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Se ha planteado que decir groserías puede tener un efecto de catarsis. Sin embargo, si las personas las manifiestan cuando están enojadas o molestas podrían tener el resultado contrario. Cortesía / Pixabay
Hablar de groserías es hablar de historia, sociedad, lenguaje y hasta neurología. Las palabras altisonantes, esas que decían que sólo usaba la “chusma”, son hoy parte del habla cotidiana. Muchas dejaron de ser insulto y otras se volvieron casi un deporte nacional. ¿Quién no ha soltado una palabrota en el tráfico o en una junta mal organizada?
Aunque no existe un acta de nacimiento para la primera majadería de la humanidad, todo indica que el lenguaje soez nació con el lenguaje mismo. Desde las primeras civilizaciones, los improperios han sido parte del habla común. El chiste más antiguo que se conoce es sumerio y trata de flatulencias.
Se ha planteado que decir groserías puede tener un efecto de catarsis. Sin embargo, si las personas las manifiestan cuando están enojadas o molestas podrían tener el resultado contrario. Archivo / El Sol de Tlaxcala
Con el tiempo, cada cultura ha definido sus propias palabras prohibidas. Lo que para unos es una palabra vulgar, para otros puede ser parte del habla cotidiana. En inglés, por ejemplo, decir “bloody” era una grosería grave en el siglo XIX. Hoy se escucha en caricaturas infantiles.
Muchas palabras que hoy nos parecen inofensivas, en su momento fueron insultos graves. Términos como “zopenco”, “bestia” o “animal” eran verdaderas ofensas, mientras que algunas groserías actuales, como las que empiezan con “ch”, eran expresiones comunes para referirse a acciones cotidianas. El contexto lo cambia todo.
A lo largo del tiempo, las malas palabras han girado en torno a tres grandes tabúes: la suciedad (palabras que aluden a excrementos, secreciones o animales considerados sucios), el sexo (vocablos que nombran actos sexuales, órganos sexuales o formas de ejercer la sexualidad consideradas inadecuadas) y la religión. También abundan los insultos que aluden a la inteligencia o a la madre de la persona agredida. Este último tipo es especialmente común en culturas latinas, donde la figura materna se asocia con el honor.
Una grosería, de acuerdo con la RAE, es una descortesía. Monica Vargas / El Sol de Tlaxcala
Durante años se dijo que usar muchas groserías era señal de un vocabulario pobre. Pero estudios recientes demuestran lo contrario: las personas con mayor riqueza lingüística también tienen un extenso repertorio de malas palabras. Lo que sí se ha observado es que quienes más las usan tienden a ser más extrovertidos, neuróticos y hostiles, mientras que los menos malhablados suelen ser más amables y ordenados.
Decir groserías tiene efectos terapéuticos en ciertos casos, de acuerdo con la UNAM. Cuando nos lastimamos, gritar una palabrota ayuda a mitigar el dolor, pero puede generar más estrés si se dirige a alguien la y se recibe una respuesta. Esto se debe a que, a diferencia del lenguaje común, las groserías se procesan en áreas profundas del cerebro, como el sistema límbico, responsable de las emociones.
Algunas condiciones neurológicas como el síndrome de Tourette, ciertos tipos de afasia o el Alzheimer pueden provocar que las personas pierdan el control sobre el lenguaje inhibido. Por eso, es relativamente común que personas con estos trastornos digan groserías involuntariamente.
Cuando no queremos sonar tan rudos, usamos eufemismos:palabras que suenan parecidas pero no escandalizan tanto. Decimos “caracoles” o “rayos” en vez de una expresión religiosa ofensiva. En los cómics, esto se resuelve con los famosos grawlix —símbolos como @$!#%— que ocultan la grosería sin dejar de expresar enojo.
El lenguaje cambia y los insultos también. Palabras que eran graves se han suavizado, y otras han escalado en agresividad. Muchas groserías pasan del insulto a la broma, de la vulgaridad al cariño y del tabú al exabrupto cotidiano. El insulto de ayer es la muletilla de hoy.
José G. Moreno de Alba, en sus Minucias del lenguaje, detalla que “desde un punto de vista filológico no hay ‘malas palabras’. Toda palabra, cualquiera que sea la esfera de la vida material o espiritual a que pertenezca, tiene la función de comunicar”.