Locallunes, 6 de octubre de 2025
Resiliencia verde y amenaza invisible: el doble rostro del bosque de la Malinche
Los gorriones son testigos de cómo una planta parásita pone en riesgo su biodiversidad
Tomás Baños

Al amanecer, cuando los primeros rayos del sol tocan las faldas montañosas de la Malinche, el aire huele distinto. Un perfume natural se desprende de los ocotes húmedos, al mezclarse los aromas de resina fresca y tierra mojada.
Cada visitante que cruza el arco de acceso del Parque Nacional Malinche (PNM) entra en un santuario vegetal, no solo en un sitio ecoturístico.
A medida que se asciende por los senderos es posible percibir cómo los ocotes, erguidos y perfumados, liberan esencias únicas que se mezclan con la bruma de la madrugada. El suelo, saturado por las lluvias que han persistido por casi cuatro meses, emana un aroma profundo a tierra fértil.
El bosque no es simplemente un paisaje, es un monumento a la resiliencia natural, donde el gusano descortezador dejó parches de troncos grises y el fuego marcó cicatrices; hoy se observan pequeñas victorias cotidianas: helechos que reverdecen, líquenes luminosos aferrados a la madera caída y semillas que germinan con una urgencia esperanzadora. Cada brote es un acto de resistencia silenciosa.

Sin embargo, metros más arriba, entre ocotes blancos, una amenaza verde avanza sin hacer ruido: el muérdago. Esta planta hemiparásita, de hojas ovaladas y bayas blancas, se aferra a las ramas y extrae la savia que mantiene vivos a los árboles. Lo que antes era un bosque exuberante, hoy enfrenta un enemigo persistente.
En el otoño, “Ojos de Lumbre”, pequeños gorriones de pecho azul cielo, revolotean entre las ramas buscando alimento. En los alrededores, juntos picotean cacahuates y migas de pan que los visitantes dejan entre rocas y pastizales. Las semillas del muérdago ya no son parte habitual de su dieta, pero el daño está hecho: el parásito se ha expandido a gran parte del macizo forestal, debilitando a miles de árboles.
Durante tres años, el PNM ha vivido bajo esta presión silenciosa. Los especialistas de la Comisión Nacional Forestal explican que Viscum album puede desarrollarse desde el tronco hasta la copa, penetrando la corteza y creando nuevas colonias en cuestión de semanas. Su frondosidad anaranjada puede parecer bella, pero anuncia la lenta muerte del árbol que la hospeda.

Si no se interviene a tiempo, los ocotes que dan sombra y perfume a los caminantes podrían desaparecer en pocos años. Sin ellos, el microclima cambiaría: las aves y mamíferos bajarían en busca de agua a zonas como La Cañada o El Hombro, en Zitlaltepec. Las sequías serían más severas y el fuego encontraría terreno propicio.
Aun así, la montaña resiste. Las lluvias constantes han permitido la regeneración natural, reduciendo incendios y el saqueo de madera. Miles de visitantes llegan durante las cuatro estaciones del año, algunos a correr, otros a caminar, muchos simplemente a respirar. Porque aquí, en esta montaña viva, cada fragancia es memoria, cada árbol es un guardián y cada gota de lluvia es una promesa.