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Localdomingo, 20 de abril de 2025

“Vámonos a salvar el monte San Gabriel”, gritó un campesino de Atltzayanca

Los propios pobladores realizaron brechas cortafuego para evitar que se propagara hacia la población.

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Tomás Baños

El fuego, como un lenguaje que ya no avisa, emergió desde los macizos forestales todavía verdes, y en cuestión de minutos, desató una cortina de llamas que no sólo devoró el bosque, sino que también nos dejó una advertencia: el cambio climático ya no es un futuro, es un incendio en presente.

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La tarde del Miércoles Santo, eran siete los fotorreporteros que se encontraban en dos caminos, con la cámara temblorosa, buscando congelar el momento exacto de la devastación.

Pero ni sus lentes pudieron captar la dimensión real del desastre. Porque lo que se quemaba no eran sólo árboles: era parte de un equilibrio ecológico milenario, era humedad, era oxígeno, era la vida de los seres vivos.

“Y la tercera parte de los árboles se quemó, y toda la hierba verde se quemó”, dice el libro de las Revelaciones. La cita bíblica parecía escrita en las entrañas del monte San Gabriel.

Las llamas no dieron tregua. Ni siquiera las manos firmes de los pobladores, empuñando palas y machetes, lograron contener su avance. Intentaron trazar brechas cortafuego con sudor y esperanza, pero el viento —traicionero, veloz, en rachas de más de 50 kilómetros por hora— alimentó el infierno. Y entonces se perdió el control.

La Comisión Nacional Forestal confirmó lo que todos temían: cientos de hectáreas de bosque devastadas.

Un golpe sin precedente en las últimas dos décadas para la zona boscosa de Atltzayanca.

No se trató de un incendio más. Fue, como lo describieron los ancianos del pueblo, una herida abierta en el pulmón natural del oriente tlaxcalteca.

El humo —denso, áspero, permanente— llegó hasta la capital del estado, a más de 80 kilómetros de distancia. Y con él, el regreso del cubrebocas, esta vez no para protegerse de un virus, sino por partículas de hollín y ceniza suspendidas en el aire.

El sector salud emitió alertas: la inhalación prolongada de humo forestal afecta pulmones, ojos y corazón. Pero durante cuatro días la gente apenas respiró. Ancianos, mujeres y niños se cubrían el rostro, lo descubrieron solo para comer, mientras en las calles caía una lluvia grisácea de ceniza.

Pero, la solidaridad fue el oxígeno emocional de esta crisis. Doña Juanita, vecina de la colonia Charero, preparó tortas con huevo y frijoles para los voluntarios que llegaron hasta este lugar.

Mientras repartía los alimentos, no perdió oportunidad para reclamar: “Aquí lo que falta es agua potable; no tenemos desde que llegó este alcalde panista, que sólo sabe andar de viaje”.

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Porque el fuego también desnudó viejas deudas sociales y políticas de campañas sin cumplir.

La ayuda humanitaria llegó el 16 de abril: fruta, leche y suero oral de uva.

Las voluntarias usaban pañuelos húmedos, como mascarillas improvisadas; nunca abandonaron a su gente que estaba en peligro.

Protección Civil, en un giro poco usual, recomendó mantener puertas y ventanas abiertas, para permitir el ingreso de oxígeno “más limpio” proveniente del oriente. Aun así, se respiraba humo.

La gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros visitó la zona siniestrada. Prometió reforzar la atención y preservar las reservas naturales. Su visita fue criticada por algunos sectores que la consideraron tardía y simbólica.

Pero el titular de Medio Ambiente, Pedro Aquino Alvarado, defendió las acciones: “No tenemos pérdidas humanas, el fuego ya está bajo control, ese era el principal objetivo”.

VIACRUCIS EN EL MONTE

El 16 de abril, antes del amanecer, 150 civiles se internaron en el rancho “Los Ramírez” para sumarse a la batalla contra el fuego, que iniciaron combatientes forestales.

Armados con herramientas de labranza y un valor ancestral, enfrentaron al enemigo más feroz: el fuego desatado por la naturaleza y potenciado por nuestra indiferencia climática.

El viento volvió a cambiar de dirección. La temperatura descendió. Pero las llamas, lejos de apagarse, se alzaron con mayor furia. Las copas de los ocotes ardieron como antorchas en el cielo. El saldo de esa tarde, varios campesinos intoxicados por inhalar dióxido de carbono.

El frente humano, ya agotado, no tuvo más opción que retroceder. Porque, ante la madre naturaleza desequilibrada, poco o nada se puede hacer.

Óscar Huacuja Montiel, cronista del municipio, confesó no recordar una tragedia ambiental de tal magnitud. Los habitantes más viejos aseguran que ni sus abuelos vivieron algo semejante.

El monte San Gabriel y otros dos ejidos habían sido heridos. Más de dos mil hectáreas de vida vegetal convertidas en carbón.

El Viernes Santo, el Viacrucis se suspendió ante la contingencia ambiental. El punto de concentración fue la parroquia de Santiago.

La gente se congregó para orar y pedir por el cese al fuego.

El Sábado de Gloria la gente seguía en el bosque que poco a poco dejó de arder, después de cinco días de trabajo.

Y entre el humo y la ceniza, también brotó una raíz: la de la comunidad, la del espíritu que no se resigna, que lucha, que se organiza, que ora y que se levanta incluso cuando los árboles caen.

Esa raíz, si se cultiva, puede ser más fuerte que cualquier incendio. Aunque para lograrlo, primero debemos entender que el clima ha cambiado… porque nosotros lo cambiamos.

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