resistieran a dejarlo ir.
Atotonilco despidió a su policía. Y aunque la tierra lo cubrió, su nombre seguirá resonando en cada pase de lista, en cada guardia, en cada patrulla que recorra las calles que él juró proteger.
Porque aquel domingo no fue sólo un enfrentamiento. Fue un espejo incómodo para una comunidad que vio cómo, en cuestión de instantes, se quebró la línea entre el deber, el miedo y la fatalidad. Porque hay ausencias que duelen. Y hay despedidas que nunca terminan.






























