Leyenda del callejón del muerto de Toluca
Era el año de gracia de 1810, cuando la Nueva España se estremecía con los clamores de independencia. Toluca, por entonces, era apenas un caserío modesto y justo en este momento, comenzó la leyenda
Alexander Naime
Con el tiempo, la semilla de la duda germinó en su corazón. Pronto, los celos, como una hiedra venenosa, enredaron su alma. Y cuando la pasión se tornó en amargura, Álvaro encaró a su esposa:
—Decidme, mujer —tronó su voz en el zaguán—, ¿cuán cierto es que ese niño lleve mi sangre?
—¡Por Dios, mi señor! —suplicó Itzel, cayendo de rodillas—. Es nuestro hijo, nacido de mi amor por vos.
—¡Silencio! —rugió él, apartándose con desdén—. En vuestros ojos mora la traición.
Parte II
—¿Qué hacéis? —clamó Itzel, llorando desconsolada—. ¡Por piedad, devolvedme a mi hijo!
—No es nuestro, mujer infame —sentenció él, apartándola con brutalidad—. Jamás volverás a verle.
—¡Álvaro! ¡Álvaro, devolvedme a mi hijo! ¡No dejéis que muera mi alma! ¿Dónde lo tenéis?, ¿Sufre?, ¿come mi pequeño? ¿quién cuida su sueño?
Pero el hombre, en su obstinación, solo respondía con un portazo y la sombra de su desprecio.
—Llevadla —le dijo Itzel, entregándole el pliego sellado con cera—. Es la única esperanza que me resta.
María, asintió con la cabeza.
Parte III
El hombre, quien la espiaba, la seguía sigilosamente a una distancia prudente para asegurarse de no ser visto. Sabía que Don Álvaro lo esperaba impaciente con cualquier información en una casucha que se encontraba en una de las calles atrás del Convento.
—¡María, dijo, ¿Cómo está Itzel?. Ella no respondió, le extendió la carta y se retiró sin decir palabra.
El hombre cerró la puerta y acercándose a una vela leyó la carta. Su cara denotaba preocupación y angustia. Se quedó meditando algunos momentos mientras se alistaba a salir.
Mientras, el hombre de Don Álvaro había ido en su busca para confesarle lo que había visto.
Se lo contó en voz baja, casi cerca del oído. Mientras escuchaba, el rostro de Don Álvaro se deformaba por la ira y los celos. Le entregó en una pequeña bolsa su paga por el servicio y salió presuroso a su casa.
—¡Señor de los cielos! —dijo ella al verlo entrar de manera tan violenta—, devolvedme a mi hijo, permitidme entregarle mi amor a ese que es solo nuestro…
Pero la plegaria fue truncada. Don Álvaro no escuchaba. La tomó por los cabellos, la arrojó sobre el lecho y descargó su furia en golpes y gritos.
—¡Perversa! ¡Infiel! ¡Maldigo el día en que puse mis ojos en ti!, bruja, me hechizaste con tu falsa sonrisa y mirada de amor perversa.
La golpeó hasta cansarse. Al verla ya sin movimiento, el sanguinario, preso de la ira, tomó un machete y le dio el golpe final.
Los vecinos, encerrados en sus casas, escuchaban los gritos, las súplicas, los golpes pero temían intervenir. No se imaginaban que ocurría, los tiempos convulsos de esos días no presagiaban buenas cosas.
Tras consumar su crimen, Álvaro huyó a través del callejón, respirando como un animal acosado. Apenas hubo recorrido unos pasos, un disparo quebró el silencio. El eco de la detonación retumbó en las paredes de las casas del callejón.
Mientras tanto, desde la casa de don Álvaro, se alzaron los gritos de María, horrorizada al hallar a Itzel muerta, con su rostro irreconocible y un brazo mutilado colgando grotescamente del lecho.
Al registrar sus ropas, encontró una carta arrugada, escrita con trazos temblorosos que decía:
“Señor mío Fernando,
Hermano mío, os suplico, acudid, que la desesperanza me consume y presiento que el fin se acerca.
Vuestra siempre hermana, Itzel.”
Al terminar de leer la carta, el hombre cerró los ojos y susurró una oración por el alma de los difuntos.
La verdad salió a la luz como un trueno. Fernando no era amante, sino hermano de sangre, el único lazo verdadero que unía a Itzel en un mundo que la había traicionado.
Don Álvaro, enloquecido de culpa y horror, huyó de Toluca aquella misma noche. Algunos dicen que pereció en los caminos, devorado por animales y otros aseguran que terminó sus días vagando en la sierra, perseguido por las visiones de su crimen.
Desde entonces, los viejos de Toluca juran que, en las noches sin luna, puede verse a una mujer de porte hermoso, aunque con el rostro deshecho, caminar descalza hacia la iglesia de El Carmen, arrastrando su brazo mutilado, murmurando con voz de lamento:
—¿Dónde estás, hijo mío? ¿Dónde estás, hermano mío?
Y cuando el viento sopla entre los callejones, todavía se escucha, de vez en cuando, un disparo seco y los perros aúllan, recordando la noche en que la desconfianza y el horror sellaron como maldición la sangre de aquel pueblo

























