Pólvora, fe y tamales en la fiesta de Santa Bárbara en la capital
El cielo de la capital no terminaba de clarear cuando el estruendo anunció que Santa Bárbara está de fiesta
Tomás Baños
La Santa de la Tormenta
La fiesta aquí no se organiza sola; se sostiene sobre hombros cansados pero firmes. Doña Dolores Serrano es el pilar de esta memoria. Madre de once hijos, mira la celebración con la autoridad que dan más de dos décadas de servicio.
“Mi hija María tiene 20 años en esta capillita; antes era nomás así, chiquita, pero poco a poco la hemos ido arreglando”, cuenta doña Dolores.
Su sentencia es un decreto de lealtad: “mientras Dios nos preste la vida, aquí estaremos”.
Tres años de promesa
Su labor es titánica pero llena de fe: vestir a Santa Bárbara, mantener impecable el nicho, coordinar la misa y asegurar los obsequios.
“Ser padrino es un gran compromiso. La Virgen nos ha apoyado bastante; por eso hacemos esta fiesta, para agradecerle todo lo que nos ha dado”, explica Filomeno, rodeado de compadres y familia.
Incluso, aquellos parientes que viven lejos, en el Estado de México, envían su ayuda. La gratitud, al parecer, no conoce códigos postales.
Hacia la tarde, el aroma a tamal cede el paso al rey de la fiesta: el mole con arroz. Una cazuela llena del suculento platillo es ofrecida a los visitantes.
Es el momento en que la tensión de la organización se disuelve en la convivencia. “Es amor, el amor que la Virgen nos tiene y el que nosotros le devolvemos”, resume.





























