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“La vela nació conmigo”: Gerardo Benítez y la travesía que comenzó en Valle de Bravo
Desde el lago de Valle de Bravo, Gerardo Benítez Rodríguez ha construido una carrera marcada por la familia, la constancia y la perseverancia en un deporte que exige cuerpo, mente y paciencia. En entrevista exclusiva para El Sol de Toluca, el velerista del Estado de México repasa los momentos clave de una trayectoria forjada contra la falta de apoyos, pero sostenida por la convicción de no bajarse del velero
Gerardo Benítez Rodríguez, velerista mexiquense y originario de Valle de Bravo. / Foto: cortesía / Conade
“La vela no fue una elección: nació conmigo”. Así resume Gerardo Benítez Rodríguez su historia deportiva, en entrevista exclusiva para El Sol de Toluca, al recordar que su vida y la vela comenzaron al mismo tiempo, en el lago de Valle de Bravo, donde dio sus primeros pasos dentro de un velero y donde aprendió que competir, también es una forma de vivir.
“Mira, todo comenzó desde que tenía tres o cuatro años en el lago de Valle de Bravo. Yo soy 100% vallesano, ahí está mi familia. Mi familia siempre se ha dedicado a la renta de veleros y lanchas de servicio turístico, y a mi papá también le gustaba competir. Mis hermanos siempre compitieron desde muy chicos. Prácticamente mi acercamiento fue estando con ellos: mi papá, mis hermanos me subieron al velero y todo comenzó ahí. Viene desde un tema completamente familiar”, relató.
Raíces familiares y el descubrimiento de una pasión
Antes de que la vela se convirtiera en su camino definitivo, el mexiquense tuvo contacto con distintas disciplinas, en una infancia marcada por la actividad física y el movimiento constante, una base que más tarde resultaría determinante para soportar las exigencias del alto rendimiento.
Benítez compite en la clase ILCA 7, considerada una de las más físicas y competitivas de la vela olímpica. / Foto: cortesía / Conade
“La verdad es que vengo de una familia muy deportiva. Tomé clases de frontenis, ciclismo, natación, esquí, entre otros deportes. Siempre nos ha gustado hacer de todo. Sin embargo, el deporte en el que terminé más fijo fue la vela. Se convirtió en una pasión porque es muy distinta a todo: tienes que estar haciendo estrategia todo el tiempo y necesitas estar muy bien en fuerza, cardio y condición general. Además, estás completamente conectado con la naturaleza: viento, nubes, olas, corrientes. Eso fue lo que más me atrapó”, compartió para El Sol de Toluca.
El paso del juego a la competencia no fue abrupto, sino consecuencia natural de un entorno familiar competitivo y de las primeras regatas locales que despertaron en él la ambición por medirse contra los mejores.
“Mi familia siempre me impulsó mucho. Empecé compitiendo en las regatas locales de Valle de Bravo, las típicas que se hacen cada 15 días o cada mes. Somos una familia muy competitiva y empezó ese afán por competir: primero los nacionales, luego querer ganar ahí, después ir a los mundiales y estar entre los mejores. Fue un proceso natural, acompañado también por entrenadores que tuve en el camino”, recordó.
Escuela, sacrificios y el salto al alto rendimiento
A la par del crecimiento deportivo, llegó uno de los primeros grandes retos: combinar la escuela con entrenamientos y competencias internacionales, una constante en la carrera de los atletas mexicanos.
“Fue bastante complicado porque la mayoría de las competencias internacionales son fuera de México. Llegué a estar, por ejemplo, en la preparatoria, tres semanas fuera durante un semestre. Tenía que cumplir con todo y muchas veces la calificación de un examen era la calificación de todo el semestre. Aún así, gracias a eso logré conseguir apoyo para seguir compitiendo y representar a México a nivel internacional”, comentó para El Sol de Toluca.
La vela dejó de ser solo un gusto cuando llegaron los primeros resultados importantes y la claridad de una meta mayor: los Juegos Olímpicos, un objetivo que desde la adolescencia se convirtió en prioridad absoluta.
El lago de Valle de Bravo ha sido testigo del crecimiento personal y competitivo de uno de los principales exponentes de la vela mexiquense. Foto: Daniel Camacho. / Foto: cortesía / Daniel Camacho
“Desde los 14 o 15 años, cuando gané mi primera Olimpiada Nacional. Ahí ya tenía la meta muy clara. Empecé a ver más sobre los Juegos Olímpicos y se convirtió en una prioridad. He estado casi 10 años sin bajarme del velero, entrenando y compitiendo constantemente”, dijo.
La exigencia de competir en la élite mundial
La especialización en la clase ILCA 7 implicó asumir un desafío físico y competitivo mayor, al tratarse de la categoría con más participantes en el mundo y una de las más demandantes dentro de la vela olímpica.
“Es la clase con mayor número de competidores en el mundo y también la más accesible dentro de la vela olímpica. Hay barcos en todos lados, por eso es tan competitiva. En los mundiales puedes encontrar hasta 250 competidores y solo 42 países clasifican a Juegos Olímpicos. Además, es una clase muy física: normalmente los competidores miden arriba de 1.80 o 1.90 metros y pesan más de 85 kilos. Yo soy de los más bajos, así que uno de mis mayores retos fue incrementar mi peso y entrenar muchas más horas en gimnasio para compensar la fuerza de palanca”, explicó para El Sol de Toluca.
En ese camino, Gerardo identifica un aprendizaje recurrente en el deporte mexicano: resistir la falta de apoyos económicos y mantenerse firme aun cuando el entorno es adverso.
“Sin duda, la falta de apoyo económico. Creo que es algo que pasa en la mayoría de los deportes en México. El aprendizaje más duro ha sido perseverar: estar siempre sobre la línea, ser paciente, buscar patrocinio, adelantarte a los problemas. Aprendes a soñar y a no quitar el dedo del renglón”, declaró.
Madurez, perseverancia y el sueño olímpico
La experiencia acumulada le permitió consolidar una madurez deportiva en un deporte longevo, donde la fortaleza mental pesa tanto como la condición física.
El velerista del Estado de México apunta su preparación al ciclo rumbo a Los Ángeles 2028. / Foto: cortesía / Conade
“Es un deporte longevo. A partir de los 18 años compites en categorías abiertas contra atletas de 30 o 35 años, incluso olímpicos. La evolución ha sido principalmente en madurez mental y física, y en resistencia ante las dificultades, sobre todo la falta de patrocinadores. Todo eso te va llevando a una madurez más efectiva para competir”, aclaró para El Sol de Toluca.
Hoy, con la mirada puesta en Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028, Benítez Rodríguez vuelve a soñar desde el mismo lago que lo vio comenzar, convencido de que la perseverancia es el viento que mantiene su velero en rumbo.
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